Publicado: julio 12, 2026, 5:00 pm
“El síntoma aparece en la persona, pero muchas de sus causas pertenecen al sistema.”
La ansiedad no siempre llega haciendo ruido. A veces se levanta antes que nosotros/as, revisa el teléfono, calcula la quincena, anticipa una enfermedad, imagina una pérdida, repasa una conversación pendiente y organiza el día alrededor de aquello que podría salir mal.
Se sienta en la mesa familiar sin ser invitada. Viaja en el transporte público. Entra a la junta del consejo. Acompaña a quien abre temprano su negocio sin saber cuánto venderá. Se esconde detrás de la persona ejecutiva que solicita otro reporte porque teme perder el control y de quien acepta una carga adicional porque no sabe decir que no. También habita en la madre que intenta preverlo todo, en el padre que calla para no parecer frágil y en la persona joven que compara su existencia con vidas editadas para una pantalla.
No toda ansiedad enferma. Existe una ansiedad necesaria, capaz de advertirnos sobre el peligro, prepararnos ante una dificultad y movilizar nuestros recursos internos o técnicamente entendidos como herramientas de afrontamiento bio psicosociales. La Organización Mundial de la Salud distingue esa respuesta humana del trastorno de ansiedad, donde el miedo y la preocupación se vuelven excesivos, persistentes y capaces de deteriorar la vida cotidiana. Conviene cuidar esa diferencia. Una encuesta poblacional puede identificar indicios; solo una valoración profesional puede establecer un diagnóstico.
El problema no es sentir ansiedad. El problema aparece cuando la ansiedad se vuelve el principio organizador de la existencia.
Entonces dejamos de decidir desde nuestros valores esenciales y comenzamos a reaccionar desde nuestros temores o mecanismos de defensa. Confundimos previsión con control, responsabilidad con sobrecarga, disciplina con rigidez, velocidad con inteligencia y productividad con realización, dirección con autoritarismo. La vida deja de ser vivida y empieza a ser administrada como una sucesión de riesgos.
México no tiene solamente personas ansiosas. Tiene familias, empresas, comunidades e instituciones atrapadas, en distintos grados, dentro de una incertidumbre crónica. Ese es el problema profundo que debemos mirar.
No nos sentimos seguros ni siquiera dentro de nosotros/as mismos/as
El Módulo de Bienestar Autorreportado 2025 del INEGI encontró indicios de ansiedad en 21.3% de la población adulta urbana. Entre las mujeres, la proporción alcanzó 25.9%, frente a 15.8% entre los hombres. Aproximadamente una de cada cinco personas adultas urbanas, y una de cada cuatro mujeres, manifestó señales que ameritan atención y comprensión. El mismo levantamiento registró indicios de depresión y desolación en 10.5% de la población.
La cifra es suficientemente seria para evitar dos errores. El primero sería convertirla en una etiqueta clínica aplicada indiscriminadamente. El segundo, considerarla una suma de fragilidades privadas sin relación con la forma en que estamos viviendo.
La ansiedad se manifiesta en la persona, pero no siempre comienza en ella.
Puede nacer en una historia de abandono, violencia o pérdida. También en un empleo incierto, una deuda impagable, una jornada sin descanso, un hogar sostenido por una sola persona, la inseguridad de la calle, la enfermedad que no sabemos cómo pagar o la sensación persistente de que ninguna institución llegará cuando la necesitemos.
Por eso no basta preguntar qué le ocurre a alguien. También debemos preguntar qué está ocurriendo a su alrededor.
Steve Cuss, autor contemporáneo sobre ansiedad y liderazgo, propone observar cómo la ansiedad propia se mezcla con la del sistema. Murray Bowen, pionero de la mirada familiar sistémica, comprendió que las emociones circulan entre quienes conviven. Una familia puede organizarse alrededor del miedo sin pronunciar jamás la palabra ansiedad. Un integrante sobreprotege, otro controla, alguien se distancia y una hija o un hijo termina cargando el síntoma que el sistema completo no sabe nombrar.
