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Llevo meses usando una freidora de aire de cristal: lo mejor no es cocinar, es todo lo que pasa después

Publicado: mayo 31, 2026, 12:30 pm

Las freidoras de aire han pasado de ser un capricho de cocina a convertirse en uno de esos aparatos que mucha gente tiene ya en casa. No han sustituido a la sartén, ni al horno, ni a la olla de toda la vida, pero sí se han colado en nuestras rutinas. Según el Informe de Consumo Alimentario en España 2024, representan el 4 % de las preparaciones de alimentos en el hogar. No es una cifra enorme, pero sí suficiente para confirmar algo que se ve en cualquier conversación de oficina, grupo de WhatsApp o vídeo de recetas: la air fryer ha encontrado su sitio.

Yo he sido bastante escéptica con este tipo de electrodomésticos. No porque no les vea utilidad, sino porque la cocina no es infinita. Y porque hay algo que todos sabemos: si un pequeño electrodoméstico (o cualquier dispositivo en general) acaba dentro de un armario, lo más probable es que lo uses dos veces y desaparezca de tu vida. Da igual que prometa cocinar más sano, más rápido o más limpio. Si da pereza sacarlo, montarlo y limpiarlo, está perdido.

Con la Ninja CRISPi me ha pasado algo distinto. Llevo meses usando el modelo original, la freidora de aire de cristal que Ninja lanzó en España en 2025, y creo que su mayor virtud no está exactamente en cómo fríe con aire, sino en cómo resuelve algunas pequeñas molestias del día a día. No todas, desde luego. Pero sí unas cuantas.

La CRISPi original llegó con una idea bastante llamativa: cambiar el cajón opaco típico de muchas freidoras de aire por recipientes de cristal. No es la única marca que lo propone, pero sí ha sido de las primeras en introducir el concepto en España. Incluye uno pequeño de 1,4 litros y otro más grande de 3,8 litros, y funciona con un módulo superior, el PowerPod, que se coloca encima del recipiente para cocinar con aire caliente.

La primera ventaja es obvia: ves la comida mientras se hace. Puede parecer una tontería, pero no lo es tanto. En una freidora de aire convencional metes el cajón y cocinas un poco a ciegas. Aquí ves si las patatas se están dorando, si el pollo necesita unos minutos más o si aquello que has metido medio improvisado va por buen camino.

Tiene algo de mirar el horno que conecta con ‘lo de antes’ y, sobre todo, hace que cocinar sea un poco más intuitivo. No tienes que abrir tantas veces para comprobar qué está pasando.

Pero para mí lo más interesante no es eso. Lo más práctico de la CRISPi es que el recipiente deja de ser solo ‘la cubeta de la freidora’. Es un recipiente de cristal que puedes sacar, llevar a la mesa, dejar enfriar, tapar y guardar en la nevera. Sin cambiar la comida a otro táper. Sin manchar más de la cuenta. Sin ese trasvase absurdo que siempre parece poca cosa, pero que en el día a día acaba importando.

Y ahí es donde creo que Ninja acierta al resolver un problema muy concreto: cocinar algo rápido y que todo lo que viene después dé menos pereza.

La americanización de la cocina también va de esto

Hay un contexto más amplio que me interesa mucho. En España seguimos teniendo una cultura muy de fuego, sartén, olla, horno y comida hecha con paciencia. La cocina tradicional no desaparece porque llegue una freidora de aire.

Pero al mismo tiempo nuestras cocinas se están pareciendo cada vez más a las de los catálogos estadounidenses. Open concept, islas, electrodomésticos a la vista, cafeteras enormes, robots, tostadoras con mil funciones y aparatos que prometen solucionarte una parte concreta de la rutina. Queremos cocinas grandes, bonitas y despejadas, pero las llenamos de máquinas.

Y ahí está la contradicción. Una freidora de aire puede ser comodísima, pero ocupa. Si es pequeña, se queda corta para una familia. Si es grande, te conquista media encimera. Y si la guardas, probablemente no la uses.

