Publicado: julio 1, 2026, 7:00 am

La familia Hernández ha visto todos los álbumes de cadáveres que se han armado desde el 24 de junio, cuando dos potentes terremotos sacudieron Venezuela. Ha recorrido las morgues de La Guaira y la de Caracas, también hospitales y refugios. “Los que pensábamos que podían ser, no son, porque ya los retiraron sus familias”, dice Elide Hernández, que busca a su sobrina que falleció con tres personas de su familia. “Yo no puedo asegurar que sea mi sobrina “, comentó al salir del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses, ubicado en la capital.
Por Florantonia Singer / elpais.com
En la principal morgue del país se ha dispuesto una larga hilera de sillas para quienes esperan encontrar a sus familiares o finalmente llevarse sus cuerpos para comenzar a cerrar un capítulo tras largas jornadas sobre escombros. Hay café y té. Un servicio de atención psicológica. Carros funerarios dispuestos para salir a hacer los servicios de entierro y cremación. Algunas empresas los ofrecen de forma gratuita, también se han creado fondos entre compañías aseguradoras para cubrir los servicios funerarios de las víctimas de la que puede ser la mayor tragedia vivida en Venezuela en los últimos 20 años. Los trámites se han agilizado. Pero parece que nada será suficiente. El coordinador residente de Naciones Unidas en Venezuela, Gianluca Rampolla, ha informado que traerán 10.000 bolsas negras para cadáveres para apoyar en la emergencia.
Otra tía que espera respuestas es Yamileth Hernández. Por teléfono pregunta señas del tatuaje que se había hecho en la cintura Eudis Cisneros, embarazada de siete meses, la esposa de su sobrino César Flores. En la morgue le piden más detalles para reconocerla. Ellos fallecieron en el edificio Oasis Beach de Catia La Mar. Entre los cuerpos, muchos están abombados o aplastados, algunos incompletos, casi todos en avanzado estado de descomposición por las horas que pasaron bajo los escombros y un sol que ha sido implacable estos días, cuentan los familiares.

“Uno tiene que ver los suyos y los de los demás”, dice Yusbely Hernández, visiblemente afectada por la tarea del reconocimiento. No ha encontrado a su hermana todavía. Pero los vecinos dicen que la sacaron muerta junto con el esposo. En esta familia también fallecieron la hija de la pareja y el abuelo. Sobre estos últimos no tienen ni pistas. La familia ha anotado números de identificación de cuerpos con algún parecido entre los que han mirado en La Guaira, en los dos hospitales que están atendiendo heridos, en una morgue improvisada en las instalaciones del puerto, y ahora en Caracas. El Gobierno ha confirmado 1.943 fallecidos en el último reporte, de este martes. Pero dudan. Todavía hay mucha gente bajo escombros de la que no se sabe si podrán sacar.
“Mi esposo estaba desconsolado porque decía que él conocía a nuestra sobrina desde que nació y ahora no podía reconocerla”, dice Elide desde la morgue y se le salen las lágrimas. Sus familiares murieron en la OPP 33, un edificio del programa gubernamental Misión Vivienda. “En la morgue me dijeron que en algún momento en la morgue van a tener que empezar a enterrarlos en fosas comunes, porque empieza a ser un problema sanitario”, agrega. Les toca esperar que de alguna forma puedan hacer el reconocimiento con los cadáveres que están buscando.
Algunos cuerpos han sido reconocidos a través de dactiloscopia, otros por evaluación antropológica de las dentaduras. Así fue como Esmeralda Gómez pudo identificar a sus tíos Seistres Yaguaranay, de 48, y Jacqueline Parra, de 41. Vivían en uno de los barrios informales de Petare —donde los daños han sido mínimos—, pero el 24 de junio estaban trabajando en la limpieza de un apartamento desocupado en el edificio Obelisco, en Altamira, Caracas. Los lograron sacar el domingo, cuatro días después del doble terremoto. “Ayer se pudo hacer el reconocimiento por los dientes. Estaban muy descompuestos”, dice la sobrina. La familia se volcó a mover piedras. Lo primero que encontraron fue la cartera con los documentos de él. Así supieron que ya no estaban desaparecidos. Dejaron cuatro hijos huérfanos. “Como madre me siento mal por la mía y por los de todos que han muerto”, comenta María del Carmen Parra, que viajó desde el estado Mérida, en el occidente de Venezuela, para buscar a Jacqueline.
“Estamos en paz porque pudimos traer los cuerpos”, dice Millán Hernández, que sacó con sus propias manos a sus dos sobrinas, de 16 y 5 años, y el padre de estas. Hasta la madrugada de este martes estuvieron en la faena. Más de 14 horas de trabajo tomó sacar el último cadáver que trasladaron en Caracas, donde aseguraron que podían garantizarle refrigeración. La familia viene de Maracay y movilizó carpas, taladros inalámbricos, una antena Starlink y una planta eléctrica. “Montamos un comando”, cuenta el joven, que es funcionario policial. “Desde ahí también coordinamos la ayuda para todas las personas del edificio”.
En algún momento se cruzaron con rescatistas estadounidenses que ayudaron a terminar de armar un túnel en el centro del edificio desplomado para sacar a sus familiares. Este es uno de tantos comando-familia que se han visto todos estos días en las zonas afectadas buscando sobrevivientes y cuerpos, frente a funcionarios de seguridad desbordados o indiferentes.
Millán recorrió más de 100 kilómetros en motocicleta para llegar a la zona del desastre en las primeras horas aunque con la dirección equivocada. “Me habían dicho que ellos vivían en el edificio Villa Mar y llegué a ese. Al final era Vista Mar, pero al menos en el primero que fui saqué a dos personas vivas”, dice con el rostro cansado, conectado a unos puntos de recarga para teléfonos que se han instalado en la morgue. Ahora le dicen topo. Primos, hermanos, nietos están juntos a punto de terminar una extenuante jornada de casi una semana. Esperan los tres cadáveres de los suyos para hacer el viaje de regreso a Maracay.

