Publicado: julio 15, 2026, 6:30 pm
Hay noches en las que Magaluf parece una ciudad costera inglesa trasladada al Mediterráneo. Y otras en las que el silencio pesa más que la música de los pubs. La derrota de Inglaterra frente a Argentina en las semifinales del Mundial dejó una imagen poco habitual en el principal enclave británico de Mallorca : miles de turistas abandonando los bares cabizbajos y el sueño de volver a conquistar un Mundial aplazado, una vez más. Desde primeras horas de la tarde, el ambiente había sido el de las grandes ocasiones. Camisetas de Harry Kane y Jude Bellingham, banderas de San Jorge convertidas en capas y terrazas completamente abarrotadas anticipaban una noche histórica. En Magaluf Square y los numerosos sports bars del centro turístico era prácticamente imposible encontrar una mesa libre. Muchos aficionados habían reservado con días de antelación para no perderse una semifinal que enfrentaba a dos de las selecciones con mayor rivalidad de la historia de los Mundiales. Porque no era un partido cualquiera. Inglaterra y Argentina llegaban con décadas de cuentas pendientes sobre el césped. Cinco enfrentamientos mundialistas precedían al de este miércoles, incluidos el inolvidable México 1986 de la «Mano de Dios» y el «Gol del Siglo» de Diego Maradona, un encuentro que buena parte de la sociedad argentina interpretó como una revancha deportiva tras la guerra de las Malvinas. Pero en Magaluf, antes del pitido inicial, la política parecía no existir. Lo único que se escuchaba era el inconfundible Football’s Coming Home , repetido una y otra vez entre brindis, pintas de cerveza y un optimismo contagioso. El partido fue una montaña rusa de emociones para los seguidores británicos. Empezaron optimistas con los primeros minutos de su selección. Hasta el descanso todo seguía igual que al principio, pero los británicos mantenían el optimismo, que estalló cuando llegó el gol de Gordon al principio de la segunda parte. Celebración por todo lo alto, con vasos volando y euforia desatada. Pero cuando más felices se lo prometían los ‘Three Lions’ , la noche empezó a torcerse. Primero llegó el empate a cinco minutos del descuento, tras varios avisos argentinos que habían bajado los decibelios de la afición británica. Y cuando muchos parecían conformarse con la prórroga, el tanto de Lautaro provocó un funeral, confirmado con el pitido final. Los cánticos desaparecieron de golpe. Las pantallas gigantes mostraban la celebración argentina mientras en las terrazas apenas se escuchaban conversaciones resignadas y algún aplauso aislado de reconocimiento al esfuerzo de los suyos. Muchos aficionados permanecieron inmóviles durante varios minutos antes de levantarse lentamente y abandonar los locales. Los teléfonos móviles que durante toda la noche habían grabado el ambiente festivo ya no retransmitían celebraciones, sino mensajes de consuelo. Algunos turistas optaron por marcharse directamente hacia sus hoteles. Otros intentaron ahogar la decepción prolongando la noche entre copas, aunque con un ambiente muy distinto al que se respiraba apenas unas horas antes. Durante unos minutos, Magaluf dejó de ser el epicentro de la euforia británica para convertirse en el reflejo de una afición acostumbrada a convivir con la frustración mundialista. El «Football’s Coming Home» , que había sonado con fuerza durante toda la tarde, terminó apagándose entre el murmullo de miles de aficionados que, una vez más, tendrán que seguir esperando para ver regresar el trofeo que abandonó Inglaterra hace ya seis décadas.
