Publicado: agosto 30, 2025, 9:00 am

«Lo más seguro es ser temido antes que amado». La frase que el filósofo y diplomático italiano Nicolás Maquiavelo (1469-1527) plasmó en su obra «El Príncipe» expone la cruda estrategia que los gobernantes, en especial los autócratas y déspotas, han aplicado a lo largo de la historia para retener el poder.
Por Juan Francisco Alonso | BBC News Mundo
Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, el líder nazi Adolf Hitler dio un paso más allá en el uso del terror como herramienta de control social.
Así, a finales de 1941, mandó dictar el llamado decreto «Noche y Niebla» (Nacht und Nebel, en alemán), un instrumento mediante el cual autorizó el encarcelamiento y ajusticiamiento —en el más absoluto secreto— de cualquier enemigo del régimen nazi en los territorios entonces ocupados por Alemania.
Para organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional, juristas y expertos de Naciones Unidas, esta orden fue el germen del actual concepto de la desaparición forzada de personas, una de las violaciones a los derechos humanos más graves y que es calificada como crimen de lesa humanidad por el Estatuto de Roma que creó la Corte Penal Internacional (CPI).
Es una práctica, además, que en América Latina ha dejado miles de víctimas en las últimas décadas.
El 7 de diciembre de 1941, mientras los japoneses -aliados de los nazis- bombardeaban Pearl Harbor (EE.UU.), el mariscal Wilhelm Keitel, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas germanas, firmó un documento titulado «Directivas para la persecución de las infracciones cometidas contra el Reich o las fuerzas de ocupación en los territorios ocupados».
El texto daba luz verde a las fuerzas nazis para capturar a personas en los países ocupados «que amenazaran la seguridad alemana» y someterlas a un procedimiento especial, según le explicó a BBC Mundo el director del Centro de Estudios de Postgrado de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Jesús Ollarves Irazábal.
«Los detenidos no eran ejecutados inmediatamente, sino que eran transportados secretamente a Alemania, donde desaparecían sin dejar rastro alguno», agregó el también exjuez venezolano, quien es autor del libro «Desaparición Forzada de Personas: Estudio histórico-jurídico».
«Según el Führer, las penas privativas de libertad e incluso las de reclusión perpetua (…) son percibidas como signos de debilidad», explicaba el decreto, según el libro «Noche y Niebla y otros escritos sobre los derechos humanos» del fallecido jurista argentino Rodolfo Mattarollo.
«Un efecto de terror eficaz y prolongado solo se logrará mediante la pena de muerte o por medidas idóneas para mantener a los allegados y a la población en la incertidumbre sobre la suerte de los culpables. El traslado a Alemania permite alcanzar este objetivo», remataba el instrumento.
En las semanas siguientes, Keitel firmó otros textos en los que se delineó la hoja de ruta que siguieron las fuerzas nazis para infundir el miedo que Hitler demandaba.
«En los casos (contra miembros de la resistencia) en los que la pena de muerte no fuera pronunciada en los ochos días siguientes a la detención, los prisioneros eran trasladados secretamente a Alemania, donde desaparecían sin dejar rastro y no se podía dar ninguna información sobre el lugar donde se encontraban o sobre su suerte», indicó el jurista venezolano.
Un elemento clave era el momento en el que las víctimas eran aprehendidas y enviadas a suelo germano: «En la noche y la niebla», una expresión que, según Mattarollo, Hitler habría tomado «de un pasaje de (la ópera) ‘El oro del Rhin’ de Richard Wagner».
Hitler era fanático de las obras del compositor alemán del siglo XIX.

Nada de mártires
El decreto «Noche y Niebla» fue alumbrado tras el inicio de la llamada operación «Barbarroja», la invasión nazi a la Unión Soviética en el verano de 1941, la cual fue aprovechada por los partisanos de los países europeos ya ocupados, en particular en Francia, para lanzar ataques en contra de las fuerzas alemanas.
Hitler, por su parte, quería acabar con cualquier resistencia a su ocupación, pero evitando dar a la insurgencia símbolos que inspiraran a otros a rebelarse.
«Keitel declaró en el tribunal de Nuremberg que si los familiares hubieran sabido lo que pasaba (con sus seres queridos) hubieran creado mártires», explicó a BBC Mundo la jurista italiana Gabriella Citroni, presidenta del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU.
«El hecho de no saber qué le ocurrió a los desaparecidos paralizaba a sus familiares y a sus allegados», agregó la experta.
Los nazis tomaron medidas para asegurarse que no quedaran rastros de las víctimas del decreto.
«Las sentencias de los juicios sumarios y sin defensa no eran anotadas ni en la estadística oficial del Reich ni en los prontuarios penales ordinarios. La práctica usual de informar a la prensa sobre las ejecuciones y de fijar avisos en sitios públicos se omitió», enumeró Ollarves.
«A los familiares no se les notificaban las ejecuciones ni las muertes de sus seres queridos por otras causas. Las tumbas de prisioneros no podían tener inscripciones con los nombres de los difuntos», agregó.
Por su parte, Mattarollo, aseguró en su libro que los trasladados a Alemania eran llevados a prisiones o campos de concentración donde eran aislados totalmente del mundo exterior.
«No estaban autorizados a tener ningún contacto; no tenían derecho a escribir ni a recibir cartas, paquetes o visitas», escribió.
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