Publicado: octubre 30, 2026, 1:30 am
El fenómeno se estudiará en las facultades de políticas. El domingo pasado, el expresidente de Serbia y hombre fuerte de la derecha Aleksandr Vucic perdía las elecciones frente a un movimiento de protesta estudiantil que compareció a los comicios sin presentar siquiera un líder reconocible, lo que resulta insólito.
Populista, autoritario y prorruso, Vucic ha caído por las movilizaciones contra su corrupción. Unas horas después, Brasil daba la vuelta a las encuestas votando a favor de Luis Ignacio Lula y dejando en la cuneta al candidato ultra Flavio Bolsonaro, quien dos días después huía a los Estados Unidos tras ser reclamado por la justicia por blanqueo de capitales, financiación ilícita y fraude en las plataformas de juego online.
Esa era la calaña del tipo que pretendía gobernar el mayor país de América Latina con el apoyo de la ultraderecha europea y la Casa Blanca. Tardó poco el Departamento de Estado Norteamericano en reconocer que había proporcionado a la familia Bolsonaro los visados de residencia que le niega a los inmigrantes, que persigue inmisericorde el siniestro ICE.
El martes, otro gran amigo del presidente de EEUU, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, veía desvanecerse su pretensión de reeditar la mayoría parlamentaria de la coalición radical y belicista que ha manejado con puño de hierro los destinos de Israel. El carnicero de Gaza y Cisjordania, invasor del Líbano e incitador del ataque a Irán, del que embaucó a Donald Trump, lograba que su partido, el Likud, fuera el más votado, pero con una fuerte rebaja de castigo que pone a su oposición en condiciones de desbancarle y que responda ante la justicia de sus muchos casos de corrupción.
La justicia divina que se ha impuesto en tan variados escenarios electorales lleva camino de completarse en las elecciones de medio terminado en los Estados Unidos del próximo martes día 3. Unos comicios que, sin elegir al presidente del país, tienen la capacidad de variar el equilibrio de poder.
El Partido Republicano ostenta en la actualidad la mayoría en las cámaras, lo que ha permitido a Trump ejercer un poder omnímodo con toda suerte de desvaríos. El martes los norteamericanos están llamados a renovar toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, que se renueva cada dos años. En la de representantes, las encuestas pintan tan mal para el Partido Republicano que ya la dan por perdida. Su mayor temor es la puntilla en el Senado, donde, con que solo 4 estados de los diez ahora en su poder votaran mayoritariamente en favor de los demócratas estos se harían con la mayoría de una cámara capaz de bloquear cualquier locura presidencial e incluso de proponer el temido impeachment que saque a patadas al inquilino del despacho Oval. En esa deriva podrían hallarse estados tan tradicionalmente republicanos como Ohio, Iowa o Texas, entre otros.
Llama la atención el caso de Kansas, un bastión republicano desde hace ya cien años, donde hoy los sondeos indican que puede cambiar de manos. Hay que retroceder varias décadas para encontrar un presidente de los Estados Unidos que llegue a las elecciones de medio mandato con un nivel de popularidad tan bajo como el de Donald Trump. Allí no solo se han cansado de sus mentiras, delirios y extravagancias; también están indignados con la brutalidad exhibida hacia los inmigrantes, el alza de la inflación, que prometió bajar, y una guerra de Irán en que se metió, sin saber cómo salir, desestabilizando el equilibrio y la economía de todo el planeta. Si esos sondeos aciertan los contrapesos legislativos, dictarán su ocaso.
