Publicado: octubre 2, 2026, 3:30 am
La Caravana de la Muerte llegó a Copiapó el 16 de octubre de 1973 a las 20 horas, poco después de producirse la masacre de la Serena. Dieciséis personas fueron ejecutadas en la madrugada del 17 de octubre y enterradas clandestinamente en varias fosas comunes del cementerio.
Pocos meses después de que Chile recuperara la democracia en marzo de 1990, los familiares consiguieron una orden judicial para abrir las fosas y recuperar los restos de los prisioneros. «Se ensañaron con ellos. Había cráneos y costillas rotas, a algunos esqueletos les faltaban brazos y manos y a uno la cabeza», me contó Julio Hernández, ex prisionero político y amigo de varios de los ejecutados.
Los miembros del comando militar y criminal utilizaron cuchillos para matar y descuartizar a las víctimas. La muerte fue lenta y atroz. Ricardo García, Benito Tapia y Maguindo Castillo, tres de los ejecutados, habían sido condenados a la pena capital en un consejo de guerra sin garantías judiciales.
Según testimonios recogidos en el sumario, el general Arellano Stark, jefe del operativo que actuaba como oficial delegado del dictador Augusto Pinochet, increpó a los jefes militares de la zona por no haber fusilado a los prisioneros y ordenó que se cumpliese la sentencia inmediatamente. Los restos de los tres nunca fueron encontrados y forman parte de una larga lista de desaparecidos.
Adi Araya, esposa del periodista y profesor Alfonso Gamboa, me explicó hace 26 años que el día que lo mataron le entregó unos zapatos nuevos de invierno, lo encontró demacrado y con el pelo muy corto. «Aquí dentro se respira un ambiente muy pesado. Dile a mi madre y a mis hermanas que me vengan a ver», le contó su marido. «Es como si presintiera lo que iba a pasar. Me dio un poder para que pudiera cobrar su último sueldo de profesor. Tuvo que hacer tres veces la firma con un pulso que no dejaba de temblar por las torturas», dijo Adi.
Tras la ejecución la familia de su marido la acusó de ser la responsable de su muerte por inducirle a meterse en política. Se volvió muy posesiva con sus hijos y consiguió becas años después para que estudiaran en la universidad. Siempre mantuvo la esperanza de que siguiera con vida hasta la identificación de los restos en 1990.
La apertura de la fosa fue «dramática y bonita a la vez»
Meses antes se habían encontrado cuerpos momificados e intactos en un campo de concentración, más al norte del país en una zona desierta. Pero en Copiapó sólo había pedazos de ropa mezclados con huesos. “Encontramos la columna vertebral pero no la cabeza y no pudimos formar un esqueleto completo. Pude recuperar uno de sus anillos y me conformé con lo que había. Al menos, tengo un lugar para conversar con él y dejarle una flor”, me contó Adi ya fallecida.
Adí Gamboa tenía siete años cuando se enteró de la ejecución de su padre. Su madre hizo el esfuerzo de prepararla, pero «mi memoria se quedó blanca». Solo recordaba escenas puntuales a pesar de que su padre hacía mucha vida familiar. «Olvidé su voz hasta que un día mi madre me puso una cinta y sentí un estremecimiento», recordó.
Reconocía que la ejecución de su padre supuso la muerte de su niñez. Se convirtió en «una chica vieja» que no iba a los bailes y apenas salía de casa. Siempre en busca de una persona que fuese «igual que mi papá, que era un siete (la nota escolar más alta en Chile)» hasta que lo encontró. Doce años mayor que ella, «viste de forma impecable, con corbata, siempre bien peinado y con las uñas limpias». Admitía que siempre le llamaba «papá», de forma cariñosa, incapaz de llamarle «mi amor» y se convirtió en profesora de la universidad como su padre.
