Publicado: junio 27, 2026, 6:30 pm
Es imposible encontrar a algún neoyorquino o algún turista en la Gran Manzana -seguro que habrá algún amargo- que mire con malos ojos que Nueva York/Nueva Jersey sea la sede de la final del Mundial el próximo 19 de julio. Suena ideal celebrar la gran fiesta del fútbol en el escenario más emblemático de EE.UU., con ‘banderazos’ entre las luces de Times Square, en la ciudad que se considera la capital global, donde se hablan todos los idiomas del planeta, la sede de la ONU, a la sombra de sus rascacielos, con el faro de la antorcha de la Estatua de la Libertad… Algunos lo ven de otra manera. Y no solo porque la final, en realidad, se disputará en un paraje desolado, entre las marismas contaminadas y edificios industriales de Nueva Jersey, donde está el estadio, al otro lado del río Hudson. Sobre todo, porque podría haber mejores opciones para una gran cita como la final que el estadio MetLife, que durante el mundial se ha rebautizado como estadio Nueva York/Nueva Jersey. Desde el césped hasta el impacto del clima, el Mundial ha abierto el debate sobre el escenario de la final. Para empezar, no es un estadio que levante pasiones. Se inauguró en 2010 y tiene un aspecto anodino, dominado por el cemento, con unos anillos interiores descuidados, sucios, sin la pátina de los viejos estadios ni el glamur de los más modernos. El MetLife no está entre las maravillas arquitectónicas que se han podido disfrutar durante el Mundial, desde el espectacular SoFi Stadium de Los Ángeles, al estadio-volcán de las Chivas de Guadalajara o el propio escenario de dos de los partidos de España en la fase clasificatoria, el Mercedes-Benz de Atlanta. A los grandes protagonistas, sin embargo, les preocupa otra cosa: el verde. El estado del césped del estadio Nueva York/Nueva Jersey ha agitado el debate sobre el escenario de la final. Este sábado, durante la disputa del Inglaterra-Panamá, se podían ver manchas de yerbín desgastado, por todo el terreno de juego, donde el verde se transformaba en marrón claro. No es la alfombra perfecta que uno esperaría para el día en el que el mundo tendrá sus ojos puestos en ella. No es solo algo estético. Ya ha habido jugadores y entrenadores que se han quejado por el estado del terreno de juego durante la fase de grupos. Es una nueva versión del ‘síndrome de Xavi Hernández’, el gran centrocampista de España y del FC Barcelona, que siempre encontraba problemas en el césped cuando las cosas iban mal. Pero en este caso, las protestas vienen de todo tipo de jugadores, de los duros y de los vistosos. «El césped estaba… es que no sé ni si lo llamaría así», reaccionó el centrocampista Adrian Rabiot tras el triunfo de Francia contra Senegal. «Parece más césped artificial, duro y rígido». Su entrenador, Didier Deschamps, advirtió de que el terreno «parece tener cemento debajo» y «afectó mucho a los músculos» de sus jugadores. El césped de Nueva York/Nueva Jersey también puede afectar a un juego vistoso. Vinícius , que se estrenó aquí en el Brasil-Marruecos- advirtió que con el calor «el césped se seca muy rápido y el juego acaba siendo muy lento». «Queremos mover el balón rápido y esto afecta a nuestro juego», dijo el delantero madridista, en una queja a la que se podría sumar España si los de Luis de la Fuente llegan a la final. La noticia esperanzadora es que no habrá ningún partido aquí desde el partido de octavos de final del 5 de julio hasta la final del 19 de julio. Los operarios tendrán tiempo para tratar de mejorarlo al máximo. Algunos miran al piso y otros miran al cielo: las condiciones climatológicas podrían deslucir la gran final. Este sábado, por ejemplo, llovió con intensidad antes del partido de Inglaterra. Más allá de algunos palcos VIP y una parte reducida de la grada intermedia, los 80.000 espectadores que acoge el estadio verán la final a la intemperie. Tendrán que hacerlo con chubasqueros, porque la FIFA prohíbe los paraguas. Todavía será peor si la lluvia viene acompañada de tormenta. En ese caso, la normativa estadounidense impone la suspensión del partido. Si cae un rayo en un radio de 13 kilómetros, se para el encuentro durante treinta minutos. Jugadores a vestuarios y espectadores a los anillos interiores del estadio. El retraso se puede extender sin límite: el contador de treinta minutos se pone a cero si cae un nuevo rayo. Las tormentas son menos habituales en julio que en junio en esta zona, pero tampoco son infrecuentes. Durante el Mundial, ya se retrasó un partido en Filadelfia y estuvo cerca de repetirse en Nueva York: la tormenta llegó justo después del Noruega-Senegal. Con tantos problemas, la pregunta ha sido: ¿no se podría haber colocado la final en otra sede? Esa pregunta se la hizo la FIFA. De hecho, hubo una batalla tremenda entre la opción más atractiva, Nueva York, y la que quizá tenía más sentido: Dallas. El estadio de la ciudad texana ha cosechado parabienes en lo que va de Mundial. Es la casa de los célebres Cowboys de la NFL, una maravilla arquitectónica con techo retractable -lo que evita cualquier problema de tormentas, de lluvia o de calor- y con capacidad para más de 90.000 personas. Su césped está impecable y solo ha recibido halagos de los equipos. Las autoridades de Texas y Dallas, así como el conocido dueño de los Cowboys, Jerry Jones, hicieron todo lo posible para conseguir albergar la final. Se tuvieron que contentar con premios de consolación: Dallas es la ciudad que más partidos celebra -nueve, frente a los ocho de Nueva York/Nueva Jersey- y acogerá también dos partidos de dieciseisavos, otro de octavos y una semifinal. Pero la FIFA acabó apostando por el símbolo, por Nueva York: ojalá que ni el cielo ni el césped hagan mala la apuesta.
