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La prisa la pagan los demás

Publicado: noviembre 6, 2026, 4:00 pm

Llevamos veinte minutos formados para tomar una salida. La fila avanza apenas y, por el espejo, vemos venir al coche que se va a meter hasta adelante. Lo sabemos antes de que encienda la direccional, si acaso la enciende. Sentimos ese coraje tan conocido: nosotros esperando y alguien decidiendo que su tiempo vale más.

Lo incómodo viene después, cuando recordamos las veces que hemos buscado hacer lo mismo. Porque se nos hizo tarde, porque no conocíamos la salida o porque “nada más esta vez”. Para nuestras propias faltas solemos tener explicaciones muy razonables.

Al volante nos cuesta aceptar que los demás también tienen pendientes. Quien está enfrente quizá va a una consulta o salió corriendo del trabajo para recoger a sus hijos. Pero solo vemos un coche que estorba y empezamos a tocar el claxon, como si pudiéramos empujarlo con el ruido.

Con la lluvia perdemos todavía más la paciencia. La ciudad se vuelve lenta y empezamos con la queja: “Parece que a todos se les olvidó manejar”. Vemos menos, el pavimento está mojado y hay quienes intentan esquivar un bache que el agua esconde. Reducir la velocidad tiene sentido. Aun así, nos desespera quien deja distancia entre coches; vemos ese espacio y pensamos que ahí cabemos nosotros.

También hay días en que salimos tarde y pretendemos recuperar los minutos en cada semáforo. Cambiamos de carril, aceleramos apenas encontramos un hueco y nos enojamos con quien no lleva nuestra urgencia. El retraso era nuestro al salir de casa; unas calles después ya lo convertimos en problema de todos. Incluso del peatón que tiene que apurar el paso porque sentimos que cruzar le está tomando demasiado tiempo.

Y luego está el “uno y uno”. Entendemos perfectamente cómo funciona. Pasa un coche de cada lado. Hasta ahí, todo bien. Luego aprovechamos que el otro dudó y nos pegamos al de adelante para pasar también. O cerramos el espacio porque ya dejamos entrar a alguien antes y sentimos que cumplimos nuestra cuota de amabilidad. Entonces el cruce se vuelve una negociación a empujones.

Hay un costo en todo esto, aunque no aparezca en un recibo. Quien se mete en una fila reparte su espera entre quienes sí la respetaron. Quien bloquea una intersección para alcanzar a pasar deja detenida a otra calle. Podemos ganar unos metros y hacer perder tiempo a mucha gente. Después nos quejamos, con razón, de lo mal que circulamos.

Claro que necesitamos mejores calles, transporte público suficiente y autoridades que hagan cumplir las reglas. Los baches, las inundaciones y los semáforos descompuestos también pesan en cada trayecto. Podemos exigir soluciones y revisar cómo manejamos. Dejar pasar a alguien tendría que ser una decisión sencilla, sin la sospecha inmediata de que nos están viendo la cara.

A veces, además del enojo, sentimos miedo. Queremos decirle al conductor que se metió que hay una fila. Alcanzamos a tocar el claxon y luego lo pensamos mejor. No sabemos quién va en ese coche, cómo va a reaccionar, si trae un arma. Aparece una posibilidad aterradora: que una discusión de tránsito termine en una muerte.

Aprendemos entonces a tragarnos el reclamo. Miramos hacia adelante, dejamos que se vaya y buscamos llegar a casa. Es comprensible. Preocupa que el temor a una agresión nos lleve a guardar silencio ante un abuso tan cotidiano. Nos quedamos con el enojo y con la sensación de que pedir un mínimo de respeto puede costarnos demasiado.

Por eso, hablar de civismo al volante también exige hablar de seguridad. Necesitamos poder compartir la calle sin sentir que cualquier desacuerdo puede ponernos en peligro. Mientras tanto, podemos empezar por algo que sí nos corresponde: respetar el turno, dejar de aventar el coche y aceptar que una demora no nos da derecho a poner en riesgo a alguien.

Todos queremos llegar. A veces hay alguien esperándonos; otras, lo único que queremos es quitarnos los zapatos y terminar el día. La persona del coche de al lado también. Recordarlo tendría que alcanzarnos para soltar un poco el acelerador.

*La autora es académica de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana.

X: @Ivett5151

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