Publicado: mayo 15, 2026, 12:30 pm
Antes, durante y después del Real Madrid-Oviedo, el Santiago Bernabéu vivió una noche tensa en lo ambiental e insípida en lo deportivo. Sobre el césped, nada en juego. Un equipo, el local, sumido en una dura y poco habitual crisis de resultados y de convivencia. Un club, el visitante, deprimido tras confirmarse su descenso a Segunda después de haber penado durante 24 años para volver a Primera precisamente en el curso que conmemora un siglo de existencia. En las gradas, menos público del habitual —62.000 de los 83.000 del aforo completo— en la víspera del puente festivo de San Isidro en la capital de España. Como es habitual, hora y media antes del comienzo del partido, el autocar del Real Madrid llegó al Santiago Bernabéu. Lejos quedan los ruidosos y multitudinarios corteos en esas citas grandes de Champions. Esta vez, el espectacular bus blanco fue recibido con tímidos pitos por parte de los escasos aficionados presentes. Ya dentro del recinto, Florentino Pérez fue saludando uno a uno a los jugadores en su entrada al estadio con la cordialidad y cercanía de siempre. El presidente regaló a Mbappé un cariñoso abrazo, similar al afectuoso saludo con el que había dado la bienvenida a Cazorla, capitán del Oviedo. Ahí se acabaron la dosis de escaso afecto que recibieron el jueves los futbolistas del Real Madrid. Minutos después, cuando salieron a calentar, los pocos y más madrugadores espectadores que ya ocupaban sus asientos les pitaron. Luego, instantes antes del inicio del encuentro, la megafonía del estadio recitó las alineaciones de ambos equipos. Como respuesta general, ovación a Cazorla y considerable abucheo al ser nombrados Vinicius y, sobre todo, Mbappé. Tchouaméni, triste protagonista de la doble pelea con Valverde en el vestuario la semana pasada, también fue castigado, pero a menor volumen del que se presumía. El hastío del madridismo quedó dibujado en una caótica e inconsistente partitura de silbidos y sosas acciones reivindicativas. Así, aparecieron dos pancartas criticando al presidente y fueron rápidamente retiradas por los agentes de seguridad del estadio sin mayores altercados. Los pitos, intermitentes al principio, fueron apagándose hasta que Mbappé, suplente, salió del banquillo a calentar. La intensidad fue subiendo y llegó a su máxima expresión cuando el francés sustituyó a Gonzalo en el minuto 69. Para que al galo le llegase bien el mensaje, la grada ovacionó con fuerza al delantero canterano en su salida del campo. Cuesta abajo emocional y fubolísticamente, el partido expira en el minuto 90, sin añadidos. Hasta el árbitro, De Burgos Bengoetxea, entendió que no tenía sentido prolongar el mal trago de unos y otros.
