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¿De verdad tu pareja tiene que hacerte feliz?

Publicado: junio 3, 2026, 2:00 am

Nos han vendido una idea del amor y de las relaciones muy concreta. Y la hemos comprado totalmente. Y cómo no comprarla cuando el cine, la música y los mitos del amor romántico nos han grabado a fuego la idea de que nuestra pareja tiene que hacernos felices.

Fruto de esa idea tan insertada en nuestro ‘mindset’, empezamos a depositar ciertas expectativas sobre la pareja y esperamos que se cumplan. Esas expectativas suelen construirse alrededor de la idea que tenemos de lo que debe ser una relación de pareja, y lo que yo creo que la otra persona debería darme, sí o sí. En resumen, la relación se acaba convirtiendo en una especie de carta a los Reyes Magos que tiene el objetivo de que todos mis deseos y necesidades se vean cubiertos.

La cuestión es que esto no lo solemos admitir. Ni siquiera nos lo planteamos. Únicamente creemos que empezamos una relación porque nos hemos enamorado de esa persona y lo demás, ya vendrá solo. El tipo de amor que hemos asociado a las relaciones de pareja, nada tiene que ver con el Amor (con mayúscula). El Amor es plenamente consciente de que mi pareja no tiene, en ningún caso, la obligación de hacerme feliz.

Ahora bien, después de haber leído esta última frase, puedes autoevaluar la idea de amor que aplicas a tu relación de pareja. En otras palabras, te estoy invitando a que, en un gesto de honestidad contigo mismo, puedas ver si has sido presa del concepto de amor que usa expresiones del tipo: «quiero hacerte feliz el resto de mi vida». Si la respuesta es sí… tranquilidad, no nos alarmemos. Es lo más habitual.

Hay algo muy importante que conviene entender sobre las relaciones de pareja: gran parte de lo que sentimos que nos faltó emocionalmente en la infancia solemos acabar buscándolo en la pareja, incluso sin ser conscientes de ello. Afirma Joan Garriga, uno de los grandes referentes en el ámbito de las relaciones y la terapia sistémica, que «el encuentro en la pareja no es un encuentro de dos, sino de muchos».

Y quizá esa frase explica más cosas de las que parece. Porque cuando entramos en una relación no llegamos vacíos. Llegamos con nuestra historia, nuestras heridas, y todo aquello que nos faltó en nuestro hogar de origen.

La infancia, clave en nuestras relaciones

Así, por ejemplo, alguien que creció sintiendo distancia emocional por parte de uno de sus progenitores, o de los dos, puede acabar esperando, sin darse cuenta, que su pareja le dé constantemente esa atención, esa validación o esa presencia emocional que echó de menos durante años. Y ahí la relación deja de ser solo un vínculo entre dos personas. También se convierte en el lugar donde intentamos resolver necesidades mucho más antiguas. Porque hay una gran diferencia entre compartir bienestar con alguien y esperar que alguien nos rescate del malestar.

Llegados a este punto, quizá lo importante sea tener claro qué pertenece a una relación sana y qué cosas estamos esperando que la otra persona resuelva por nosotros. En una relación sana las dos personas se relacionan desde la interdependencia. Es decir, dos individuos autónomos, con sus propias vivencias y crecimiento interno.

Esa individualidad bien entendida será la que aporte a la relación los elementos importantes que esta debería tener. Así, la relación se convierte en un espacio de crecimiento mutuo donde las personas pueden sostenerse, acompañarse y compartir la vida sin perderse a sí mismas. No desde la exigencia de que el otro calme constantemente mis inseguridades o vacíos, sino desde la libertad de poder elegirnos sin convertirnos en responsables absolutos del bienestar emocional del otro. Porque una relación sana puede dar amor, apoyo, intimidad y refugio emocional en determinados momentos. Pero lo que no puede hacer es sustituir el trabajo interno que cada persona necesita hacer consigo misma.

Hay una pregunta muy clarificadora que debería ser imprescindible antes de formar una pareja: ¿me escogería a mí como pareja? Si la respuesta es ‘no’, quizá antes de buscar amor afuera deberíamos empezar por construir una relación más sana con nosotros mismos.

Convertirnos primero en «el amor de nuestra vida» y no ir a la relación para sentirnos completos a través del otro. Porque compartir la vida con alguien puede hacernos profundamente felices. Pero difícilmente podremos construir una relación sana cuando esperamos que ella venga a salvarnos de nosotros mismos.

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