Publicado: mayo 11, 2026, 10:30 pm
Contra un rival cautivo y desarmado y habiendo sido eliminado de la Champions en cuartos, Barcelona celebró con tremendo estruendo de petardos su Liga más provinciana. Flick fue adorado como un héroe habiendo perdido sus dos batallas más importantes, esta temporada y la pasada. Laporta ha sido reelegido por una mayoría aplastante tras haber descapitalizado al club con las palancas y sin haber conseguido aumentar los ingresos desde que regresó a la presidencia, por no hablar de sus andanzas con los fichajes y demás enjuagues. De las últimas diez Champions, el Madrid ha ganado cinco y el Barça ninguna, y aunque diez años pasan tan rápido que parece que hayamos estado soñando, las décadas filtran la luz y matizan la perspectiva de lo inmediato. Sin embargo ayer en Barcelona hubo un ejército de fanáticos que no sólo creyeron que tenían algo que celebrar sino que lo hicieron con el entusiasmo del típico equipo que inesperadamente gana la Copa del Rey y lo celebra como si no hubiera un mañana (porque para él, realmente no lo hay). El Barça está tan acostumbrado a buscar excusas para sus fracasos, manos negras, persecuciones políticas y tantos otros fantasmas, que se ha acabado conformando con su mediocridad y la festeja en lugar de rebelarse contra ella. El Barça, Cataluña. Es lo mismo siempre. Y la realidad siempre acaba siendo el más cruel de los espejos. Las Ligas eran importantes en el mundo analógico, local, cuando había que ir a París con pasaporte y marcar el 93 si llamabas desde fuera de Barcelona. Luego llegó Europa y un nuevo sentido del espectáculo, del negocio y de la higiene. Aprendimos a ensanchar el alma, y el cerebro, o por lo menos tuvimos tiempo y recursos para hacerlo. Mientras el Madrid se revuelve en la rabia y en el dolor -hasta peleando a golpes sus jugadores- cuando pierde, el Barça aprovecha cualquier eventualidad para regodearse en celebraciones folklóricas, como Laporta acudiendo a Luz de Gas rememorando los tiempos en que sí se ganaban Champions, o los jugadores saliendo de madrugada en bicicleta pública por la calle Bori Fontestà. El nivel mental y espiritual acaba condicionando todas las demás dimensiones. Y cuando la excusa y la provincia se te instalan dentro, todo en tu vida acaba teniendo sabor de verbena de cava y cenefa.
