Publicado: mayo 31, 2026, 7:30 pm
Hay un factor espontáneo e imprevisible en la vida colectiva de los pueblos, y también, como dijo Lenin, “hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas”. Es lo que ocurrió en varios de los países del norte de África y del Oriente Próximo en los primeros meses de 2011 —en lo que pasara a la historia aunque con muchos detractores por su postrero balance— como la Primavera Árabe.
La llama se prendió en un pueblo del centro de Túnez, Sidi Bouzid, donde un vendedor de fruta, Mohamed Bouazizi, se inmoló para protestar ante las autoridades locales por las continuas trabas burocráticas y administrativas que asfixiaban su negocio. Fue un 17 de diciembre de 2010, y, sin saberlo, con su muerte, el joven, casualidades o causalidades mediante, estaba inaugurando la Primavera Árabe. La frustración de la juventud regional ante regímenes autoritarios incapaces de ofrecerles oportunidades de futuro derivó en una oleada de protestas que atravesó esta parte del mundo —desde Casablanca a Damasco pasando por Túnez y El Cairo— con la exigencia suprema del respeto a la dignidad (karama) y eslóganes como Pan, libertad y justicia social.
Transcurridos más de 15 años y dado que gran parte de las razones estructurales —por no decir todas— que empujaron a los jóvenes —y después a otros sectores de la sociedad— a pedir cambios profundos siguen donde estaban, ¿puede esperarse una nueva oleada de protestas a escala regional lideradas ahora por la denominada Generación Z?
Los datos del conjunto de la región reflejan unas realidades políticas, económicas y sociales tan alarmantes como en 2010-2011 que pueden resumirse en una alta proporción de población juvenil con escasas oportunidades de futuro. Por ejemplo, según datos de la Organización Mundial del Trabajo, el desempleo juvenil supera el 24% de media en la región MENA (siglas en inglés de Oriente Medio y Norte de África).
Políticamente, a pesar de los cambios de régimen que se produjeron en la ola de aquellas protestas —y la celebración de elecciones democráticas libres en algunos casos—, el autoritarismo ha regresado con fuerza a la región, como ejemplifican los casos de Túnez y Egipto, los dos grandes centros de la revuelta, tras ver caer largas dictaduras como las de Zine el Abidine Ben Ali y Hosni Mubarak.
El autoritarismo ha regresado a la región, como ejemplifican los casos de Túnez y Egipto, los dos grandes centros de la revuelta
De manera general, y asumiendo la diversidad y particularidad de las realidades de la región, porque enormes son las diferencias entre Marruecos y Siria, entre Libia y Túnez, entre Líbano y Siria, por no hablar de otros Estados no árabes como Irán —que comenzó el año registrando fuertes protestas contra sus autoridades impulsadas por el deterioro de la situación económica—, los expertos son cautos sobre las posibilidades de una repetición a corto y medio plazo de un escenario semejante al de comienzos de 2011, pero dejan claro que el malestar existe, y las protestas nunca desaparecieron. Y apuntan a los cambios geopolíticos experimentados por la región en los últimos años —con las guerras de Gaza e Irán— como factores decisivos en el moldeamiento de las opiniones públicas domésticas. Y, en fin, lo imprevisible y espontáneo nunca puede subestimarse, como demuestra lo ocurrido hace ya más de tres lustros.
Así, la profesora de Relaciones Internacionales de la UNED Beatriz Tomé recuerda a 20minutos que las protestas “no han desaparecido, sino que se han ido sectorializando. Son protestas periféricas”. “El malestar social continúa, agravado por crisis que se van sucediendo y no se solucionan, del covid-19 al problema ambiental, crisis que siguen latentes”, explica la investigadora especializada en Marruecos. Además, Tomé hace hincapié en que “las cuestiones internacionales han preocupado a los gobiernos de la región porque han funcionado como catalizadores de protestas” e insta a tener presente las consecuencias de crisis actuales como la palestina o iraní en el seno de las sociedades de Oriente Medio y el norte de África.
