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Margarita de Rumanía y el posible perdón histórico a su sobrino Nicolás, el príncipe que humilló a la corona

Publicado: mayo 4, 2026, 7:30 am

Durante la Segunda Guerra Mundial, el por entonces jovencísimo rey Miguel I de Rumanía derrocó la dictadura del mariscal Ion Antonescu, aliado de la Alemania nazi, pasando entonces el país de la Transilvania a formar parte del eje aliado y permitiendo la entrada de las tropas soviéticas en su territorio. Sin embargo, tras el fin del conflicto armado, la nueva realidad política llevó a una abdicación forzosa del monarca por el régimen comunista, la cual tuvo lugar el 30 de diciembre de 1947, proclamándose entonces la República Popular de Rumanía.

Miguel I, que se casó con Ana de Borbón-Parma, falleció a los 96 años el 5 de diciembre de 2017, siendo su primogénita, la princesa Margarita, la mayor de sus cinco hijas, quien heredó oficialmente sus títulos. Entre ellos, el de reina. O, como se la nombra actualmente en el país, que mantiene a la familia real como una institución reconocida y de carácter diplomático aunque sin poder verdadero, Su Majestad Margarita, Custodia de la Corona Rumana. Y es precisamente ella quien se encuentra hoy en día entre la espada y la pared, tal y como explican desde Vanitatis.

«Su Alteza, usted es la única persona sobre cuyos hombros recae el peso de aceptar o rechazar la concesión de esta oportunidad a todo un pueblo». Es decir, casi un momento histórico que no se puede comprender sin antes puntualizar el profundo arraigo cristiano que hay en el país. Porque de hecho en el escrito le piden a los cielos que ilumine el camino de Margarita, que hoy por hoy tiene 77 años, bajo el lema de su propia familia, Nihil sine Deo («Nada sin Dios»).

¿Y cuál es ese escrito? Pues una carta abierta en la que el Movimiento por el Reino y la Corona y el Club de Monárquicos de Bistrița, una ciudad al norte del estado, le han pedido que entienda la emergencia en la que se encuentran, con un futuro oscuro y conflictivo, si no perdona y se reconcilia de forma pública con su sobrino, el expríncipe Nicolás. Ambas asociaciones insisten en la urgencia de que haga las paces con el primogénito de su hermana, la princesa Elena de Rumania —y su primer esposo, Leslie Robin Medforth-Mills—, dada la «crisis moral» que atraviesa el país e instando a la familia real a que dé ejemplo de perdón cristiano a la nación.

Ahora bien, lo importante es entender cómo quien era el tercero en la línea de sucesión y favorito de su abuelo, un heredero que prácticamente lo tenía todo, perdió su condición y el favor de su propia familia debido a una serie de decisiones que le abocaron al ostracismo. Porque Margarita de Rumanía no tiene descendencia y Miguel I veía en su nieto un rayo de esperanza para la continuidad dinástica e, incluso, alguien sobre quien edificar la posibilidad de una restauración monárquica de consenso en el país, ya que él se había tenido que exiliar.

Pero el joven había vuelto a la tierra de sus ancestros, hablaba el idioma a la perfección y contaba con el favor del pueblo bajo la idea de ser un rey moderno. Sin embargo, 2015 fue un año nefasto. Tanto, que a pesar de que tenía 30 años y todo un futuro por delante, al rey Miguel no le quedó más remedio que despojarlo de sus títulos sucesorios e incluso del de príncipe cuando descubrió que había dejado embarazada a una de sus asesoras. Y si acaso hubiese sido solo eso, quizá el perdón podría haber llegado antes.

Pero quizá envalentonado por lo que pensaba era unos derechos y privilegios históricos con los que había sido criado, Nicolás no tuvo reparos en entrar e irrumpir entre gritos y amenazas a la habitación de sus abuelos —su abuela fallecería al año siguiente, en agosto de 2016; Miguel I, dos más tarde— y acabar agrediendo a varios trabajadores de la casa real. Como no podía ser de otra forma, este hecho fue una «humillación» inaceptable para la casa real, con su madre teniendo que salir a pedir disculpas al pueblo rumano por el comportamiento de su hijo.

El monarca, tal vez decepcionado por su nieto, en quien tantas esperanzas había puesto, emitió un comunicado en su contra afirmando que el país necesitaba un dirigente con «principios morales». No era la primera vez que se enfrentaba a una situación difícil, pues ya había despojado a su propia hija, la tercera, Irina, cuando fue detenida en Estados Unidos en 2014 por organizar peleas de gallos en su rancho de Oregón. Las opciones sucesorias de Nicolás se esfumaron y pasaron a su hermana pequeña, Karina, quien vive en Londres y alejada de los asuntos reales.

Al tiempo, Nicolás también pidió disculpas, reconoció la paternidad del bebé de su asesora y buscó el perdón, pero se encontró con una brecha casi insalvable. Máxime cundo se casó, en medio de su ostracismo, con la periodista Alina-Maria Binder, retransmitiendo curiosamente su boda en directo por Facebook. Quizá para que de alguna forma estuviese presente su familia: nadie de la realeza rumana acudió a los enlaces —ni al civil ni al religioso—, a excepción de su hermana Karina, contrastando con los vítores del pueblo rumano.

El mismo pueblo que ahora le pide el perdón a Margarita de Rumanía para con su sobrino. «Esperamos que encuentre la fuerza para reconciliarse con el expríncipe Nicolás y asegure así la continuidad con la sexta y la séptima generación de la Corona Rumana», recalcan los firmantes de la carta, dado que, entienden, a sus 41 años y junto a su esposa, han formado «la familia cristiana que el rey Miguel soñó para su nieto», dado que han tenido dos hijos, en 2020 y 2022, a quienes bautizaron como María Alexandra y Miguel, el nombre del último rey de Rumanía, un gesto lleno de significado para el pueblo rumano y quizá su último acercamiento para ese perdón que, por ahora, no ha llegado.

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