Publicado: septiembre 19, 2026, 9:30 pm
La historia de su hermano -no daremos su nombre por miedo a represalias- es la historia de decenas de familias en Perú que han perdido el contacto con seres queridos que decidieron viajar a Rusia, sin saber lo que realmente estaban haciendo. Punto por punto, lo que Pachas nos cuenta encaja con el esquema que hemos reconstruido, con la ayuda de los abogados que representan a varias familias, a partir de decenas de testimonios. Según la investigación, la organización desarrolló un sistema escalonado de captación, control y traslado en el que cada integrante cumplía una función específica dentro de una cadena cuyo objetivo era llevar a ciudadanos peruanos desde Lima hasta el frente de guerra en Ucrania. Lo que parecía una desaparición aislada terminó revelando una estructura mucho más amplia que, según los cálculos, habría afectado ya a unas 350 familias y podría haber llevado a Rusia a cerca de 1.200 peruanos desde 2024. La reconstrucción de la red, explica el abogado que comenzó esta investigación, el doctor Salinas, se elaboró a partir de cientos de testimonios, mensajes y documentos aportados por las propias familias. «Era como armar un rompecabezas con piezas dispersas», resume en una entrevista con ABC. El proceso comenzaba en Perú. Los investigadores identifican a varios reclutadores conocidos por los alias de ‘Poco Pinto’, ‘Visio’, ‘Freddy’ y ‘Pantro’, encargados de localizar personas con dificultades económicas a través de contactos personales y redes sociales. ABC intentó contactar con ‘Freddy’, sin obtener respuesta. El gancho era siempre el mismo: contratos supuestamente vinculados a trabajos de seguridad o vigilancia, bonos de incorporación de hasta 20.000 dólares y salarios mensuales de entre 2.000 y 3.000 dólares (entre 1.730 y 2.600 euros). A los candidatos también se les prometía alojamiento gratuito, manutención y la posibilidad de regularizar su situación laboral en Rusia. El abogado sostiene que el perfil de los reclutados se repite una y otra vez: hombres golpeados por la crisis económica, muchos de ellos antiguos militares o vigilantes de seguridad para quienes la promesa de un salario varias veces superior al peruano resultaba difícil de rechazar. Ese fue precisamente el argumento que convenció al marido de Inés. Durante años había trabajado en Irak y fueron antiguos compañeros de aquellas misiones quienes empezaron a hablarle de Rusia. «Le decían que era igual que Irak», recuerda. En aquel momento la familia atravesaba una situación económica complicada después de un grave accidente que había generado numerosas deudas. Él quería terminar la casa familiar y veía la oferta como una oportunidad irrepetible. La red reforzaba la credibilidad del proyecto mostrando fotografías, vídeos y testimonios de otros peruanos que aparentemente ya trabajaban en el extranjero. Los reclutadores mantenían además un contacto permanente mediante llamadas y grupos de WhatsApp, generando confianza y sensación de exclusividad. Muchos de los candidatos creían que aceptaban un empleo convencional. Jordano, un joven de apenas 21 años, recibió una propuesta prácticamente idéntica, cuenta su madre. A su hijo le ofrecieron un puesto de vigilancia de instalaciones durante un año a cambio de un bono inicial de 25.000 dólares y un salario mensual que podía alcanzar los 4.000 dólares. Como en otros casos, el precedente de Irak sirvió para disipar las dudas. En Bagdad, los peruanos se dedicaban a trabajos de logística y de vigilancia para el despliegue norteamericano. Nunca hubo problemas, cuentan las familias, por eso cuando los reclutadores comparaban Irak con Rusia, no sonaron las alarmas. Todo parecía un contrato seguro y sin riesgo. Pero la realidad comenzó a aflorar una vez cruzaron la frontera rusa. Antes del viaje, los reclutados recibían instrucciones detalladas para superar los controles migratorios. Debían responder de una forma concreta a las preguntas de los funcionarios, presentar determinada documentación y mantener una versión uniforme durante todo el trayecto. Paralelamente, muchos eran obligados a firmar pagarés supuestamente destinados a cubrir gastos administrativos y de traslado. Según las familias, aquella deuda funcionaba como un mecanismo adicional de control para impedir que abandonaran el proceso. Las rutas que seguían era casi siempre la misma: Una vez en Rusia, el contacto con la realidad fue inmediato. Un operador bilingüe recibía a los recién llegados en Moscú y los guiaba durante los siguientes pasos. En algunos grupos de WhatsApp utilizados por los reclutadores, el último mensaje antes de la llegada consistía en una fotografía de ese intermediario acompañada de una instrucción escueta: «Él los recibe en Moscú. Únicamente con él». Al pisar suelo ruso es cuando llegaban los problemas. Los reclutados eran obligados a firmar un contrato en ruso, sin presencia de ningún traductor donde aceptan, sin saberlo, las condiciones del Ejército ruso. Después, eran enviados a barracones y se les requisaba el móvil o simplemente dejaban de tener internet para poder comunicarse con sus familias. Este 15 de agosto, la misión diplomática rusa en Lima emitió un comunicado en el que aseguraba que «todos los ciudadanos peruanos que firmaron los contratos (…) eran capaces y conscientes de las disposiciones del documento». No es lo que los propios reclutas hicieron saber a sus familias en audios y mensajes. Tras días incomunicados, Pachas, con la que empezamos esta historia, recibió un nuevo mensaje de su hermano: «Mana, acá nos