“En principio, veo difícil una nueva edición de las revueltas en la región con el volumen que tuvieron al comienzo de la década pasada. Creo que, con las guerras de Gaza e Irán y su sucesivo proceso de regionalización, se ha acelerado el incremento del presupuesto de defensa en los países de la zona y, así como pueden ser usados para disuadir a enemigos externos, también pueden ser usados contra eventuales rivales domésticos”, asegura, por su parte, a 20minutos el director del núcleo de Estudios de Medio Oriente de la Universidad Austral (Argentina) Said Chaya.
“A eso se suma que los conflictos han aglutinado a la población en algunos casos y en otros el gobierno los ha silenciado como una forma de exhibir una suerte de ‘cohesión nacional’. Esto tampoco colabora con un mayor movimentismo en la sociedad civil. Ello no quita que existan países que, dada la riqueza de situaciones en la región, puedan en efecto atravesar rebeliones, pero no tengo la impresión de que se trate de un fenómeno regional”, añade el investigador y profesor de Análisis Internacional.
Un análisis semejante hace el arabista y profesor del departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Sevilla Emilio González Ferrin, que recuerda que en la región “la gente ha pasado del sentimiento que incitó las Primaveras Árabes, que era ‘nuestro dictador es un pelele, nadie lo apoya fuera, sufrimos para nada, nos lo quitamos de enmedio y viva el pueblo’, al sentimiento del ‘mundo está claramente enfocado a que Israel es el demonio y EE UU lo va a estar financiando’”.
“Por lo tanto, hay un salto nacionalista que va a apoyar cualquier líder carismático que plante cara. El fenómeno de Pedro Sánchez diciendo ‘basta’ pudiéndoselo permitir desde España lleva a cualquier líder regional, como Erdogan, a apretar filas nacionalistas concentrado en que el enemigo viene de fuera”, explica el islamólogo.
El fenómeno de Sánchez diciendo ‘basta’ pudiéndoselo permitir desde España lleva a cualquier líder regional, como Erdogan, a apretar filas nacionalistas concentrado en que el enemigo viene de fuera
“La fortaleza envuelta en dureza de Irán y la similar de Turquía son dos modelos que, muy probablemente muevan, a unos nacionalismos muy interesantes. Evidentemente, Israel, y la gente se ha cansado de ellos, como se ha visto cuando Irán ha respondido, se ha equivocado; no puedes herir a un oso: o lo matas de verdad o no lo haces. No han contado con una serie de variables que nos van a llevar a una nueva guerra fría en Oriente Medio, y las guerras frías no permiten que los pueblos se levanten”, concluye González Ferrin a este medio.
Irán: protestas, represión y guerra
Lejano y cercano a la vez de sus vecinos de Oriente Medio, Irán sorprendió —más de tres años después de la irrupción del movimiento Mujer, Vida, Libertad— en el cambio del año con el estallido de multitudinarias protestas antigubernamentales. Unas movilizaciones que comenzaron en torno a los comerciantes del Gran Bazar de Teherán —hartos de los pequeños márgenes de beneficio en su actividad económica, pero que pronto adquirieron dimensiones de impugnación general del régimen instaurado en 1979.
Las autoridades iraníes utilizaron el libreto de otras ocasiones para contenerlas y acabar disolviéndolas: detenciones masivas y fuego directo contra los promotores y manifestantes. Las cifras de arrestados y fallecidos —además de ejecutados tras juicios sumarísimos— varían según los balances de gobierno y ONGs, pero se cuentan por miles según los cálculos más prudentes. Después, a finales de febrero —hace tres meses— llegó la operación bélica estadounidense e israelí contra la élite política y militar de la República Islámica, la cual alejó definitivamente —por ahora— a la desencantada juventud iraní de la calle persa tras haber pagado el más alto de los precios en enero.
Sobre la posibilidad de que el fin de la guerra —las partes siguen resistiéndose a anunciar el acuerdo final— permita a los sectores más descontentos con la deriva política y económica de la realidad iraní volver a echarse a la calle, el historiador iraní Ehsan Rahimi asegura que “más que preguntarse si Irán entrará en un nuevo ciclo de protestas tras la guerra, la cuestión relevante es observar cómo evolucionará la relación entre presión social, expectativas económicas y capacidad institucional”.