Por eso me parece interesante la CRISPi original. No porque sea revolucionaria, que es una palabra que se usa demasiado alegremente y, muchas veces, completamente vacía, sino porque intenta ser menos aparatosa dentro de una categoría que suele pecar justo de eso. Se desmonta fácil, se limpia sin drama y los recipientes tienen vida más allá del aparato. Eso ayuda mucho a que no parezca otro trasto más.

Lo que me ha gustado después de meses de uso

Me gusta ver la comida mientras se cocina. Me gusta más de lo que pensaba. No cambia el sabor, claro, pero sí cambia la sensación de control. Ves el proceso y eso, en una freidora de aire, tiene bastante sentido.

Me gusta también que los recipientes sean de cristal. No solo por una cuestión estética o de materiales, sino porque se integran mejor en la cocina real. No es lo mismo sacar una cubeta negra de freidora que sacar un recipiente que puedes tapar y guardar.

Y me gusta especialmentesu sistema de tapas. Es una de esas ideas simples que funcionan. Cocinas unas verduras, unas patatas, un poco de pollo… dejas que se temple y a la nevera. Para sobras, raciones pequeñas o comidas de diario, es muy cómodo.

También tiene un punto portátil, aunque conviene no exagerarlo. No es un aparato para meter en una mochila, pero sí es el típico electrodoméstico que puedes llevarte al pueblo o a una segunda residencia si vas a pasar unos días. Ocupa menos que muchas freidoras de aire grandes y eso juega a su favor.

Sus limitaciones son bastante claras

La CRISPi original no es perfecta. La primera limitación está en el control. Es un aparato sencillo, quizá demasiado sencillo si eres de los que quieren ajustar la temperatura con precisión. Tiene cuatro modos, pero no está pensada para cocinar jugando con cada grado. Para mucha gente eso será una ventaja, porque simplifica. Para otros, puede quedarse corta.

La segunda limitación es la capacidad. El recipiente grande de 3,8 litros sirve para muchas cosas, pero no convierte a la CRISPi en una freidora familiar. Para una persona, una pareja, guarniciones, sobras o cenas rápidas, la veo muy bien. Para cocinar cantidades grandes de verdad, no tanto. Ahí el horno sigue teniendo todo el sentido del mundo.

Para resolver estas limitaciones Ninja acaba de lanzar en España la CRISPi PRO, una versión más grande y más completa de esta misma idea. No creo que haya que leerla como una revolución dentro de la gama, sino como una evolución bastante lógica.

La nueva versión aumenta la capacidad con un recipiente grande de 5,7 litros y otro de 2,3 litros, añade siete funciones y permite controlar manualmente la temperatura, con un máximo de 240 ºC. También sube de precio: pasa de los 179,99 euros comunicados para la CRISPi original a 249,99 euros.

Es decir, Ninja ha hecho justo lo esperable: mantener la idea del cristal y corregir las dos pegas más evidentes del primer modelo, que eran la capacidad y la falta de control más preciso. Tiene sentido, sobre todo, para familias o para quien ya usa mucho la freidora de aire y se quedaba corto.

Pero eso no convierte automáticamente a la CRISPi original en una mala opción. Al contrario, la define mejor. La original tiene sentido si quieres algo más compacto, más manejable y pensado para un uso diario sin demasiadas pretensiones. La PRO tiene sentido si necesitas más litros y más margen de cocinado. No todo el mundo necesita ese salto.

Veredicto: no sustituye a todo, pero sí resuelve algo concreto

Después de meses usándola, creo que la Ninja CRISPi original funciona porque no promete más de lo que debería. No sustituye al horno, no elimina la cocina tradicional y no convierte cualquier receta en algo saludable por arte de magia. Pero sí hace más fácil una parte bastante concreta de la rutina: cocinar rápido, ver lo que pasa, ensuciar menos y guardar sin cambiar de recipiente.

Su mejor virtud no está solo en freír con aire. Está en todo lo que pasa alrededor. En que no da tanta pereza. En que el recipiente sirve para algo más. En que puedes usarla para una cena rápida y no sentir que has puesto en marcha media cocina.

Tiene límites, claro. No es muy grande, no es muy configurable y no es especialmente bonita. Pero se entiende. Y eso, en un electrodoméstico que compite por un hueco en la encimera, ya es bastante.

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