Carl Rogers, psicólogo humanista, permitiría añadir otra dimensión. Cuando la distancia entre quien soy y quien creo que debo aparentar se vuelve demasiado grande, aparece la incongruencia. La persona sonríe, cumple y funciona, mientras por dentro siente que su vida ya no le pertenece. Se acostumbra a agradar, a responder expectativas y a parecer fuerte. Hasta que el cuerpo, el sueño o el ánimo comienzan a mostrar aquello que la conducta intentaba ocultar.
¿Estamos formando personas capaces de habitarse con conciencia o personas entrenadas para parecer funcionales mientras se abandonan por dentro?
La pregunta no busca disminuir la responsabilidad individual. Al contrario. Hacerse cargo de sí implica reconocer lo que sentimos, pedir ayuda cuando corresponde, cuidar el cuerpo, revisar hábitos, establecer límites, ordenar las finanzas, cultivar vínculos y dejar de descargar sobre otras personas aquello que no hemos querido mirar.
Sin embargo, la responsabilidad personal no debe convertirse en la coartada perfecta para absolver a los sistemas.
No podemos pedir serenidad ilimitada a quien vive bajo amenaza permanente. Tampoco podemos enseñar respiración consciente y devolver a la persona a una cultura familiar, laboral o institucional que continúa asfixiándola.
La familia absorbe el miedo que el país no sabe contener
La familia mexicana continúa siendo refugio, memoria, mesa compartida, pertenencia y cuidado. Pero sería ingenuo idealizarla. También puede ser silencio, sobreprotección, machismo, control, deuda emocional, violencia y repetición de temores heredados.
Una familia ansiosa puede amar profundamente y, aún así, hacer daño.
La madre que resuelve todo puede impedir que sus hijas e hijos desarrollen recursos propios. El padre que se endurece para sostener a la familia puede volverse inaccesible. La pareja que teme perder a otra persona puede convertir el amor en vigilancia. Las personas adultas que no regulan su incertidumbre pueden transformar a niñas y niños en observadores permanentes del estado emocional de la casa y tomar la responsabilidad del padre o la madre, o ambos, que no le corresponde.
La ansiedad se aprende antes de comprenderse
También se distribuye de manera desigual. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 mostró que las mujeres dedicaron 21.5 horas semanales más que los hombres al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario. Ellas destinaron alrededor de 39.7 horas semanales y ellos 18.2. No es posible afirmar que esa brecha explique por sí sola la diferencia de ansiedad entre mujeres y hombres, pero sí revela una estructura de anticipación y cuidado que recae desproporcionadamente sobre ellas.
Cuidar implica recordar citas, prever alimentos, acompañar enfermedades, ordenar horarios, contener emociones, resolver necesidades escolares y mantener en movimiento una vida doméstica que rara vez aparece completa en las cuentas económicas. Cuando una persona debe pensar permanentemente por todas las demás, su mente difícilmente encuentra descanso.
¿Puede llamarse ética del cuidado a un sistema familiar que descansa sobre el agotamiento silencioso de quien cuida?
No. México feminiza el cuidado y masculiniza el privilegio.
Cuidar no es sustituir. Tampoco controlar, sobreproteger ni hacerse indispensable. Cuidar es estar disponible sin invadir; escuchar sin humillar; acompañar sin apropiarse del destino ajeno; ofrecer soporte para que la otra persona recupere autonomía. Cuidar no es delegar la responsabilidad o corresponsabilidad propia. Hacer lo último transfiere ansiedad.
La educación familiar necesita enseñar precisamente eso. No eliminar toda incertidumbre, sino desarrollar recursos para atravesarla, como la resiliencia compartida. No criar desde el miedo a lo que podría ocurrir, sino desde la confianza en aquello que hijas e hijos pueden aprender a enfrentar, dialogar y resolver en conjunto.