“Los indicadores actuales muestran un escenario delicado: el FMI prevé para 2026 una contracción económica significativa y una inflación cercana al 70%, mientras que la depreciación continuada del rial y el aumento sostenido del coste de vida siguen reduciendo el poder adquisitivo de amplios sectores de la población”, admite el investigador vinculado a la Universidad de Alicante.
“Desde una perspectiva cercana a los trabajos del politólogo estadounidense Ronald Inglehart, los periodos prolongados de inseguridad económica suelen modificar las prioridades sociales y aumentar la sensibilidad colectiva frente al deterioro de las condiciones materiales. Al mismo tiempo, la erosión de la confianza institucional y del capital social puede generar una creciente distancia entre sociedad y estructuras políticas, incluso cuando no se traduce inmediatamente en movilización visible. Sin embargo, la estabilidad de un sistema no depende únicamente del nivel de descontento existente, sino de la capacidad del Estado para administrar tensiones, mantener cohesión institucional y limitar la transformación del malestar social en acción colectiva sostenida”, reflexiona el especialista en Irán.
“En consecuencia, el escenario más probable no parece ser una ruptura inmediata, sino una situación de tensión estructural prolongada: una sociedad sometida a una presión económica persistente y unas instituciones que continúan reforzando sus mecanismos de control y adaptación. La historia reciente de Irán demuestra que las sociedades reaccionan cuando las dificultades económicas se prolongan durante largos periodos; sin embargo, la forma concreta que adopta esa reacción depende siempre del equilibrio entre expectativas sociales, condiciones materiales y capacidad estatal para gestionar el descontento”, concluye Rahimi a 20minutos.
Marruecos: la Generación Z reclama la calle
Antes de Irán, el país vecino, Marruecos, fue uno de los últimos Estados de la región en registrar protestas masivas contra la situación de la sanidad y la educación pública y la corrupción. Fue en el otoño pasado y la lideró la Generación Z: miles de jóvenes salieron a las calles en más de 17 provincias marroquíes para exigir reformas estructurales entre finales de septiembre y mediados de diciembre del año pasado. El detonante de la protesta fue la indignación causada por la muerte de varias mujeres embarazadas por falta de atención en el hospital Hassan I de Agadir, lo que evidenció la precaria situación de los servicios públicos frente a las grandes inversiones estatales para la Copa Mundial de Fútbol 2030.
A diferencia de movimientos tradicionales, la del otoño pasado fue una revuelta descentralizada e hiperconectada. Jóvenes de entre 18 y 28 años se organizaron mediante plataformas digitales como Discord, Instagram y TikTok para coordinar manifestaciones pacíficas. Combinando una fuerte ola de detenciones y represión -y presentando el movimiento como una serie de algaradas y actos vandálicos-, el desgaste y la falta de organización de los manifestantes, y la intervención directa de la monarquía prometiendo reformas sociales para aplacar el descontento -como ya hiciera en la primavera de 2011 al prometer reformas constitucionales de calado– Marruecos lograba semanas después desactivar la protesta. Hasta hoy, y sin que en el país norteafricano se hayan producido grandes reformas económicas y sociales.
Túnez: principio y fin. ¿Y vuelta a empezar?
Y de Marruecos a su vecino norteafricano y cuna de la Primavera Árabe: Túnez. El pequeño Estado magrebí, que fuera la esperanza democrática de África y el mundo árabe a comienzos de la pasada década y de nuevo gobernado de forma autoritaria por su presidente constitucional, Kais Saied, tras su autogolpe de julio de 2021, volvía a registrar a mediados de este mes una serie de protestas antigubernamentales —con números exiguos, eso sí— en las calles de su capital.
A pesar de que en pocos meses el actual mandatario fue capaz de desmontar el andamiaje democrático construido tras la revuelta que derrocó a Ben Ali, las movilizaciones de este mes —como las que se han venido produciendo en los últimos años— tienen un marcado carácter económico y social. Se protesta por el encarecimiento generalizado del coste de la vida y se piden respuestas urgentes frente al desempleo, la falta de inversión y las sucesivas crisis sociales: un indicativo —válido para Túnez pero también para otras zonas de la región— de que, si bien la cuestión material seguirá movilizando a los tunecinos, la motivación democrática ha perdido irremisiblemente atractivo y fuelle.
