Publicado: mayo 27, 2026, 12:00 pm
Mucho se habla de la inmediatez con la que creció la Generación Z y con la que ahora crece la Generación Alfa. Escribir un ensayo, por ejemplo, pasó de involucrar un intrépido viaje a la biblioteca de varias horas a una búsqueda de Google de varios minutos y, finalmente, a una solicitud a inteligencia artificial de varios segundos. Imposible aspirar a que se conviertan en una generación paciente.
Sin embargo, esa impaciencia no es el único resultado de la inmediatez. Aparece otro problema, desatendido, pero no menos importante: la búsqueda de practicidad por encima de todo. Cada vez es menos frecuente que los nuevos alumnos vean el aprendizaje como descubrimiento. Pasó de ser un viaje a ser un mal necesario. Ya desde hace tiempo se empezó a debilitar la idea de que la educación es un fin, no solamente un medio.
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“¿Y esto de qué me va a servir en la vida?” preguntan cada vez más los alumnos, como si todo el conocimiento tuviera que ser, solamente, una herramienta. Claro que el conocimiento práctico es fundamental, pero las ideas no son martillos y los pensamientos no son desarmadores.
Las universidades hoy se enfrentan a un reto más importante que la impaciencia: la falta de curiosidad intelectual. Nunca hubo una generación que tuviera el conocimiento tan al alcance de su mano. Pero bien nos dice la teoría económica que cuando un recurso deja de ser escaso, disminuye su valor. El conocimiento está más disponible que nunca y, por lo mismo, vale menos que nunca.
Nos dijeron que el conocimiento es poder y que poder es la capacidad de hacer que las cosas sucedan como queremos. Hoy el reto es diferente: encontrar la manera de involucrar a las nuevas generaciones en una búsqueda no utilitarista del saber, donde no importe si el conocimiento es poder o no. Saber es importante, es bueno. Diferentes ideas tendrán utilidad para diferentes personas, pero mantenerlas vivas hace a la humanidad más rica, más interesante y sí, más poderosa en el agregado.
Algún alumno aprenderá qué son las estructuras atómicas sin utilizarlo nunca en su vida. Otro sabrá calcular el área de un pentágono para no hacerlo más que en la primaria. Uno más hablará un idioma del que sus hijos tal vez ni escuchen. Pero eso no resta valor a ese saber ni a la estructura mental que se fortalece cuando estudiamos.
Conocer es lo único que nos permite transmitir, y transmitir es una parte central de lo que mantiene viva a la humanidad.
En ocasiones las universidades también alimentaron este problema. Muchas llevan años vendiéndose con el argumento del retorno de inversión, cediendo ante la presión de creer que solo así atraerán nuevos estudiantes.
Hoy se necesita valentía para apostarle al conocimiento cómo fin, sabiendo que no será popular, sabiendo que suena a perder inscripciones y confiando en que, a la larga, volverán atraídos por algo más que solo practicidad. Necesitamos alumnos curiosos dispuestos a descubrir. Pero aún más: Necesitamos universidades valientes dispuestas a educar.
NOTA IMPORTANTE: Este contenido forma parte de los temas que abordaremos en el Suplemento de Universidades de El Economista, que se publicará este 28 de mayo. Un espacio para analizar los desafíos, tendencias y oportunidades del sector educativo. No te lo pierdas.
* Jaime Tbeili Palti, es el coordinador de Gobierno Up.


