Publicado: noviembre 7, 2026, 9:30 pm
El 16 de octubre de 2026 tuve la oportunidad de moderar una mesa de diálogo durante la inauguración de la Casa de la Cultura de Afganistán en Madrid. Aquel encuentro fue mucho más que la apertura de un nuevo espacio cultural. Fue una ocasión para reunir a nuestra comunidad, compartir experiencias y reflexionar sobre una realidad que no podemos ignorar: la situación de las mujeres y las niñas en Afganistán.
Más de 150 personas, entre ciudadanos afganos y españoles, representantes de asociaciones culturales y sociales y una representación de Acnur en España participaron en la ceremonia. La inauguración simbolizó la voluntad de fortalecer la solidaridad entre los afganos residentes en España, preservar nuestra identidad y construir puentes de entendimiento con la sociedad española. Sin embargo, para mí, uno de los momentos más significativos fue el diálogo sobre los derechos de las mujeres afganas.
Allí planteé ocho preguntas sobre los principales problemas que enfrentan las mujeres afganas: las restricciones sociales y culturales, la falta de acceso a la educación, las limitaciones de sus derechos fundamentales, los obstáculos laborales, la escasa participación en las decisiones políticas y sociales, las dificultades económicas de las mujeres que mantienen a sus familias y la necesidad de preservar la esperanza en circunstancias adversas.
No pretendía que fueran únicamente preguntas para los participantes de una mesa redonda. Quería que nos invitaran a todos a reflexionar. ¿Cómo podemos hablar del futuro de Afganistán cuando millones de niñas no pueden continuar sus estudios? ¿Qué significa la independencia económica para una mujer que encuentra enormes obstáculos para trabajar? ¿Por qué las mujeres siguen teniendo tan pocas oportunidades de participar en las decisiones que afectan directamente a sus vidas?
Estas cuestiones no pertenecen exclusivamente a Afganistán. Nos interpelan también a quienes vivimos en Europa y creemos en la dignidad, la igualdad de oportunidades y los derechos humanos.
Una generación privada de oportunidades
Desde el regreso de los talibanes al poder en agosto de 2021, las mujeres y las niñas afganas han sufrido restricciones cada vez más severas en la educación, el empleo y la participación pública. Según Unicef, en agosto de 2026 más de 2,6 millones de niñas habían sido privadas de educación Secundaria desde 2021. Detrás de esta cifra existen proyectos personales interrumpidos y generaciones cuya capacidad para contribuir al desarrollo de su país está siendo limitada.
La educación no consiste solamente en aprender a leer o adquirir conocimientos. También permite desarrollar independencia, fortalecer la autoestima y participar en la sociedad. Cuando se impide estudiar a una niña, no solo se limita su futuro individual. También se debilitan las posibilidades económicas, educativas y sociales de su comunidad.
Las consecuencias pueden extenderse durante décadas. Un país necesita maestras, médicas, periodistas, investigadoras y profesionales capaces de contribuir a su desarrollo. Privar a las mujeres de estas oportunidades supone desaprovechar una parte esencial del talento de la sociedad.
La independencia económica y la dignidad
Otra de las preguntas que planteé durante el encuentro estuvo relacionada con las restricciones laborales y sus consecuencias para la independencia económica de las mujeres. Según ONU Mujeres, en 2026 solo el 7 % de las mujeres afganas tenía empleo, frente al 84 % de los hombres. Estas diferencias reflejan profundas barreras de acceso al mercado laboral.
La falta de oportunidades de empleo afecta especialmente a las mujeres que sostienen económicamente a sus familias. Para muchas de ellas, trabajar no representa únicamente una posibilidad de desarrollo profesional, sino una necesidad para garantizar la alimentación, la vivienda y la educación de sus hijos. Por eso, hablar de los derechos de las mujeres significa hablar también de seguridad económica, autonomía y oportunidades reales para construir una vida digna.
