Publicado: octubre 16, 2026, 8:00 am
Un joven de 26 años y previamente sano comenzó a sufrir una extraña parálisis después de caer desde una altura de unos tres metros mientras trabajaba. Todo parecía apuntar a que el accidente estaba detrás de su deterioro: inicialmente pudo caminar y solo tenía un ligero dolor de espalda, pero días después empezó a perder progresivamente la fuerza en las piernas. El caso, que finalmente tuvo un desenlace fatal, acaba de ser publicado en la revista científica Frontiers in Medicine por especialistas del West China Hospital de la Universidad de Sichuan, en China.
La evolución comenzó a resultar preocupante diez días después de la caída. La debilidad apareció primero en las zonas inferiores de las piernas y fue ascendiendo, acompañada de pérdida de sensibilidad. En un segundo hospital se consideró que podía sufrir una lesión traumática de la médula espinal y recibió tratamiento conservador ante la sospecha de una conmoción medular. Sin embargo, los autores señalan un elemento relevante: no se realizó una resonancia magnética de la columna que confirmara aquella explicación. El diagnóstico de lesión medular quedó, por tanto, sin confirmación mediante neuroimagen.
El estado del joven siguió deteriorándose. Aparecieron retención urinaria, estreñimiento y alteraciones de algunos nervios craneales, hasta llegar a una parálisis completa de las extremidades inferiores. Además, su familia recordó un síntoma especialmente llamativo: días antes de quedar completamente paralizado había descrito, al beber, la sensación de que el agua le estaba “entrando en el cerebro”. Los médicos interpretaron posteriormente esta peculiar descripción como una posible manifestación de espasmos faríngeos o una alteración sensitiva relacionada con la afectación del tronco encefálico.
Cuando llegó al West China Hospital, el cuadro era ya crítico. Una revisión minuciosa de sus antecedentes permitió entonces descubrir un dato que había ocurrido mucho antes de la caída y que terminó cambiando por completo el diagnóstico: cuatro meses antes, el joven había sido mordido por un zorro en la parte baja de la espalda. La herida había cicatrizado y ya no presentaba signos locales de infección, pero el paciente no había recibido profilaxis posexposición contra la rabia. La caída, por tanto, había coincidido en el tiempo con la aparición de los síntomas de otra enfermedad.
Los especialistas comenzaron a sospechar de rabia paralítica, una presentación menos conocida de esta infección. A diferencia de la forma denominada “furiosa”, caracterizada típicamente por agitación e hidrofobia, la variante paralítica provoca una pérdida progresiva de fuerza que puede ascender por el cuerpo. Los investigadores explican que representa aproximadamente el 20% de los casos de rabia y puede confundirse con otras enfermedades neurológicas, especialmente el síndrome de Guillain-Barré o una lesión aguda de la médula espinal.
El peligro del «sesgo del anclaje»
Para resolver el misterio, los médicos analizaron el líquido cefalorraquídeo mediante secuenciación metagenómica de nueva generación (mNGS), una técnica que permite buscar material genético de numerosos microorganismos sin tener que limitar el análisis inicialmente a un patógeno concreto. En menos de 48 horas detectaron material genético de Rabies lyssavirus, el virus causante de la rabia. El hallazgo fue posteriormente confirmado mediante pruebas de referencia realizadas por el Centro Provincial para el Control y Prevención de Enfermedades de Sichuan. El paciente terminó muriendo por un fallo autonómico y respiratorio.
Los autores consideran que el caso muestra el peligro del denominado “sesgo de anclaje”, un fenómeno por el que una primera información —en este caso, la caída— adquiere tanto peso que puede condicionar la interpretación de los síntomas posteriores. “Este caso ilustra cómo un traumatismo reciente puede ocultar una causa infecciosa mortal”, explican los investigadores. También advierten de que un diagnóstico clínico de lesión de la médula realizado sin neuroimagen que lo confirme debe considerarse provisional, especialmente cuando la evolución del paciente presenta signos que no encajan completamente con una lesión traumática.
El caso sirve además para recordar por qué una mordedura de un animal potencialmente transmisor de la rabia requiere atención médica inmediata, aunque la herida parezca pequeña o termine cicatrizando. La profilaxis posexposición puede prevenir la enfermedad si se administra adecuadamente antes de que aparezcan los síntomas; una vez desarrollada la rabia clínica, el pronóstico cambia radicalmente. En este joven habían transcurrido cuatro meses desde la mordedura del zorro hasta que los médicos reconstruyeron aquel antecedente y encontraron finalmente la explicación de una parálisis que, en un primer momento, parecía tener su origen en una simple caída.
