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«Ceuta no se vende, Ceuta se defiende»: el grito que unió al Metropolitano en el derbi

Publicado: septiembre 20, 2026, 12:30 pm

El instante más bonito a la par que atípico llegó alrededor del minuto 13. A las 16:30 el fondo sur alzó un tifo con un mensaje que se salía del guion de lo futbolístico: «Ceuta es España, ni se arruga ni se tapa» en una clara referencia al incidente protagonizado por Vinicius, Mbappé y Konaté en Elche . El fondo opuesto, afición madridista incluida, reaccionó al instante con un cántico: «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende». Dos aficiones hermanadas por un instante en un «Que viva España» al ritmo de Manolo Escobar que recorrió el estadio de punta a punta. Duró lo que tarda uno en darse cuenta de que se está aliando con el rival. Un cántico contra los blancos cerró el círculo. Del tifo al abrazo y del abrazo al insulto: dos minutos que resumieron el pulso de la tarde. No se trataba de un derbi más. Como Simeone había reconocido en la previa , con Madrid entregada estos días a la Fórmula 1 y a la gira de Shakira por la capital, el Metropolitano daba cita a su propio gran evento sin un solo incidente en los aledaños del estadio. Miles de bufandas se alzaban antes siquiera de que sonara el himno. El fondo sur desplegó otro tifo que, junto a las cartulinas rojiblancas, embellecía el ambiente del estadio: «Del Atleti al cielo», se leía, mientras el confeti caía sobre un estadio que se llenaba con la sensación de que aquella tarde había algo más en juego que tres puntos. Mbappé y Vinícius, tan señalados por lo futbolístico como por lo que ocurre fuera de la cal, calentaron inseparables. En el camino al césped, Mourinho y Simeone escenificaron el cariño de las declaraciones de la previa fundidos en un abrazo antes del pitido inicial. Duró poco la imagen especular: el Cholo encendió la banda desde el primer minuto, gesticulando, corrigiendo, exigiendo; Mourinho, manos en los bolsillos, observaba con una compostura serena —al menos durante el arranque—. Dos maneras de vivir el mismo partido, a apenas unos metros de distancia. La afición visitante intentó hacerse notar antes del pitido inicial, pero el los locales la silenciaron de inmediato. La megafonía anunció la alineación del Real Madrid y el Metropolitano dictó sentencia con un abucheo feroz hacia cinco nombres: Courtois, Vinícius, Mbappé, Asencio y Mourinho. Al meta belga no se le perdona su salida hace más de una década: cada intervención y saque de puerta vinieron acompañados de una sonora bronca. En la lista de suplentes, Julián Álvarez también recibió el notorio rechazo de un feudo que le mantiene bajado el pulgar. El estadio encontró pronto a su villano. En el minuto 5, una dura entrada de Baena sobre Guler encendió al turco, que protestó airadamente al cuarto árbitro; Simeone intervino en la tangana y fue amonestado. Dos minutos después, una falta de Jonny volvió a desquiciar a Guler, provocando que Mourinho saltara del banquillo a reclamar. A partir de ahí, cada gesto del otomano fue castigado con una silbina singular: la grada ya tenía un nuevo enemigo. La segunda parte dio el vuelco definitivo. Un balón largo que Giuliano pugnaba por controlar derivó en penalti. La tarjeta amarilla inicial a Huijsen se transformó en roja tras la protesta local y la revisión del VAR, mientras Simeone encendía a su grada. Huijsen se retiraba apesadumbrado cuando Endrick saltó ágil del banquillo para escoltarlo y evitar una discusión con el asistente. Grimaldo transformó la pena máxima. Mourinho, comedido ante el fallo, dio entrada a Rüdiger por Güler y, de forma sorprendente, a Diomande por Vinícius —quien sí había protestado la expulsión al auxiliar—, resolviendo el cambio sin la marejada del último Clásico. El Metropolitano estalló en alegría. Durante más de cuatro minutos resonó el conocido «Jugadores, jugadores, hemos venido a ganar, que se enteren los vikingos quién manda en la capital». Apenas se apagaba el eco cuando, en el minuto 58, un centro raso de Giuliano permitió a Jonathan David embocar a placer el segundo. La grada volvió a tronar con el mismo estribillo hasta desembocar en un multitudinario «Quien no salte madridista es» que puso en pie al fondo sur. Cara y cruz a media hora del final: Jonathan David se retiraba ovacionado mientras Julián Álvarez ingresaba entre una estruendosa pitada. El ariete argentino disfrutó de hasta tres ocasiones para reivindicarse, pero erró en la definición, encontrando esta vez el arropo de su afición. Con el choque visto para sentencia, Bernardo saltó al césped para recibir el reproche propio de un amor no correspondido. En ese tramo, los «olés» acompañaron cada posesión del Atlético, mientras Mourinho, cruzado de brazos o resignado en el banquillo, solo anhelaba el pitido final. El partido echó el telón con un gol de Rudiger a un minuto del final, mientras la grada permanecía más pendiente del cruce de palabras entre el Cuti y Mourinho tras la sustitución del central argentino. Los futbolistas madridistas tomaron el camino de vestuarios cabizbajos —con Güler aún protestando al colegiado— y únicamente Bellingham, Bernardo, Guler, Endrick, Espí, Asencio, Pitarch y Lunin se acercaron al fondo visitante a agradecer el apoyo a los suyos. En la otra cara de la moneda, la plantilla del Atlético al completo, Julián incluido esta vez, celebró el triunfo con su afición en lo que ya se escribe como un capítulo más en la historia de los derbis.

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