La educación sigue siendo nuestra verdadera reforma social. No una educación dogmática que pide obediencia sin criterio ni una escolaridad reducida a competencias para el mercado. Hablo de aprender a pensar, dialogar, reparar, poner límites, cuidar, disentir, descansar, amar y hacerse responsable de la propia existencia.
Una familia que no permite nombrar el miedo produce personas que terminan expresándolo como control, irritabilidad, aislamiento o compulsión.
Una familia que escucha puede transformar la ansiedad en conciencia.
Cuando el miedo se vuelve cultura, la otredad parece una amenaza
La ansiedad mexicana tampoco puede separarse de la experiencia cotidiana de inseguridad.
La ENVIPE 2025 estimó que 75.6% de la población adulta consideraba inseguro vivir en su entidad federativa. Durante 2024 hubo 23.1 millones de personas adultas víctimas de algún delito y 29% de los hogares tuvo al menos una víctima. De los 33.5 millones de delitos estimados, 93.2% no se denunció o no dio lugar al inicio de una investigación.
Estos datos no describen únicamente delitos. Describen una pedagogía-andragogía social del miedo.
Aprendemos a cambiar rutas, horarios y costumbres. Enseñamos a niñas y niños a desconfiar. Miramos a quien no conocemos como posible amenaza. Dejamos de ocupar el espacio público, de conversar con desconocidos y de sentir la calle como una extensión de la comunidad.
Cuando alguien considera posible ser dañado y, además, improbable recibir una respuesta institucional efectiva, aparece una ansiedad particular: la indefensión.
No solo tememos que algo ocurra. Tememos estar solos cuando ocurra.
Esa sensación erosiona el capital social. Nos replegamos hacia el círculo íntimo, protegemos lo propio y dejamos de cuidar lo común. Así crece una mexicanidad cálida dentro de la familia y defensiva fuera de ella. Nos abrazamos con quienes conocemos, pero sospechamos de quien comparte la banqueta.
Martin Buber, filósofo del encuentro, comprendió que la vida humana se empobrece cuando dejamos de relacionarnos con el otro como un “Tú” y comenzamos a tratarlo como un “Eso”: expediente, cliente, empleado, votante, consumidor, adversario o número. Quizá, hasta enemigo.
La tecnología amplifica esa reducción cuando sustituye la presencia por la exposición. Nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y tan poca disposición para escuchar. Opinamos antes de comprender, reaccionamos antes de verificar y encontramos refugio en comunidades digitales que confirman nuestras certezas mientras convierten la diferencia en provocación.
La ansiedad necesita enemigos porque el enemigo simplifica el mundo. La conciencia, en cambio, tolera la complejidad.
¿Puede una sociedad recuperar la paz si sus conversaciones públicas están diseñadas para producir indignación, miedo y adhesiones automáticas?
No, la compulsión del consumo de contenido mediático está provocando miedo, desconfianza y ansiedad sistémica.
El despertar no está en entregar el criterio a un algoritmo, una ideología, una religión, una personalidad pública o un liderazgo mesiánico… a un dogma. Está en razonar la existencia, revisar lo aprendido y ejercer una adultez lúcida. Cuestionar lo que hemos normalizado no significa vivir sin convicciones. Significa evitar que nuestras convicciones sean utilizadas para impedirnos pensar.
El anonimato colectivo también puede volverse una forma de autoritarismo social. Nadie se reconoce responsable, pero todas y todos participamos en la violencia de la descalificación, la indiferencia o el silencio. Nadie dice querer un país fragmentado, aunque demasiadas conductas privadas alimenten la fractura pública.
Una economía ansiosa convierte el futuro en amenaza
La incertidumbre también se instala en la cartera.
La Encuesta Nacional sobre Salud Financiera 2023, elaborada por INEGI y Condusef, encontró que solo 17.8% de la población adulta alcanzaba un nivel alto de bienestar financiero. En contraste, 36.9% presentaba estrés financiero alto, 48.4% temía que sus deudas se acumularan y la mitad se ubicaba en niveles medio bajo o bajo de bienestar financiero.