han mentido. Nos están mandando como carne de cañón». La frase llegó a Perú en una llamada telefónica desde Rusia. Su hermano ya había comprendido que no iba a trabajar en una fábrica. Poco después le pidió que reuniera a las familias de otros peruanos para acudir a la Cancillería y denunciar lo que estaba ocurriendo. Los testimonios coinciden en describir un mismo recorrido. Tras llegar al país eran alojados junto a otros extranjeros y posteriormente trasladados a instalaciones militares. Allí recibían entrenamiento en armas, primeros auxilios y manejo de drones, aunque seguían escuchando que su destino final serían labores de vigilancia. Los documentos y declaraciones recopilados por las familias muestran que parte de la instrucción estaba centrada en la lucha contra drones, convertidos en una de las armas más determinantes de la guerra en Ucrania. Los reclutas aprendían a identificar distintos tipos de aparatos utilizados en el frente, a derribarlos con escopetas y armas convencionales y a ejecutar maniobras evasivas ante ataques de drones FPV. También practicaban disparos contra objetivos aéreos desde trincheras, refugios y diferentes posiciones de combate. Fue durante ese entrenamiento cuando empezaron a comprender dónde estaban realmente y también fue cuando las familias comenzaron a pensar que ya no volverían a ver a sus seres queridos. Inés recuerda cómo cambiaron las llamadas de su marido. Al principio hablaba de la comida, del cansancio y de las condiciones del campamento. Después comenzaron a aparecer el miedo y la resignación. La última conversación que mantuvieron todavía la persigue. «Hoy solamente mi vida depende de Dios. Ora bastante para que vuelva con vida». Antes de colgar añadió: «Si me pasa algo, siempre te llevaré en mi corazón». Nunca volvió a comunicarse con él. Nilda recibió una llamada parecida. Su hermano había salido de Perú convencido de que viajaría a Turquía para trabajar en la construcción. Cuando consiguió hablar con ella desde Rusia, el tono era completamente distinto. «Nos hicieron firmar un documento en ruso. Nos entregaron y desaparecieron». Después empezó a describir el frente: cadáveres de compatriotas, ataques constantes con drones y una sensación de abandono permanente. «A los latinoamericanos nos ponen como carne de cañón; primero vamos nosotros y luego los rusos», le aseguró. El joven, según su hermana, resultó herido por la explosión de un dron, fue evacuado a un hospital y posteriormente devuelto al frente. Incluso intentó escapar junto a otro compañero, pero ambos fueron capturados y obligados a regresar a la línea de combate. La historia de Shareley ilustra otro patrón recurrente. Su marido era técnico de aire acondicionado y aceptó una oferta para instalar equipos durante un mes. Nunca había recibido formación militar. Desde Rusia comenzó a enviar mensajes cada vez más preocupantes. «Nada es como yo pensaba». Más tarde llegó la confesión definitiva: «Nos van a mandar sin saber usar un arma». La última vez que hablaron le advirtió de que sería enviado al frente. «Si dejo de escribirte será porque nos mandan al frente. En seis meses podremos salir… si es que no nos matan». Después, desapareció. La madre de Jordano conserva una de las pocas pruebas materiales de todo el proceso. El Ejército ruso llegó a ingresar en la cuenta de su hijo el bono de incorporación y el primer salario prometido. Sin embargo, las restricciones financieras impidieron que ese dinero llegara a Perú. Tras semanas de gestiones solo consiguió recuperar una pequeña parte a través de una intermediaria en España que operaba con criptomonedas. Con el paso de las semanas, Jordano también empezó a mostrar miedo. Contó a su familia que otros reclutas les advertían de que quienes llegaban a primera línea apenas sobrevivían a los ataques con drones. Les dijeron además que desertar podía acarrear penas de prisión y que cualquier intento de huida podía ser castigado por los propios mandos. La última conversación tuvo lugar el 4 de mayo. Ese día explicó que había viajado a Moscú con sus superiores para comprar equipamiento que, además, debían costear ellos mismos. Desde entonces permanece desaparecido. La información posterior llegó gracias a otro peruano de su mismo grupo que resultó herido por un dron. El compañero describió unas condiciones similares a las relatadas por otros combatientes: escasez de comida, amenazas constantes, dificultades para comunicarse con el exterior y la certeza de que, una vez recuperado, sería enviado de nuevo al frente. Más de un año después de que comenzaran los primeros reclutamientos, la incertidumbre sigue siendo la norma. Según el abogado Salinas que representa a varias de las familias, apenas una veintena de peruanos ha conseguido regresar a su país. Hace pocos días se conoció la detención de un presunto reclutador de peruanos para combatir del lado ruso en la guerra contra Ucrania. Muchos de los que pudieron volver a su país de origen recibieron atención psicológica y se niegan a hablar públicamente por miedo. Mientras tanto, cientos de familias continúan buscando respuestas sobre hijos, maridos o hermanos de los que solo conservan una última llamada, un mensaje de despedida o una fotografía enviada desde algún punto desconocido del frente ucraniano. Porque todas las historias terminan pareciéndose. Empiezan con la promesa de un trabajo, continúan con un viaje al otro lado del mundo y acaban, casi siempre, con una frase repetida una y otra vez por quienes lograron llamar a casa antes de desaparecer: «Nos han engañado».
