Sufrimiento y gloria en el restaurante favorito de Messi: «Esto es fútbol, hermano» - Venezuela
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Sufrimiento y gloria en el restaurante favorito de Messi: «Esto es fútbol, hermano»

Publicado: julio 12, 2026, 6:30 am

Donde le gusta ir a comer a Lionel Messi apenas se puede ver fútbol. Quizá tenga sentido. En los salones de Café Prima Pasta, en North Beach, en el Miami más argentino, no hay televisores que muestren qué pasa en Atlanta. Allí al norte, en Georgia, Argentina se juega contra Suiza su pase a la semifinal . Aquí al sur, en la punta de la Florida, en el estadio de Miami, a media hora de este restaurante, Inglaterra le ha batido a Noruega hace poco más de una hora. Bellingham y el resto han cumplido con su parte de conseguir la semifinal soñada, Inglaterra-Argentina, cuarenta años después de la ‘mano de Dios’ y la cabalgada galáctica de Maradona en el estadio Azteca. No hay teles en esos salones, repletos de fotos de famosos que han pasado por ahí. Pero sí en la barra. Dos pantallas pequeñas que muestran un 1-0 a favor de Argentina, el gol de Mac Allister. Alrededor se juntan un puñado de habituales, mezclados con camareros, cocineros -la mayoría, argentinos- y el jefe de sala, Fabio, italiano de Nápoles, maradoniano ante todo. El sonido de la narración de Telemundo se escucha suave. No es un ambiente futbolero. Sobre todo para los estándares argentinos de barra brava, banderazo y cántico continuo. Pero es el más futbolero de los lugares porque es el restaurante favorito del que mejor ha jugado a la pelota. Miami es la ciudad de Messi, donde vive desde 2023. No tardó en caer en Prima Pasta, un restaurante emblemático de la comunidad argentina y de toda la zona norte de Miami Beach. Ha vuelto y revuelto desde entonces. Su familia -su mujer, sus hijos, sus hermanos, sus padres- lo visitan a menudo. «Con el Mundial ha sido una locura tremenda», cuenta a este periódico Gerardo Zea, el dueño del negocio. «Tuvimos que desconectar el teléfono y las reservas, la gente llamaba y decía que quería sentarse en la mesa de Messi». Zea habla con ABC antes del partido, porque su plan era viajar a Atlanta a seguir a la albiceleste, como ha estado haciendo durante todo el Mundial. Es futbolero y suda argentinidad. Pero no quiere que el Mundial cambie su restaurante. «Sería mucho lío», dice, imaginándose sus mesas elegantes saltando por los aires con un cabezazo al palo del Cuti Romero . Pero la falta de pantalla gigante no evita el ambiente de fútbol. Aquí vino Tagliafico a cenar el día que Argentina sufrió para echar a Cabo Verde en los dieciseisavos de final. Al día siguiente, visitaron las parejas de varios jugadores de la albiceleste. La primera vez que Messi pasó por aquí pidió ‘agnolotti’ (una especie de ravioli) de espinacas rellenos de queso con salsa de tomate. «Los volvió a pedir hace poco», dice Zea. «También le gusta la pasta con marisco, la entraña…». Siguiendo el ejemplo de ‘la Pulga’, llegan los ‘agnolotti’ a la única esquina de la barra en la que había un hueco. Antes del segundo bocado, empata Suiza. Se escucha el tintineo de los cubiertos en un silencio tan grueso que se puede untar en el pan. Otra noche de sufrimiento para Argentina. Una de las dos teles está en una pared tatuada de fotos. En una está Zea con Messi en una de las salas. En otra, Michael Jordan con Henry Villar, el argentino que maneja el bar. Lleva camiseta de Messi y, a estas alturas, ya ha salido del bar y muerde de forma literal la madera soñando con un gol que evite la prórroga. «El fútbol es así, hermano», dice. «Es impredecible, es lo que lo hace bonito». Todos los ojos están puestos en el parroquiano de Prima Pasta que ahora conduce la pelota en Atlanta. «Vamos, Messi, carajo», se escucha. Pero esta vez el de Rosario no encuentra solución y nos vamos a la prórroga. Pasan las once y media de la noche y las salas del restaurante están ya vacías. Solo queda el partido en los dos televisores, con la gente que da de comer a Messi de vez en cuando sin mover un músculo, con los ojos pegados a la pantalla. Zea tiene una relación vieja con la comida y el Mundial. «En el de 1986 yo ya estaba en EE.UU., en Nueva York, mi padre había montado un restaurante. En los partidos sacaba una parrilla a la calle, hizo récord con los choripanes», recuerda. Para el anterior Mundial en EE.UU., el de 1994, Zea ya tenía Prima Pasta y por aquí pasaron Valderrama, el ‘maradona’ colombiano, o Leonardo ‘Negro’ Astrada, leyenda de River Plate y de Argentina. Con un hombre menos desde la segunda parte, Suiza sufre. Pero el asedio de Argentina es infructuoso. A quien llegó justo antes de que marcara Suiza le invitan a cambiar de sitio en la barra . «Por la cábala», se justifican. Por fin Julián Álvarez clava un derechazo espectacular a la escuadra. Se desparrama la barra de Prima Pasta como una botella de champán. «¡’Golaso’, papá!», «¡vamos, carajo!», «¡vamos, la concha de la lora!». Henry, el barman, se sube a la barra. Se canta ya como en la cancha. Cae el tercero, de Lautaro Martínez , y se acuerdan del rival que viene, en una semifinal explosiva: «¡Todo el que no salta es un inglés!». Corren los ‘limoncello’ y los abrazos. «Qué tremendo sufrimiento, pero qué lindo», resume Henry, 24 años detrás de esta barra. Fuera, el barrio argentino se llena de bocinazos, de banderas albicelestes. Argentina ha vuelto a sobrevivir, y no hay mejor sabor de boca que ese en el restaurante favorito de Messi.

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