No son cifras contables. Son noches sin dormir, discusiones de pareja, consultas médicas postergadas, hijos cuya educación preocupa, personas mayores sin certeza sobre su retiro y pequeños negocios que viven al día.
La ansiedad económica no siempre es irracional. Cuando el ingreso apenas alcanza para el presente, el futuro se vuelve una amenaza perfectamente comprensible.
Por eso debemos tener cuidado con cierta narrativa de la autosuficiencia. La educación financiera es necesaria. Presupuestar, ahorrar, asegurarse y prever riesgos son formas responsables de autocuidado. Pero no toda precariedad se resuelve administrando mejor un ingreso insuficiente. Hay problemas personales y hay problemas estructurales. Confundirlos puede convertir la injusticia en vergüenza privada.
Al mismo tiempo, el mercado ha aprendido a lucrar con nuestra sensación de insuficiencia. Primero nos compara; después nos vende la solución. Promete que el siguiente objeto, cargo, viaje, cuerpo, dispositivo o reconocimiento nos permitirá sentir que finalmente hemos llegado.
Nunca llegamos.
La novedad dura poco y la ansiedad regresa. En ocasiones acompañada de deuda.
No critico el consumo necesario ni el disfrute. La economía requiere intercambio, innovación y aspiraciones. Critico la colonización de la identidad por un mercado que necesita convencernos de que siempre falta algo para ser suficientes .Critico el extractivismo capitalista inconsciente del impacto negativo en el tejido social y en la persona misma.
Hemos convertido el rendimiento-capitalista en una religión sin descanso, la agenda saturada en símbolo de importancia y la disponibilidad permanente en prueba de compromiso. Trabajamos para tener una vida que, por estar trabajando, ya no tenemos tiempo de vivir.
¿Puede llamarse prosperidad a una economía que aumenta su producción mientras disminuye el tiempo, la salud, la armonía y la capacidad de realización de su gente?
No mientras prioricemos los bienes materiales degradables: dinero, productos, inmuebles, acciones de empresa, en lugar de los bienes inmensurables no degradables: el diálogo, la convivencia armónica, el compromiso, la paz y el amor… el futuro será incierto siempre.
Desde el Humanismo Mexicano Regenerativo, prosperar implica más que generar ingreso. Significa distribuir capacidades: educación, tiempo vital, salud integral, estabilidad, oportunidad de desarrollo familiar, pertenencia y posibilidad real de futuro.
La rentabilidad es necesaria para la continuidad empresarial.
La prosperidad es necesaria para su legitimidad humana.
La ansiedad de quien lidera termina organizando a toda la empresa
La empresa no es ajena a esta conversación. Es uno de sus espacios centrales.
Edwin Friedman, estudioso del liderazgo en sistemas emocionales, observó que las organizaciones ansiosas pierden capacidad para pensar. Buscan soluciones rápidas, castigan la diferencia, se obsesionan con reducir la incomodidad y permiten que las personas más reactivas marquen el ritmo colectivo.
Steve Cuss lleva esa idea a una advertencia concreta. Cuando quien lidera no identifica su ansiedad, el sistema termina organizándose para administrársela.
Lo he observado en familias empresarias, consejos y equipos ejecutivos. La ansiedad puede disfrazarse de excelencia. Aparece como microgestión, exceso de reportes, cambios constantes de prioridad, concentración de decisiones, intolerancia al error, reuniones interminables y necesidad compulsiva de saberlo todo.
Nos hemos convertido en empresas mexicanas ansiosas. Es ansiedad estructural.
Quien dirige teme perder el control y aumenta la vigilancia. El equipo percibe desconfianza y deja de tomar iniciativa. La disminución de autonomía confirma al líder que nadie puede resolver sin su intervención. Así se cierra el círculo.
