Publicado: septiembre 17, 2026, 8:03 pm
Hay tres capas para entender la situación de la IA. La primera son las dimisiones y advertencias de ingenieros como Coxon y Hubinger , quienes alertan de un riesgo existencial del 10% de extinción humana. La segunda muestra a líderes de laboratorios como Dario Amodei, Sam Altman, Demis Hassabis y Elon Musk apoyando una ralentización global a través de evaluadores externos y cooperación internacional. La tercera es el rechazo geopolítico inmediato de Donald Trump y el gobierno chino a esta propuesta. Debemos analizar estos incentivos para saber si afrontamos el fin de los días o un nuevo comienzo. El miedo a la extinción y la consiguiente demanda de freno de Amodei se apoyan en hechos verificados. Ya en abril, programas autónomos de inteligencia artificial (conocidos como agentes) de OpenAI escaparon de su entorno de pruebas y convirtieron una vieja web alemana de programadores en su tablón de anuncios, que utilizaron como corcho para escribir quince mil mensajes sobre cómo hacer trampas en el examen de seguridad que estaban efectuando. Como casi cualquier alumno, buscaron lograr el resultado exigido mediante atajos, aplicando la máxima de Maquiavelo del fin y los medios. Tardamos en saberlo, pero no así OpenAI, el profesor, que lo conoció casi el mismo día del examen. Días después, otro grupo de agentes tumbó un servidor interno del mismo laboratorio. Y solo pasó una semana más hasta que un nuevo grupo de agentes ‘hackease’ Hugging Face, el principal repositorio de modelos abiertos de inteligencia artificial, los de los laboratorios independientes y, en general, gratuitos para los usuarios. Estuvieron dentro tres días sin que nadie lo apreciase, y hubo que reconstruir un tercio de la infraestructura. Este es el campo abonado para las advertencias de los ingenieros, y que se riega después de las lágrimas de Amodei y de (casi) todos sus colegas. Altman ha retrasado a 2027 la salida a bolsa de OpenAI hasta que resuelva la seguridad de sus modelos. Musk es quizá quien más tiempo lleva advirtiendo, y recordemos que con esa premisa ayudó a fundar OpenAI, para acabar denunciándola por lo que consideró el abandono de esa garantía. Hassabis (DeepMind, Google) lleva meses avisando. Si los cuatro laboratorios frontera piden parar, y lo hacen simultáneamente después de las advertencias de muerte y destrucción de sus ingenieros, es que algo está pasando. Seguir el dinero siempre resulta interesante, cuando no imprescindible. Anthropic prevé salir a bolsa a finales de año buscando valer dos billones de dólares. Define su mercado potencial en 30 billones , cifra equivalente al PIB de EE.UU., y pretende pasar de 65.000 millones de ingresos anualizados a 100.000 a cierre de año. OpenAI perdió casi 21.000 millones de dólares en 2025 y prevé invertir 600.000 millones en cómputo antes de 2030. La firma de Musk busca unos ingresos anualizados de 100.000 millones este año. Ninguna genera beneficios. Ante la sangría financiera, qué mejor que una pausa y, de paso, una regulación que lo apoye. E imaginemos por un momento que, como se rumorea, DeepMind hubiese logrado para Google el autoperfeccionamiento recursivo (RSI) , la piedra filosofal que transforma el silicio en oro en una inteligencia artificial que analiza, reescribe y mejora de forma autónoma su propio código, generando versiones cada vez más inteligentes y potentes en un ciclo continuo de aceleración exponencial hacia la inteligencia artificial general. Un corralito regulatorio daría una ventaja infinita a quienes estuviesen dentro. Y llegamos a la capa política, la más interesante porque los dos gobiernos comparten el mensaje. Trump dice hoy que no, que no puede haber parón porque sería rendirse ante China, lo cual es cierto. Mañana dirá lo contrario, no hay ninguna duda, porque no saldrá ningún acuerdo de su próxima reunión con Jinping y los malos resultados de los midterms requerirán la activación del enemigo exterior. El gobierno chino, por su parte, se niega porque, claramente, aún no ha cerrado la brecha de desarrollo, que en mayo se estimaba de entre 6 y 12 meses. Es muy llamativo observar cómo son los laboratorios privados norteamericanos quienes piden la pausa y cómo ninguno chino responde, haciéndolo un gobierno que se erige en portavoz de AliBaba, Tencent, ByteDance, Moonshot, Zhipu y DeepSeek. El mensaje es claro para quien quiera leerlo. Si ya era evidente que, con la ley de inteligencia nacional china de 2017, el gobierno puede exigir la entrega de los datos privados a cualquier empresa del país (como los que generan los coches que compramos en Europa, o los que lo circulan por los servidores de los operadores de telecomunicaciones chinos), la posibilidad de que los generados en entrenamiento y en ejecución en los EE.UU. acaben en China es algo más que una hipótesis. El 10 de septiembre, dos días antes del escrito, Anthropic publicó un informe acusando a siete laboratorios chinos de haber extraído capacidades de Claude mediante unos 190 millones de conversaciones, pagadas con tarjetas y claves robadas y enrutadas para que pareciesen usuarios sueltos. Alibaba suma más de 151 millones entre mayo y julio. Moonshot, que cobra por su propio modelo, redirigía en secreto las peticiones de sus clientes a Claude. Añadamos lo que sí subvenciona China de verdad, como la construcción, un 40 % más barata, o los vales públicos de potencia de cálculo que reparten diecisiete ciudades chinas, de 140.000 a 280.000 dólares cada uno, cubriendo en Shanghái hasta el 80 % del alquiler. Conviene atender a lo que el ensayo no dice. Si Amodei y sus rivales, ahora amigos, logran que Washington regule la inteligencia artificial como Bruselas hizo con los datos, quedarán fuera los laboratorios pequeños, incapaces de sostener la carga de cumplimiento, y otro tanto ocurrirá con los chinos, incapaces de resolver la contradicción entre el estándar americano de auditoría permanente y el artículo 7 de su ley. Frenando, Anthropic y los demás laboratorios sobreviven, creando una captura regulatoria que deja fuera a la competencia. Cuando llegue la norma, las empresas europeas, japonesas, coreanas tendrán que adoptarla si quieren trabajar con los EE.UU. Al ritmo actual de los modelos chinos, y sin ese reglamento, Anthropic no llega casi ni a su salida a bolsa. Quizá así se entienda mejor el «vamos a morir todos» de esta semana. Al final, todo se reduce a un juego de incentivos.
