Publicado: septiembre 9, 2026, 12:31 am
Este lunes, los turistas que llegaron al Campo de Marte con su entrada reservada, su móvil en ristre y esa paciencia un tanto díscola que requiere la visita a cualquier monumento célebre encontraron las puertas cerradas, porque los trabajadores de la Torre Eiffel estaban en huelga. Dos días antes, durante la visita privada de un centenar de miembros de una organización religiosa hindú, varias empleadas habían sido apartadas de sus puestos o sustituidas por hombres. Debido a las peticiones de sus huéspedes, la empresa gestora aceptó organizar el recorrido con limitadas o nulas interacciones de los visitantes con las trabajadoras. Pidieron disculpas después, ante el evidente malestar que esa decisión había generado, y sobre todo por la imposibilidad de que un cierre de la Torre pasara inadvertido.
No son las convicciones de aquellos visitantes lo que me preocupan. Que cada cual pacte su relación con Dios, con el cuerpo y el sexo contrario como le plazca. Puede decidir que no tocará a una mujer, que no le hablará, que no la mirará. Lo que no resulta tolerable es que, para cumplir sus propias reglas, imponga que seamos nosotras las que nos quitemos de en medio.
Europa lleva años tropezando con esa misma piedra, desde el momento en el que confundimos el respeto a las diferencias con acomodarse a ellas; cuando la cortesía, la tradición o las formas exigen que alguien retroceda un par de casillas ya sabemos de antemano quién lo hará. Hemos exaltado de tal manera las costumbres que el respeto que merecen se ha impuesto sobre los derechos. La tolerancia, ese tesoro del que presume Occidente, funciona precisamente porque alza límites. Una sociedad libre permite rezar, creer, vestir, comer y amar de maneras muy distintas, pero se traiciona a sí misma si proporciona figurantes para que esas convicciones resulten más cómodas. La libertad religiosa garantiza que nadie deba renunciar a sus creencias, pero no implica que los demás deban colaborar con ellas.
Por eso lo más interesante de esta historia es que se ha resuelto abajo, en las oficinas de los trabajadores y con su sindicato, sin ministros, tertulianos, ni una mesa de ocho expertos. Los compañeros de aquellas mujeres entendieron que si ellas sobraban, sobraban todos. Los turistas del lunes se quedaron sin la misma fotografía que millones de personas atesoran en sus móviles, pero a cambio contemplaron la infrecuente estampa de una sociedad que recordó por unas horas que no todo está sujeto a negociación.
Y París se quedó sin torre.
