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México, entre el bajo crecimiento y las crisis económicas

Publicado: octubre 27, 2026, 5:00 am

La economía mexicana atraviesa un periodo de lento crecimiento y restricciones fiscales que han reabierto las comparaciones con las crisis del pasado. Sin embargo, una desaceleración prolongada, un desequilibrio fiscal y una crisis financiera no son lo mismo. Para evaluar los riesgos actuales conviene distinguirlos y recordar qué mecanismos detonaron los principales episodios de inestabilidad.

El crecimiento fue de apenas 0.5% en 2025, según la estimación del FMI citada en su informe de octubre, que prevé 1.5% para 2026. A ello se suman requerimientos financieros del sector público de 4.1% del PIB para este año, conforme a Hacienda. No son cifras de crisis financiera, pero sí de una economía con poco margen frente a nuevos choques.

Las experiencias de 1982 y 1994 permiten identificar qué desequilibrios conviene corregir antes de que se acumulen.

La crisis de 1982 combinó déficits fiscales, endeudamiento externo y dependencia de los ingresos petroleros. El aumento de las tasas internacionales encareció el servicio de la deuda; la salida de capitales y la insuficiencia de divisas dificultaron refinanciarla. México anunció en agosto que no podía atender oportunamente sus obligaciones externas. Siguieron devaluaciones, nacionalización bancaria, renegociación de deuda y programas de ajuste. Según la serie histórica de Banco de México, el PIB cayó 4.4% en 1983 y 3.7% en 1986. Entre 1982 y 1988, el crecimiento promedio anual fue cercano a cero y disminuyó el producto por habitante.

La crisis de 1994-1995 tiene otra explicación. La apertura comercial facilitó las importaciones, mientras una banda cambiaria de depreciación limitada, utilizada para contener la inflación, favoreció la apreciación real del peso. Los bienes importados se abarataron y aumentó el déficit de cuenta corriente, cercano a 8% del PIB en 1994, financiado en buena medida con entradas de capital de corto plazo. Tras la privatización bancaria, el crédito creció con una supervisión insuficiente, lo que incrementó la exposición de bancos y deudores.

El aumento de las tasas estadounidenses y los acontecimientos políticos de 1994 aceleraron la salida de capitales y la pérdida de reservas. Para conservar financiamiento, el gobierno amplió la emisión de Tesobonos, deuda pagadera en pesos pero indizada al dólar. La modificación de la banda cambiaria en diciembre, mal comunicada y seguida por una flotación forzada, precipitó la devaluación. El dólar pasó de alrededor de 3.50 pesos antes de la crisis a más de siete en marzo de 1995. Subieron las tasas, se encarecieron las obligaciones en dólares y aumentó la cartera vencida.

El PIB se contrajo 6.3% en 1995 y repuntó 5.2% en 1996 y 6.8% en 1997. La estabilización, el financiamiento internacional y las exportaciones favorecieron la recuperación. Sin embargo, el rescate bancario vía FOBAPROA trasladó costos al sector público y abrió la puerta a una creciente participación extranjera en la banca. La recuperación del producto no eliminó de inmediato las pérdidas patrimoniales de hogares y empresas.

Las crisis asiática de 1997, rusa de 1998 y el estallido puntocom en 2000 generaron volatilidad, pero México las sorteó sin una crisis de balanza de pagos y bancaria como la de 1994-1995.

En 2008-2009, el problema surgió en Estados Unidos: hipotecas de alto riesgo se bursatilizaron mediante obligaciones de deuda garantizadas (CDO), mientras los derivados de incumplimiento crediticio (CDS) ampliaron la exposición al riesgo entre instituciones financieras. Los impagos deterioraron activos y paralizaron el crédito. México recibió el golpe por la caída de la demanda estadounidense de manufacturas mexicanas. El PIB retrocedió 5.3% en 2009 y creció 5.1% en 2010. Los rescates bancarios internacionales recordaron, por su traslado de pérdidas privadas al sector público, al FOBAPROA, aunque a otra escala y bajo mecanismos distintos.

La pandemia de 2020 respondió a un choque diferente: cierre de actividades y ruptura de cadenas de suministro. El PIB mexicano disminuyó 8.2%. En el mundo, los gobiernos elevaron el gasto público mientras caían los ingresos fiscales. Según el FMI, las medidas fiscales anunciadas en 2020 representaron cerca de 12% del PIB mundial. Ese conjunto de medidas, junto con la contracción económica y la caída de los ingresos fiscales, contribuyó al aumento de la deuda pública en numerosos países.

Para 2026, el INEGI reportó inflación de 3.45% anual en septiembre y Banxico reservas cercanas a 257,000 millones de dólares al 16 de octubre. El tipo de cambio flexible elimina la obligación de usar reservas para defender una paridad fija, mientras el FMI considera sólido al sistema bancario. El riesgo no es ese. Hacienda prevé requerimientos de 3.9% del PIB aún en 2027; el FMI advierte que el ajuste no bastaría para reducir la deuda y estima que la inversión cayó 6.3% en 2025.

La respuesta no requiere un ajuste abrupto, sino uno gradual y verificable: revisar subsidios y proyectos por costo y resultados, combatir evasión y privilegios fiscales, no financiar gasto corriente con deuda y preservar inversión en energía, infraestructura y sectores rezagados. México no enfrenta hoy las condiciones de 1982 o 1994. Precisamente por eso puede corregir sus desequilibrios sin recurrir a los ajustes abruptos de entonces.

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