Publicado: octubre 13, 2026, 6:00 am
La rama del análisis económico conocida como «Economía Conductual» (Behavioral Economics) lleva ya más de 25 años y ha producido cinco premios Nobel. Para repasar algunos de sus principios más importantes, desempolvé un provocativo libro pionero titulado «Why Smart People Make Big Money Mistakes – and How to Correct Them», algo así como «¿Por qué las personas inteligentes también cometen grandes errores financieros?». Los autores son Belsky, periodista especializado en finanzas, y Gilovich, psicólogo dedicado al estudio de la toma de decisiones. La segunda edición del libro es de 2009 (original de 1999). Los autores llevaron al terreno de las finanzas personales algunas de las ideas que comenzaban a revolucionar la economía en esos años. Hay una pregunta incómoda detrás del libro: si somos capaces de resolver problemas complejos, ¿por qué tomamos decisiones sorprendentemente malas cuando se trata de nuestro dinero? La respuesta de los autores resulta más vigente que nunca: porque el problema no es necesariamente la falta de inteligencia, sino la manera en que funciona nuestro cerebro.
Su punto de partida es sencillo: el individuo racional que calcula cuidadosamente costos, beneficios y riesgos existe más en los textos de economía que en la vida real. En el mundo cotidiano, las emociones pesan. Uno de los principales obstáculos es la llamada aversión a las pérdidas. Perder dinero produce un impacto psicológico mayor que la satisfacción de ganar una cantidad equivalente. De ahí que un inversionista pueda conservar durante años una acción que pierde valor simplemente porque no quiere «hacer efectiva» la pérdida. Prefiere esperar a que algún día recupere su precio de compra, aunque existan mejores alternativas para ese capital. En realidad, es una decisión emocional disfrazada de estrategia.
También está la peculiar manera en que tratamos al dinero. Una devolución de impuestos, un bono laboral, una herencia o una ganancia inesperada pueden sentirse como dinero «extra». Entonces estamos dispuestos a gastarlo con una facilidad que jamás tendríamos con nuestro salario. Sin embargo, desde el punto de vista económico, el extra y el salario son exactamente iguales.
Belsky y Gilovich identifican, además, un factor especialmente peligroso: el exceso de confianza. Muchos inversionistas creen que su conocimiento, experiencia o intuición les permite anticipar los mercados. El problema es que la confianza no necesariamente aumenta en proporción a la capacidad de acertar. A veces ocurre exactamente lo contrario: cuanto más convencidos estemos de nuestra capacidad, mayor puede ser el riesgo que enfrentemos.
La aportación reveladora —para esos años— de Belsky y Gilovich fue mostrar que la educación financiera por sí sola no basta. Saber qué es una acción, una tasa de interés compuesto o un fondo de inversión no garantiza que tomemos buenas decisiones. Primero tenemos que entender nuestras propias debilidades psicológicas.
En última instancia, el mensaje del libro es casi una advertencia: el dinero no solo se pierde por ignorancia; también se pierde por miedo, exceso de confianza, orgullo, impulsividad y por nuestra dificultad para reconocer que nos hemos equivocado. El libro nos recuerda que el mayor riesgo para nuestras finanzas no siempre está en los mercados. A veces está frente al espejo.
