Publicado: septiembre 12, 2026, 12:02 am

La juventud venezolana comienza a reencontrarse con la política, pero lo hace de una manera distinta a la generación que protagonizó las protestas y movilizaciones de 2017. No se trata, según Samuel Díaz Pulgar, de una juventud indiferente ni desconectada del futuro del país, sino de una generación marcada por la represión, la pandemia, el miedo y la necesidad de protegerse. Aun así, el dirigente de Primero Justicia asegura que percibe nuevamente interés por participar, preguntar y entender qué papel pueden jugar los jóvenes en la transición democrática.
Aquí puedes ver la entrevista en YouTube:
Durante una entrevista para lapatilla.com, Samuel, exdirigente estudiantil de la Universidad Metropolitana (Unimet), hizo un recorrido por su experiencia política desde sus años universitarios hasta su actual militancia partidista, pero buena parte de la conversación estuvo dedicada a una pregunta que atraviesa hoy a Venezuela: ¿cómo lograr que una nueva generación vuelva a creer que participar en política vale la pena?
Para Samuel la respuesta comienza por reconocer lo que han vivido los jóvenes y abandonar cualquier intento de juzgarlos desde la superioridad moral.
“Yo creo que es diferente”, respondió al comparar a los jóvenes de hoy con los de 2017. A su juicio, sería injusto catalogar a una generación como mejor o peor que otra, porque quienes hoy tienen edad para participar políticamente vienen de atravesar una pandemia, las secuelas de las protestas de 2017 y 2019 y, además, la represión posterior a las elecciones de 2024.
Ese contexto, explicó, llevó a muchos jóvenes a alejarse de lo público por razones de seguridad y protección personal. Para algunos, concentrarse en sus estudios, su trabajo o su vida privada fue una manera de encontrar “espacios de respiro” y tratar de llevar una juventud normal en medio de años de inestabilidad.
Pero alejarse no significa necesariamente renunciar.
Samuel sostiene que todavía existe “un interés” y “unas ganas de involucrarse”, aunque muchos jóvenes no saben cómo hacerlo y todavía cargan con miedo, recelo y trauma. Esa diferencia es clave para entender, según el dirigente, por qué la política tradicional no puede limitarse a exigir participación: primero tiene que reconstruir la confianza.
“Creo que el primer paso es empatizar y entenderla”, señaló.
Para él, uno de los errores de quienes hacen política ha sido antagonizar con los ciudadanos que decidieron apartarse o hablarles desde una supuesta superioridad moral. En lugar de reclamarles que no participen, propone entender por qué dejaron de hacerlo y crear puentes para que vuelvan a sentirse parte de las decisiones nacionales.
Uno de esos puentes es el voto.
Samuel explicó que desde antes de las primarias opositoras comenzó a impulsar personalmente la inscripción de jóvenes en el Registro Electoral. Su lógica era sencilla: durante años, millones de venezolanos crecieron escuchando que votar no tenía sentido, que las elecciones no servían o que participar equivalía a legitimar procesos sin garantías.
Ese discurso, repetido durante años, tuvo consecuencias.
Según relató, existe hoy una enorme cantidad de jóvenes que no se encuentran inscritos en el Registro Electoral, además de ciudadanos que se han mudado dentro del país y no han podido actualizar sus datos. Frente a esa realidad, decidió convertir la inscripción en una tarea concreta: acompañar semanalmente a pequeñas cantidades de personas al registro y tratar de producir un efecto multiplicador.
Más que una gran campaña, su apuesta ha sido comenzar por lo básico: explicar, acompañar y demostrar que la participación también puede construirse persona a persona.
Samuel reconoce que la primera pregunta de muchos jóvenes es inevitable: “¿para qué?”. Después de años de frustración política, desconfianza institucional y resultados que no se tradujeron en cambios inmediatos, el dirigente admite que la duda es válida. Sin embargo, sostiene que cualquier futuro proceso electoral requerirá ciudadanos inscritos y preparados para participar.
En su visión, la política debe volver a tener una función pedagógica: explicar qué ha cambiado, cuáles son las victorias alcanzadas, qué falta por conquistar y cuál puede ser el papel de cada ciudadano.
Es precisamente allí donde aparece el rasgo que marcó buena parte de la entrevista: el optimismo de Samuel.
No habla de un optimismo ingenuo. Lo define varias veces como un “optimismo cauteloso”.
El dirigente contó que estuvo exiliado y que regresó a Venezuela hace aproximadamente cinco meses. Su propia experiencia, admite, condiciona la manera en que observa el momento actual. Antes, dijo, no imaginaba la posibilidad de regresar de manera normal al país; ahora puede estar en su casa, ofrecer una entrevista, compartirla públicamente y participar nuevamente en la vida política.