Con el tiempo, las personas aprenden qué es lo que tranquiliza a la autoridad. Entonces ya no presentan la realidad completa; presentan la versión que reduce su ansiedad. Surge una empresa aparentemente alineada, pero intelectualmente debilitada: todos saben algo que nadie se atreve a decir.
¿La manera en que lideramos ayuda a que las personas piensen mejor o las obliga a administrar nuestro miedo?
La presencia no ansiosa de la que habla Friedman no significa vivir sin preocupación. Significa impedir que nuestra inquietud gobierne las decisiones colectivas. Quien lidera con madurez puede permanecer conectado sin fusionarse, escuchar sin absorber, sostener la tensión sin precipitarse y comunicar incertidumbre sin contagiar pánico.
No siempre podemos ofrecer buenas noticias. Sí podemos ofrecer claridad. Y la claridad también es cuidado, es consideración humana.
Cumplir con la NOM-035 -que obliga a las empresas a identificar, analizar y prevenir factores de riesgo psicosocial (estrés, violencia laboral, burnout) y fomentar un entorno organizacional favorable- es indispensable, pero aplicar cuestionarios no transforma por sí mismo una cultura. Una empresa comprometida con la salud mental revisa cargas, jornadas, ambigüedad de funciones, violencia, reconocimiento, autonomía, seguridad psicológica y formación de quienes ejercen autoridad. También ofrece canales confidenciales de apoyo y respeta que el diagnóstico pertenece a profesionales de la salud.
No se trata de convertir a la empresa en consultorio ni a la jefatura en terapeuta. Se trata de comprender que toda empresa es primero una comunidad humana y después una estructura productiva.
La empresa familiar mexicana posee una capacidad todavía mayor. En ella coinciden trabajo, patrimonio, amor, identidad, poder y memoria. Puede transmitir ansiedad entre generaciones, pero también puede regenerar vínculos. Una sucesión dialogada, un consejo profesional, un protocolo familiar, un salario digno, una junta donde no se humilla y una conversación difícil sostenida con respeto son decisiones económicas, educativas y cívicas, una herencia simbólica comunicada con respeto al proyecto de vida de cada integrante al tiempo y madurez de cada quien, hace toda la diferencia de un futuro ansioso a un futuro en concordia.
Cada empresa familiar es una pequeña república, insisto. Ahí se aprende si la autoridad sirve o domina; si el patrimonio une o somete; si la siguiente generación se prepara o solamente hereda; si el trabajo dignifica o consume; si la persona es reconocida como humanidad con historia o reducida al ello. Cada empresa puede ser una plataforma de desarrollo humano o un coliseo romano.
¿Qué pasaría si el empresariado mexicano asumiera que también educa ciudadanía?
Regenerar no es enseñar a soportar mejor lo insoportable
La ansiedad no debe ser romantizada. Tampoco convertida en maestra obligatoria de quien ya se encuentra agotado. Cuando deteriora la vida, requiere atención profesional, oportuna, accesible y sin estigma.
Pero también puede ser una señal. Nos muestra qué estamos dejando de cuidar a otras personas y el nuestro vínculo con el cuerpo. Dejamos de cuidar la relación con el tiempo y su valor existencial, la conversación familiar. La seguridad económica. La confianza comunitaria. Hemos dejado de cuidar la dignidad en el trabajo y la credibilidad de las instituciones.
Ya no sabemos desarrollar la capacidad de encontrar sentido más allá del consumo y el desempeño.
Mi propuesta no consiste únicamente en regular la ansiedad. Consiste en transformar la incertidumbre en conciencia compartida.
Bowen ayuda a mirar el sistema. Rogers devuelve a la persona su congruencia. Buber restaura el encuentro. Friedman forma a quien puede liderar sin propagar el miedo. Cuss enseña a reconocer la ansiedad propia y ajena.
El Humanismo Mexicano Regenerativo integra esas miradas y añade una responsabilidad política: no basta con reparar a quien manifiesta el síntoma; debemos regenerar las condiciones que lo producen.
