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Dormir poco: el hábito que amenaza nuestra salud

Publicado: noviembre 4, 2026, 11:00 am

El día termina con el smartphone encendido y comienza con una alarma que interrumpe el descanso. Entre jornadas largas, traslados y pendientes, dormir se vuelve negociable. La ciencia advierte que esa decisión tiene consecuencias que van mucho más allá del cansancio.

Un informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), publicado en abril de 2026, muestra que, en 2024, el 30.5% de los adultos de Estados Unidos dormía menos de siete horas al día. Los datos no describen a México, pero exhiben un problema prioritario para la salud pública.

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El precio invisible​

Durante el sueño, el cerebro consolida recuerdos y procesa información; el corazón atraviesa períodos de menor actividad y el sistema inmunitario coordina parte de sus respuestas. Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) destacan que el descanso interviene también en la regulación del apetito y la sensibilidad a la insulina.

Cuando el sueño falta de forma sostenida, el riesgo de hipertensión, enfermedades cardiovasculares, obesidad y diabetes tipo 2 aumenta. También se afectan la concentración, el juicio y los reflejos, con implicaciones en accidentes de tránsito, errores laborales y desempeño académico. Son asociaciones de riesgo, no destinos inevitables.

El problema no se reduce a contar horas. La investigación de Harvard ha vinculado los horarios irregulares con peores resultados metabólicos y cardiovasculares. Dormir ocho horas un día y cuatro al siguiente no equivale a mantener un descanso suficiente y constante.

Dormir, problema colectivo​

Una línea de investigación de Harvard presentada en julio de 2026 propone estudiar el “sueño público”: cómo elecciones, crisis, desastres o acontecimientos que afectan a comunidades enteras alteran el descanso. El concepto aún requiere mayor investigación, pero amplía la conversación: dormir tampoco depende exclusivamente de la voluntad individual.

Turnos nocturnos, largos desplazamientos, responsabilidades de cuidados o falta de condiciones adecuadas para descansar crean barreras concretas. Las recomendaciones personales ayudan, aunque no sustituyen las medidas laborales y sociales necesarias para reducir la privación de sueño.

Recuperar la noche​

La Organización Mundial de la Salud incluye dormir lo suficiente entre los hábitos de autocuidado. Los CDC recomiendan al menos siete horas para adultos de 18 a 60 años; de siete a nueve entre los 61 y 64; y de siete a ocho a partir de los 65. La calidad también cuenta.

Fijar horarios, recibir luz natural durante el día, disminuir pantallas antes de acostarse y limitar alcohol y cafeína por la noche pueden facilitar el descanso. Sin embargo, si el problema persiste, no basta con imponer rutinas o recurrir indiscriminadamente a pastillas.

Para el insomnio crónico, los NIH recomiendan inicialmente la terapia cognitivo-conductual para el insomnio, un tratamiento estructurado que ayuda a modificar conductas y pensamientos que mantienen la dificultad para dormir. Ante ronquidos intensos con pausas respiratorias o somnolencia persistente, conviene descartar apnea del sueño.

Proteger el sueño no roba tiempo al día; permite que el cuerpo y el cerebro funcionen mejor durante las horas de vigilia.

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