Publicado: julio 5, 2026, 1:00 pm

Mariano Chaluleu
En Playa Grande, a pocos metros de lo que alguna vez supo ser el Hotel Marriot de La Guaira, lo que más impacta se ve, y también se huele.
Por Mariano Chaluleu | La Nación
El barbijo no alcanza. Apenas ayuda a filtrar un aire espeso, el olor a los cuerpos en descomposición, que se mete igual por los costados. Después de unos minutos, el olor deja de ser una sorpresa y pasa a convertirse en algo constante. Va y viene, pero no se termina de ir. Acompaña cada paso por las calles de la ciudad más castigada por el terremoto.
Durante el sábado, LA NACION recorrió la zona del desastre junto a un grupo de voluntarios venezolanos que abastece con alimentos y artículos esenciales a las iglesias que quedan “abajo”, como le dicen aquí a la zona de La Guaira, que está cerca del mar.

El viaje desde Caracas hacia abajo dura unos 50 minutos y atraviesa distintos paisajes. A medida que uno se acerca a la costa, se ven barrios enteros donde el paisaje parece suspendido en el instante exacto en que la tierra decidió moverse.
Hay edificios que siguen de pie, pero son pocos. Otros quedaron abiertos como si alguien les hubiera arrancado una pared de un solo tirón, dejando dormitorios, cocinas y comedores expuestos a la calle.

Desde afuera se ven camas todavía tendidas, placares abiertos, juguetes infantiles, fotos familiares y cuadros que continúan colgados en una pared que ya no pertenece a ninguna casa. El terremoto convirtió la vida privada de miles de familias en un escenario a cielo abierto.
En algunos sectores, las construcciones no colapsaron hacia abajo sino hacia un costado. Las paredes quedaron apiladas unas sobre otras como un mazo de cartas que alguien dejó caer sobre el piso. Entre bloques de hormigón asoman caños, hierros retorcidos y fragmentos de escaleras.
Edificios mutilados
Frente al mar, un edificio de varios pisos permanece mutilado sobre el borde del acantilado. “Es un medio edificio”, dice uno de los voluntarios. Al lado, lo que parecía ser un hotel tenía una pileta que quedó desplomada hacia el vacío.
En medio de esta trágica geografía aparecen señales que hablan de quienes ya no están. Sobre una enorme pared negra, alguien escribió con pintura blanca: “Samara te amamos”. Un mensaje dirigido a una persona que nunca volverá a leerlo.
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