Publicado: mayo 28, 2026, 10:30 am
Se pregunta desde hace meses el planeta tenis quién puede frenar a Jannik Sinner y la respuesta no tiene nombre ni está apuntado al circuito profesional. El único que hoy por hoy puede frenar al italiano es, simplemente, el calor. Es quien le opone la mayor resistencia en esta segunda ronda en Roland Garros, que dominaba sin problemas ante Juan Manuel Cerúndolo, 24 años y 56 del mundo, hasta ese 6-1, 6-3, 5-1 y saque con el que se funde. Es el calambrazo, el golpe de calor, un Sinner que, dice, tiene ganas de vomitar, que no puede, que está deshidratado, que se va al vestuario cinco minutos pero no hay diferencias cuando vuelve. Un Sinner que acaba por claudicar ante un rival tan superior como él mismo, y un Cerúndolo que firmó el partido de su vida. Sinner era la autoridad, el reto, el desafío. Hasta que llegó el calor. Son las doce del mediodía en la Philippe Chatrier y se estira Jannik Sinner hasta la tercera ronda sin que se le vea ni una muestra de flaqueza. Al contrario, corre de lado a lado y descerraja una derecha a la carrera que levanta la tierra de la línea y deja con la boca abierta a Cerúndolo. Por el cómo ha clavado el italiano esa derecha y por el cuándo, porque es una bola de rotura al inicio del segundo set. Para redondear una defensa fantástica: un saque directo de segundo saque. Así llegaba Sinner a este Roland Garros en el que, sin duda, llegaba como principal favorito. De ahí que la organización reme a favor de obra. Porque el italiano se estrenó de noche y lo programan en el primer turno de la jornada en día laborable para la siguiente actuación. Que la temperatura a las 12 es alta, sí, pero no tanto como a las tres o las cuatro de la tarde. Que se lo digan a Novak Djokovic, que padeció ese bochorno pegajoso y que deja sin poder respirar en las horas centrales en su choque a cuatro sets contra Valentin Royer. Y aun así… Sinner se intenta proteger así del máximo rival que ha encontrado en los últimos tiempos y que no se llama Carlos Alcaraz: el calor. Lo sufrió hasta la extenuación en el Masters 1.000 de Shanghái, obligado a retirarse porque el cuerpo lo atenazó en mil calambres. A principios de curso, en el Abierto de Australia, apeló al protocolo de las altas temperaturas y la humedad para forzar que se cerrara el techo cuando sufría de lo lindo ante Eliot Spizzirri. También llegó al límite en la jornada nocturna en Roma ante Daniil Medvedev. París, decía el propio Sinner, parecía mucho menos problemático: «Aquí el calor es diferente, la humedad no es tan alta como en Australia o Estados Unidos. Cada día cuenta, así que mañana es un buen día para acostumbrarme al calor». Y aun así… Eso parece en las primeras dos horas de partido. El italiano transita con su paso pausado pero firme. Sin apenas inquietud en sus gestos ante Cerúndolo, que lo intenta, claro, como todos, pero no le alcanza, claro, como a todos. Le basta al número 1 con ejecutar la derecha profunda y acabar los puntos con el revés cruzado. El servicio funciona de maravilla, especialmente en los puntos importantes, y la tranquilidad y la confianza hacen el resto en un primer set que es puro monólogo. También lo es el segundo, salvo esa pequeña chispa de ambición que muestra el argentino y que obliga a Sinner a encender la alarma durante un minuto: lo que le cuesta encontrar el ganador con la derecha y sentenciar con ese ‘ace’ de segundo saque. Después vuelve al guion: trabajar el punto desde el centro de la pista, mareando al rival para evitar sus propios desplazamientos, que hay que ahorrar energía. Le va muy bien la estrategia porque la pelota y la muñeca ejercen lo que él planea, sin dudas ni errores. Con el plan de minimizar energías lo máximo posible, aprieta el acelerador solo un poquito más al inicio del tercer set para firmar el ‘break’ en el primer juego y dejarse llevar por la inercia ganadora. A pesar de los momentos de brillantez que se trabaja Cerúndolo, Sinner está en su mejor estado y quiere ir mejorando el repertorio para próximos encuentros. Sacar y subir a la red, afinar dejadas, defenderse con el cortado. Lo tiene todo. Pero con 6-1, 6-3, 5-1 y saque, el apagón. Tres errores, una doble falta y Sinner que desaparece entre calambres, nauseas, rigidez, y un Cerúndolo que atiende atónico al espectáculo pero mantiene la cabeza fría. Porque se dobla sobre sí mismo el italiano, que ejecuta entonces sin pensar, sin gana, sin dirección. La pierna rígida, los pulmones sin aire. Y pierde dos juegos, y quince puntos consecutivos. Y en el intercambio hay masaje los muslos para intentar apagar los calambres. El partido ya no es un partido, es una lucha de Sinner contra sí mismo. Se para el juego, salen a atenderle, indica que está deshidratado, pierde ese turno de saque, el siguiente juego y el siguiente y el siguiente, y el set. Se va al vestuario, pero hay poco cambio en su regreso, y sigue sin moverse, extenuado, incapaz. Cerúndolo se mantiene ahí, porque sabe el argentino que debe seguir moviendo al rival si no quiere ver cómo muestra Sinner que es el mejor, y con diferencia, en este momento. Porque el de San Cándido, una sombra de sí mismo, exhibe su poderío aun sin poder moverse, sus golpes cuando la pelota está cerca son de maestro, con una velocidad de pelota que lo mantienen en pie, a pesar de tener que apoyarse continuamente sobre la raqueta para no caer por los mareos y los calambres. Es a lo que se aferra para sobrevivirse y sobrevivir en el choque. Y, si puede, que ya no está en su mano, alcanzar esa victoria que tenía a cuatro puntos. El argentino, que no había podido hacer nada ante el tenis del italiano en las primeras dos horas, se encuentra con una puerta abierta que, honor para él, aprovecha cuanto puede. Que no es nada fácil jugar contra un rival que sufre, pero acierta a sacar su mejor repertorio, su mejor cara, el mayor de los respetos. Incluso, y sobre todo, al final, con un Sinner algo más recuperado. Se cumplen tres horas de partido cuando gana el cuarto set. Y hasta le arrebata el primer turno de saque en el quinto. Ahora Sinner empieza a dejar de pelear contra sí mismo, y se encuentra a un Cerúndolo en su mejor momento. Así que cambia una lucha por otra, pero con las energías y las fuerzas muy justas. Y Cerúndolo, que lleva el mismo tiempo que él en pista, no cede, se crece, se lo cree. Ejecuta derechas altas, dejadas cortas, globos, que marean un poco más a Sinner y le hacen darse cuenta de que no puede, no puede, no puede. Que se le acaba la gasolina y la confianza y los golpes. Que no lo sostiene el saque, que el rival está preciso y exacto, que no le dan las piernas. Que se acaba aquí la racha de treinta triunfos consecutivos. Que esta vez tampoco será su momento de ganar Roland Garros. Que perdió la final el año pasado con tres puntos de partido a su favor, y que en este 2026 ha encontrado a otro rival a su altura, el calor, que lo deshidrata y lo deja en los huesos, y un Cerúndolo que acaba por tumbarlo. «Durante mucho rato yo no sabía ni qué hacer. Era muy superior a mí. Se merecía ganar este partido», admitía el argentino después, tras la mejor victoria de su carrera y con todo por delante para seguir así.
