Publicado: octubre 24, 2026, 10:30 pm
No eran partidos normales. Para nadie. Ni para los jugadores, ni para los entrenadores ni, tampoco, para los árbitros. Los Barcelona-Real Madrid de la primera etapa de José Mourinho en el banquillo blanco (2010-2013) elevaron la tensión del fútbol español a una dimensión desconocida. La rivalidad con Guardiola, los enfrentamientos dialécticos, las protestas desde los banquillos y la sucesión de clásicos en la primavera de 2011 convirtieron cada partido en una guerra que, incluso, amenazó con llevarse por delante a la selección española. Y ese contexto bélico también exigía una preparación especial de los colegiados, obligados a gestionar no solo las acciones futbolísticas, sino también egos, emociones y presiones que rodeaban a cada una de sus decisiones. Muñiz Fernández, Iturralde González y un tercer árbitro (también retirado, claro), que prefiere mantenerse en el anonimato, recuerdan en ABC cómo se vivían desde dentro aquellos clásicos. Y todos coinciden en dos puntos. «Mourinho siempre iba de cara y eso me gustaba, pero Guardiola era más sibilino», recuerda Iturralde, colegiado del 5-0 del Barça al Madrid en noviembre de 2010, en el primer clásico del luso en el banquillo merengue. Y es que el portugués, cuya personalidad condicionaba inevitablemente el ambiente, no siempre era el entrenador complicado que se proyectaba desde fuera. Muñiz Fernández reconoce que dirigir un encuentro con el luso en el banquillo del Madrid exigía personalidad y capacidad para controlar las situaciones: «En el campo manda el árbitro», explica. «Mourinho, como Guardiola, debían entender que su autoridad terminaba cuando comenzaba el partido. El entrenador podía dirigir los entrenamientos, elegir las alineaciones y diseñar la táctica, pero durante los 90 minutos los responsables de aplicar el reglamento éramos nosotros». El exárbitro recuerda las protestas colectivas que se producían desde los banquillos. No solo Mourinho, sino también Guardiola, movilizaban a buena parte de sus cuerpos técnicos cuando consideraban que una decisión les perjudicaba. Y ahí la respuesta debía ser inmediata. «No le voy a pasar una más», explica Muñiz que les decía cuando esas protestas superaban los límites. Una experiencia distinta a la que vivió el exárbitro que prefiere mantenerse en el anonimato: «Mourinho siempre ha ido de cara conmigo. A mí nunca me ha complicado la vida, sinceramente, y su comportamiento era ejemplar». Iturralde González comparte esa percepción. El hoy comentarista en la cadena SER prefiere a los entrenadores que muestran abiertamente su personalidad, aunque sus formas no siempre sean las más agradables: «A mí siempre dame gente que venga de cara. Y Mourinho no te va a engañar. Mourinho es Mourinho». Como Guardiola es Guardiola, un perfil distinto: «Era más sibilino». Dos patrones distintos que tuvieron su cuota de responsabilidad en aquella guerra de clásicos en la que se cruzaron unas cuantas líneas rojas: «En el clásico que yo pité, el de Liga (1-1) en mitad de ese rally de duelos, le dije a Xabi que le veía diferente, con exceso de tensión en su rostro», explica Muñiz Fernández. El asturiano relacionaba esa actitud con las instrucciones que recibían de Mourinho y Guardiola, en la que trasladaban a sus equipos una presión que terminaba reflejándose sobre el césped. Instrucciones que se convertían en chinitas en las comparecencia públicas. Iturralde recuerda una anécdota con Mourinho en el 5-0. Tras el encuentro, el portugués se acercó a saludarle y el colegiado aprovechó para dejarle un mensaje en tono de broma: «Oye, ya sabes que aquí el único gallo que hay soy yo». Se lo dijo porque durante la semana previa al partido, Mourinho había dicho que con Iturralde al Barça le iba mejor que al Madrid. Un comentario que el luso se tomó con naturalidad: «Él es muy encajador. Por eso me gusta su personalidad. Da y recibe, por igual, sin mosquearse». Los tres árbitros coinciden en que aquellos partidos exigían una fortaleza mental extraordinaria. La presión comenzaba mucho antes del pitido inicial y continuaba después, con cada decisión analizada desde todos los rincones del planeta: «Durante la semana no controlas lo que se dice, pero cuando comienza el encuentro, los 90 minutos son tu terreno y lo que quiere un árbitro en un clásico es que empiece cuanto antes porque durante el partido el mando lo llevamos nosotros», explica Iturralde. Esta noche, en el Camp Nou, en el primer clásico de Mourinho en esta segunda etapa en el banquillo del Madrid, el turno le tocará a Martínez Munuera: «Que le vaya bien», sentenció ayer el luso en Valdebebas.