Para él, esos cambios no significan que Venezuela haya completado una transición ni que se hayan alcanzado todas las libertades necesarias. Al contrario, insiste en que todavía quedan conquistas pendientes y reconoce que el proceso ha avanzado más lentamente de lo que muchos esperaban.
Sin embargo, considera que también existe un problema cuando la oposición y la sociedad solo contabilizan derrotas y no reconocen los espacios que se han ganado.
A su juicio, parte de la responsabilidad de los dirigentes políticos consiste en explicar esas pequeñas victorias y utilizarlas para reconstruir la confianza ciudadana. En ese contexto, asegura que percibe una juventud “más ávida de preguntar” y de involucrarse, aunque todavía exista temor por las posibles consecuencias de hacerlo.
Ese interés juvenil, para Samuel, será determinante en la siguiente etapa del país.
Cuando se le preguntó cuál debería ser el papel de los jóvenes en una eventual transición democrática, respondió con una idea directa: “si nosotros no participamos y no decidimos, alguien más lo va a hacer por nosotros”.
Su planteamiento va más allá de votar en una elección.
Samuel considera que la reconstrucción de Venezuela dependerá del involucramiento de la generación que ha vivido en primera persona las últimas décadas de crisis política. Para él, los jóvenes no solo deberán participar en elecciones, partidos, organizaciones ciudadanas o instituciones: también tendrán la responsabilidad de preservar la memoria histórica.
El dirigente teme que, para las futuras generaciones, todo lo ocurrido durante estos años termine reducido a unas páginas en un libro de historia. Por eso sostiene que una tarea central será explicar lo que ocurrió, conservar la memoria de la represión y evitar que el país repita los mismos patrones que hicieron posible la destrucción institucional.
“Yo creo que el rol de los jóvenes es ese: reconstruir el país”, resumió.
Y dentro de esa reconstrucción hay un área que ocupa un lugar especial en sus aspiraciones: la educación.
Samuel confesó que uno de sus sueños es convertirse algún día en ministro de Educación. Ha orientado parte de su formación en políticas públicas hacia ese campo y considera que Venezuela enfrenta el desafío de recuperar generaciones enteras afectadas por el deterioro del sistema educativo.
Su visión de la educación, sin embargo, no se limita a los contenidos académicos.
Durante la conversación habló de nutrición, transporte, acceso a productos de higiene menstrual, servicios básicos, conectividad, participación familiar y escuelas que puedan funcionar como centros comunitarios. Para él, reconstruir la educación significa atender todas las condiciones que determinan si un estudiante puede realmente permanecer en un aula y aprender.
También defendió la necesidad de reconstruir las instituciones, reducir el personalismo en la gestión pública y recuperar la idea de que los cargos deben estar al servicio del ciudadano y no de la promoción individual de un gobernante.
Aunque reconoce tener aspiraciones políticas, aseguró que su prioridad inmediata no es un cargo específico. “Venezuela necesita estadistas”, afirmó, al señalar que el reto actual es estar donde cada dirigente pueda ser más útil.
En su caso, dice que lo que más le preocupa es alcanzar una primera fase de transición mediante una elección presidencial y, a partir de allí, comenzar a reorganizar el Estado y devolver capacidad a las instituciones.
Al final de la conversación, cuando se le preguntó cómo imagina a Venezuela dentro de un año, evitó hacer predicciones tajantes. Pero volvió al punto que había atravesado toda la entrevista.
Se siente optimista.
Su regreso al país después del exilio, la posibilidad de reencontrarse con su familia, sus tradiciones y su actividad política, y lo que considera una reconfiguración del poder en Venezuela lo llevan a observar el escenario desde “el vaso medio lleno”.
Pero su optimismo viene acompañado de una exigencia: el liderazgo debe predicar con el ejemplo.
“No podemos pedir a la gente que haga algo si nosotros mismos no lo estamos haciendo”, sostuvo.
Esa frase resume, quizás, la idea central de su mensaje a una generación que durante años aprendió a protegerse alejándose de la política. Samuel cree que los jóvenes están comenzando nuevamente a mirar hacia lo público, a preguntar, a inscribirse, a involucrarse y a imaginar qué país quieren construir.
No asegura que el miedo haya desaparecido. Tampoco que el camino esté resuelto.
Lo que sí dice percibir es algo que durante mucho tiempo pareció escaso: ganas de volver a participar.
Y para Samuel ese puede ser uno de los primeros signos de que Venezuela comienza a imaginar nuevamente su futuro.
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