La apertura de la fosa fue «dramática y bonita a la vez». Había unos pocos huesos y había sido decapitado. «Intentaba conversar con él como si quisiera volver a la niñez. Lo recordaba llegando de noche y comiendo un sándwich en la cocina y lo imaginaba más canoso y gordo», contó. Reconoció que «fue un alivio saber la verdad de lo sucedido» y, después del funeral, «sentí una paz muy profunda».
Ricardo García era ingeniero, economista y militante socialista. Funcionario de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU y gerente general de la mina estatal de cobre de El Salvador, la tercera más importante de Chile, fue ejecutado en esta ciudad.
«Era tan ingenua que contraté a un abogado para que lo defendiera en el consejo de guerra», me contó su esposa Rolly Baltiansky hace un cuarto de siglo. El mismo 16 de octubre fue a verlo a la cárcel y le informaron que lo habían llevado al regimiento. Lo pudo ver caminando maniatado y custodiado por dos militares. «Le grité y él con gestos me pidió que me fuese. El terror me impidió dormir en toda la noche», recordó.
Les entregaron un papel sin firma ni timbre en el que se podía leer la lista de los fusilados por «orden de la honorable Junta de Gobierno». En el cementerio fueron enterrados en tres fosas y tuvieron que esperar hasta 1990 para abrir las fosas. Sólo aparecieron 13 de los 16 fusilados. Nunca se encontró el cuerpo de su marido.
Poco después de la ejecución se exiliaron en México. «No me atrevía a contarle la verdad a Ximena, mi hija mayor al principio. Después le dije que había muerto defendiendo la mina, una versión más heroica”, explicó Rolly. En 1980, con 14 años, regresó a Chile para convencerse de que su padre estaba muerto y pasó mucho tiempo ante la fosa donde supuestamente estaba enterrado.
A los 20 años sufrió un brote psicótico. Pero lo peor estaba por llegar coincidiendo con el regreso de la democracia a Chile en marzo de 1990. Ximena se suicidó quemándose a lo bonzo justo una semana después. «Sentí de nuevo como el brazo funesto de la dictadura me volvía a alcanzar», me dijo Rolly.
Su hija Paula García era tan pequeña que me aseguró que «lo que más me dolía es no tener recuerdos de mi padre, acabé idealizando su imagen hasta convertirlo en un Dios sin defectos y armé un rompecabezas con los recuerdos de otros». Su relación con su hermana fue muy estrecha a pesar de su carácter conflictivo. «Un día llegamos a casa y la encontramos hablando con un espejo como si estuviera en otro mundo. Creo que su crisis empezó a latir tras la muerte de nuestro padre», contó.
Los médicos recomendaron a su madre que separasen a ambas hermanas. Escribía compulsivamente las mismas frases una vez tras otra. La noche anterior al suicidio quiso dormir con su madre. Descubrió que había escondido aguarrás y cerillas en un lado del colchón. “En su locura, su intención era salvar a su mamá, matándola”, me explicó Paula.
Rolly llamó muy alterada a su hija: «La Ximena me está amenazando con el suicidio». Paula llegó cuando ya se había encerrado en su habitación de la que salía humo. Intentó abrir la puerta, pero el cuerpo inerte de su hermana lo impedía. “Tampoco me atreví a entrar. Comencé a llorar hasta que me dijeron que había muerto. Me quedé bloqueada. Deje de llorar durante meses y no pude dormir sola porque al anochecer empezaba la angustia y tenía pesadillas horribles”, relató. Siempre tuvo claro que “Ximena no murió cuando se suicidó sino cuando enfermó”.
Rolly siempre mostró su disgusto con la actitud de los socialistas y democratacristianos que gobernaron 20 años en coalición. «La detención de Augusto Pinochet en Londres no fue gracias a los gobernantes chilenos. Consideraba imperdonable que el presidente Ricardo Lagos, uno de los mejores amigos de su esposo, hablase del golpe de Estado con miles de muertos como un gran desencuentro». Era muy clara: “Muchos socialistas sólo están interesados en el poder; son unos oportunistas”.
