Publicado: septiembre 13, 2026, 11:01 pm

En el periodismo internacional, pocas cosas resultan tan desconcertantes como la capacidad de ciertos medios globales para trivializar tragedias nacionales y vestir de pragmatismo tecnocrático a los arquitectos de la ruina institucional. El perfil publicado por el diario británico The Guardian bajo el título From socialist student to Trump proxy: the 25-year rise of Venezuela’s Delcy Rodríguez representa un ejercicio de blanqueamiento político que un medio comprometido con la verdad como La Patilla, no puede dejar pasar por alto.
Por Rory Branker | La Patilla
Bajo la apariencia de un reportaje de largo aliento, el texto no solo recurre a simplificaciones peligrosas, sino que consolida una narrativa funcional a los intereses de la realpolitik de Washington y a la supervivencia de la cúpula chavista. Lejos de ser un análisis riguroso, funciona como propaganda blanda que diluye la responsabilidad criminal de una de las figuras clave del autoritarismo venezolano.
Ni Hollywood se atrevió a tanto
El primer fallo del artículo es su recurso a un tropo tan trillado como tramposo: el de la joven estudiante humilde que llega al poder por casualidad. Al relatar cómo una Delcy Rodríguez de 32 años actuaba como «productora de campo» improvisada para un equipo de la BBC en abril de 2002, el corresponsal Tom Phillips construye una viñeta costumbrista que humaniza y despoja de sus verdaderas intenciones a quien ya formaba parte de la aristocracia militante del régimen.
Presentarla como una simple observadora casual oculta deliberadamente su condición de heredera de una estirpe radical. Hija de Jorge Antonio Rodríguez (un violento guerrillero de la izquierda por decir lo menos), su ascenso nunca fue un accidente histórico, sino el producto orgánico de una nomenklatura que entendió el Estado como un botín familiar. Al minimizar este linaje bajo anécdotas de pasillo televisivo, el artículo borra el sustrato ideológico y el sectarismo que pavimentaron su carrera.
Sangre en el diván
Otro punto débil de este publirreportaje es su dependencia de testimonios anecdóticos que sustituyen el análisis sociológico por una charla informal y un café. Citar las impresiones de exdiplomáticos sobre si Rodríguez es «divertida», «adicta al trabajo» o dueña de un supuesto «ajedrez en cuatro dimensiones» no aporta valor explicativo; por el contrario, banaliza el sufrimiento de millones de venezolanos.
El uso de la anécdota contada por el exdiplomático estadounidense Tom Shannon es paradigmático. Cuando Rodríguez justifica su desdén por los derechos humanos remitiéndose al trauma por la muerte de su padre, el reportaje le permite utilizar un drama personal como escudo moral. Se le otorga un altavoz a su victimización sin contrastarla con el hecho irrefutable de que fue ella, desde los ministerios de Economía, Petróleo, Relaciones Exteriores y la Vicepresidencia, la encargada de diseñar y ejecutar las políticas que destruyeron el aparato productivo y pulverizaron la vida de demasiados venezolanos.
Entre la espada y la pared
El núcleo del artículo descansa sobre una contradicción insostenible: retratar a Venezuela como un protectorado de Estados Unidos administrado alegremente por una tecnócrata pragmática que ha hecho “el negocio petrolero más grande de la historia” con la administración Trump. Esta visión infantiliza la compleja red de intereses criminales y militares que sostiene al poder en Caracas.
Al atribuir la estabilidad de Rodríguez exclusivamente a un guiño de Washington, el artículo invisibiliza la arquitectura de control interno y la represión sistemática que ella misma ayudó a consolidar junto a su hermano Jorge Rodríguez. Pintarla como una suerte de reformista ilustrada dispuesta a modernizar la economía con benevolencia capitalista es un insulto a la inteligencia de cualquier analista que entienda que el modelo corporativo chavista es incompatible con el estado de derecho.
Desenmascarada
A pesar de sus múltiples concesiones, el texto de The Guardian revela involuntariamente algo crucial: la absoluta falta de principios que define a la cúpula gobernante. El reportaje expone cómo el discurso antiimperialista y la retórica soberanista no son más que utilería dispuesta a ser incinerada en el altar de la supervivencia personal.
Cuando Trump elogia a Rodríguez y ella sella acuerdos petroleros con la venia de la Casa Blanca, queda al desnudo la verdadera naturaleza del régimen: una autocracia pragmática dispuesta a pactar con su supuesto archienemigo con tal de retener las riendas del poder e impedir que una alternativa democrática restituya la justicia en el país.
Publicaciones como las de The Guardian demuestran cómo la fatiga informativa internacional y el cinismo geopolítico pueden convertir a operadores de un sistema fallido en personajes de novela audaces. Para los venezolanos que sufrieron el colapso económico, el exilio y la persecución, leer que una de las principales responsables de esta tragedia es presentada como una gestora brillante resulta inaceptable.
En La Patilla asumimos el deber ético de señalar estas operaciones de relaciones públicas disfrazadas de periodismo. La historia de Venezuela no es el relato de un pragmatismo exitoso bajo la tutela extranjera, sino la crónica trágica de un saqueo institucional perpetrado por élites sin escrúpulos que hoy intentan lavar su imagen en los diarios de Londres mientras el país sigue pagando las consecuencias de su rapacidad.
Participa en nuestra encuesta de la semana