Las mujeres afganas no deben ser consideradas únicamente víctimas de las circunstancias. Son profesionales, estudiantes, madres, periodistas, artistas y defensoras de derechos que poseen conocimientos, capacidades y aspiraciones propias.
La responsabilidad de los hombres afganos
Durante la inauguración, Israel Naseri, presidente de la Casa de la Cultura de Afganistán, reafirmó la importancia de la educación de las niñas y expresó que constituye una línea roja. Por su parte, Nasir Ahmad Turki planteó una reflexión especialmente importante: los hombres afganos no siempre han acompañado a las mujeres en la defensa de sus derechos como deberían haberlo hecho. Considero que este mensaje merece una reflexión profunda.
La defensa de los derechos de las mujeres no puede recaer exclusivamente sobre ellas. También requiere que los hombres reconozcan su responsabilidad y contribuyan a construir espacios de respeto, igualdad y participación.
No podemos hablar de justicia mientras permanecemos indiferentes ante las dificultades de nuestras madres, hermanas, hijas y compañeras. La solidaridad debe expresarse mediante acciones concretas, no limitarse a declaraciones pronunciadas durante una ceremonia.
Las dificultades de la migración
El encuentro también permitió abordar las dificultades que enfrentan numerosos afganos fuera de su país. Zohal Rad, fundadora de la Alianza de Mujeres Empoderadas y vicepresidenta de la Federación Internacional de Derechos Humanos en el Exilio, expresó su preocupación por la situación de los migrantes afganos en Pakistán y pidió mayor atención a los procedimientos migratorios de quienes buscan protección.
La periodista Jamila Hussam, por su parte, destacó las restricciones impuestas a las mujeres en Afganistán e hizo un llamamiento a la comunidad internacional para que no las abandone.
Estas intervenciones recordaron que el sufrimiento de muchas personas afganas no termina necesariamente al cruzar una frontera. La incertidumbre, la separación familiar y las dificultades de integración continúan formando parte de numerosas experiencias migratorias.
Una casa para la cultura y el diálogo
Afganistán posee una herencia cultural rica y diversa. Nuestra literatura, poesía, música, lenguas y tradiciones merecen ser preservadas y compartidas con las nuevas generaciones. Pero preservar la cultura también significa reconocer a las personas que la construyen.
Las mujeres han desempeñado un papel fundamental en la historia y la vida cultural de Afganistán. Su contribución no puede quedar fuera de nuestra memoria colectiva. Por eso, considero que la Casa de la Cultura de Afganistán en Madrid tiene una oportunidad especial: convertirse en un espacio de encuentro donde podamos celebrar nuestras tradiciones y, al mismo tiempo, dialogar sobre los desafíos de nuestra sociedad.
También puede ayudar a que los ciudadanos españoles conozcan un Afganistán que va más allá de las imágenes de guerra y desplazamiento: un país de historia, diversidad cultural, creatividad y aspiraciones de futuro.
Una de mis últimas preguntas durante la mesa de diálogo fue cómo pueden las mujeres afganas mantener la esperanza en circunstancias tan difíciles. Creo que esta pregunta también debe dirigirse a nosotros. ¿Qué podemos hacer desde Madrid para que esa esperanza no desaparezca? ¿Cómo podemos contribuir a crear espacios donde las mujeres puedan expresar sus propias experiencias y participar en las conversaciones sobre su futuro?
La inauguración de la Casa de la Cultura de Afganistán fue un comienzo, pero su verdadero significado dependerá de lo que logremos construir a partir de ahora. Las preguntas que formulamos no deberían terminar cuando se apagan los micrófonos. Deben continuar en nuestras asociaciones, familias, espacios culturales y conversaciones cotidianas.
No podemos hablar del futuro de Afganistán sin escuchar a sus mujeres. Tampoco podemos preservar plenamente nuestra cultura si ignoramos sus voces.
