Publicado: mayo 10, 2026, 1:30 am
De todos los asesinatos vividos en Italia, ninguno causó tal impacto como este. A Aldo Moro lo secuestraron el 16 de marzo de 1978. El hombre que había sido primer ministro dos veces y una de las figuras políticas más poderosas de Italia pasó 55 días de cautiverio, hasta que su cadáver acribillado apareció el 9 de mayo en el centro de Roma metido en el maletero de un Renault rojo. El lugar era estratégico: justo a medio camino entre la sede del Partido Comunista Italiano (PCI) y Democrazia Cristiana. Aquello fue un shock nacional que todavía colea hoy día, en especial por las teorías y misterios que lo rodean.
Fueron años intensos. En los 60 italianos retumbaba el rock psicodélico y los cantautores de izquierdas. Las universidades se habían llenado de estudiantes interesados en política que bebían del “milagro económico”, el crecimiento que llevó la Italia rural hacia la industria. Claro que esa generación no había vivido la guerra, ni la posguerra, ni el fascismo, y podían permitirse el lujo de expresar su particular revolución cultural. Gritaban contra las desigualdades y el capitalismo y llevaron su utopía hasta el gran movimiento del 68. La sociedad se echó a las calles para reivindicar otra forma de vida, lejos del imperialismo y las tradiciones. Caldo de cultivo para el estallido. Todavía no lo sabían, pero empezaban los “años de plomo”.
Para comprender el clima que llevó al país hasta el crimen de Moro y el nivel de tensión que se vivía, hay que hacer una parada en Piazza Fontana. En 1969 un atentado al Banco Nacional de la Agricultura en Milán mató a 17 personas. Al principio se culpó a grupos de extrema izquierda, parecía lo más lógico. Sin embargo, fueron facciones de extrema derecha en una especie de atentado de falsa bandera para provocar una reacción represiva por parte del Estado y así forzar Italia al autoritarismo. Pocos meses después surgieron las Brigadas Rojas (BR), grupo terrorista de índole marxista-leninista que buscaba una revolución comunista a través de la lucha armada. Y ahí estaban los extremos. El caldo de cultivo había dado sus frutos.
El partido dominante era Democrazia Cristiana, una amalgama de moderados, reformistas, centristas y católicos que buscaban mantenerse en un centro estratégico que englobara los distintos polos. Gobernó en coaliciones durante casi medio siglo y pactó con todos los colores. Pero a mediados de los 70 la cosa cambió. Había una constante sensación de emergencia. La fragmentación, la crisis, la corrupción y los terroristas.
En sus primeros años, las BR esparcían folletos, hacían sabotajes, incendiaban coches de directivos. Pero sus técnicas se fueron endureciendo. Comenzaron los secuestros breves y las temidas gambizzazioni, disparos a las piernas contra empresarios, periodistas o políticos incluso de izquierdas si los consideraban traidores. Se organizaron en colonne (células esparcidas por el territorio), usaban pisos francos y mantenían contactos con otros grupos similares (como los entrenamientos con ETA en Francia).
En esos momentos, el Partido Comunista Italiano era uno de los más fuertes del mundo occidental, su apoyo no paraba de aumentar, pero seguía sin poder acceder al gobierno. Aldo Moro, que en esos momentos era presidente de Democrazia Cristiana, pensaba que el sistema político italiano estaba entrando en una crisis muy peligrosa y que Italia necesitaba integrar al PCI en sus instituciones para evitar una ruptura social. Iba a unir católicos democráticos con comunistas. Creyó que era la mejor manera de mantener a salvo la democracia. Pero sus ideas no gustaron a todos. O a nadie.
No gustó al ala más derechista de Democrazia Cristiana, ni a la izquierda de la izquierda del PCI. Tampoco a los brigadistas, para quienes Moro simbolizaba el “imperialismo de las multinacionales” y semejante pacto representaba la integración del PCI en el sistema burgués, una traición a la revolución y a los fundamentos del comunismo. La presión internacional, también, potente, en medio de una Guerra Fría de bloques. Las alianzas de Italia no veían con buenos ojos que el comunismo accediera al poder.
La mañana del 16 de marzo de 1978 Aldo Moro se dirigía al Parlamento para votar el gobierno de Giulio Andreotti (Democrazia Cristiana), un gobierno que iba a recibir, por primera vez en la historia, el apoyo parlamentario del Partido Comunista Italiano. A mitad camino su vehículo fue interceptado por las BR. Los disparos, que parecieron a bocajarro, resultaron tan quirúrgicos que mataron a los cinco escoltas dejando vivo a Moro. La precisión del ataque parecía sugerir una colaboración externa. Los brigadistas, a fin de cuentas, eran chavales salidos de centros sociales y universidades, obreros radicalizados que no tenían conocimiento táctico militar alguno.
Durante 55 días el país quedó helado. Un aroma similar al espíritu de Ermua con Miguel Ángel Blanco. Una sociedad entera esperando. Los brigadistas pedían un intercambio político de presos, querían que el Estado los reconociera como actor político. Durante el cautiverio permitieron a Moro redactar cartas. Algunas a su familia, al Papa, otras a dirigentes de su partido a quienes pedía que pactaran, enfadado por sentirse abandonado. Pero el Estado escogió la firmeza. No podían negociar con terroristas.
Craxi, dirigente del Partido Socialista Italiano (PSI) parecía el único, o entre los pocos, dispuestos a una “vía”, no exactamente una negociación, pero cierta intermediación para salvar la vida de Moro. El mismo Vaticano se mostró, al menos por un tiempo, dispuesto a pagar un rescate. Pero el 9 de mayo apareció su cadáver. Y los cabos sueltos son los que articulan las teorías que todavía circulan.
A lo largo del cautiverio no hubo detenciones. Sí registros, sí movilización policial, pero ningún arresto. Aquello provocó desconfianza. La mirada cayó después en los servicios secretos. Se descubrió que Camillo Guglielmi, coronel espía italiano, se encontraba cerca del lugar del secuestro (él siempre dijo que solo había ido a ver a un amigo). En paralelo, también se apuntó a la mafia, la calabresa Ndrangheta, como posible apoyo operativo. A los mafiosos no les caen bien los comunistas. Prefieren los capitalistas.
Por supuesto, la falsa bandera. Se sugirió que algunos dirigentes italianos preferían la muerte de Moro por estar alterando el equilibrio político de la Guerra Fría al acercar el comunismo a una democracia occidental. Creció la hipótesis de una injerencia internacional para evitar que esa corriente entrase en el gobierno. Desde sectores soviéticos, norteamericanos, apoyo logístico desde Europa del Este o la escuela Hyperion, una academia de idiomas parisina que durante años fue sospechosa de funcionar como centro de contacto de grupos terroristas internacionales.
La viuda de Aldo Moro, Eleonora, llegó a declarar ante un juez que Henry Kissinger, entonces secretario de Estado de EEUU, le dijo a su marido que o abandonaba su línea política o lo pagaría con su vida. Moro se convirtió en un personaje incómodo para todos. Muchos querían su cabeza, puede algunos simplemente esperaran a que otros, al final, se atrevieran. Nadie sabe si Aldo Moro podría haber cambiado el país. Lo seguro es que, tras aquel secuestro letal, Italia nunca volvió a ser igual.