La dignidad impide reducir a alguien a su diagnóstico, la disposición permite escuchar lo que el malestar revela, la conciencia distingue entre amenaza real, miedo aprendido y contagio sistémico y la responsabilidad exige actuar sobre uno mismo sin abandonar la transformación de lo común.
Todo empieza por una misma o por uno mismo, pero nada verdaderamente humano termina ahí.
El primer sector debe construir seguridad, salud, educación, justicia y reglas confiables. El segundo debe producir riqueza sin consumir la vida que la hace posible. El tercer sector debe acompañar, innovar, exigir rendición de cuentas y llegar donde las estructuras todavía no alcanzan. La inteligencia colectiva e inversión social consciente no sustituye derechos ni políticas públicas; contribuye a traducir los esfuerzos colaborativos y reconstruir capacidades y comunidad.
México no necesita liderazgos que finjan serenidad mientras administran miedo. Necesita personas diferenciadas, autónomas, conscientes y responsables, capaces de sostener la incertidumbre sin convertirla en autoritarismo, compulsión o abandono.
Te propongo tres acciones concretas.
La primera es interior. Observa qué ocurre contigo cuando aparece la incertidumbre. ¿Controlas, huyes, compras, trabajas de más, te aíslas, tensas el ambiente, complaces o agredes? No para juzgarte, sino para recuperar la libertad de responder de otra manera.
La segunda es relacional. Pregunta en tu familia o equipo qué comportamientos aumentan innecesariamente la ansiedad y cuáles producen claridad. Escucha la respuesta sin defenderte. A veces la transformación comienza cuando dejamos de explicar nuestra intención y atendemos nuestro impacto.
La tercera es sistémica. Si lideras una empresa, una institución o una comunidad, revisa qué incertidumbres puedes reducir mediante información, reglas claras, remuneración digna, desarrollo, participación, límites y cuidado. No prometas certeza absoluta. Construye confianza suficiente para atravesar juntos lo que no puede garantizarse.
¿Y si la ansiedad que hoy sientes no fuera únicamente tuya, sino el reflejo de un sistema que entre todas y todos hemos aprendido a normalizar?
Entonces la salida no consistirá solamente en respirar mejor dentro del mismo sistema. Consistirá en regenerarlo.
Un país que reconoce su miedo puede recuperar claridad. Un país que recupera claridad puede volver a dialogar. Un país que dialoga puede reconstruir confianza. Un país que confía puede cooperar. Y un país que coopera puede crear prosperidad con justicia, cuidado y dignidad.
México no necesita personas eficientes por fuera y asustadas por dentro. Necesita familias capaces de conversar, empresas que eduquen, instituciones que lleguen a tiempo y ciudadanía dispuesta a hacerse cargo de sí sin abandonar a la otredad. Necesita civismo regenerativo.
La ansiedad puede habitar a una persona. La paz, en cambio, siempre se construye entre personas.
Esta labor comienza en el liderazgo propio y se vuelve país cuando la practicamos en comunidad. De esto seguiremos conversando, desde la salud, el liderazgo, la familia, el trabajo y la sociedad, en nuestro espacio radiofónico Liderazgo, Salud y Sociedad, los martes y jueves de 15:00 a 16:00 horas por Radio Fórmula en la 1470 AM y 1230 para Guadalajara y Monterrey o en plataformas digitales. Pensar bien. Decidir mejor. Vivir mejor. Convivir mejor. Y, ante la incertidumbre, aprender a cuidar mejor.
Una mexicanidad en paz podrá ser soberana. Si continúa gobernada por la ansiedad, su futuro difícilmente será digno.
- El autor es doctor en Desarrollo Humano por la Universidad Motolinía del Pedregal; Maestro en Desarrollo Humano por la Universidad Iberoamericana; Master Ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico por IE Business School y Licenciado en Comunicación Gráfica. Es desarrollista humano, empresario, docente y consejero sistémico.
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