Publicado: mayo 3, 2026, 3:30 am
La historia quizá no se repita literalmente, pero las personas llevamos demasiados años sobre la faz de la Tierra para presumir ahora de que hemos encontrado caminos nuevos. Y eso es cierto aunque uno se llame Donald Trump y se jacte casi cada día de haber inventado la rueda de la política.
En el verano del año 997, Almanzor, el poderoso caudillo de al-Ándalus, ya era consciente de cuál era el mejor botín que ya entonces podía encontrarse en la guerra. Él nunca había oído hablar del petróleo ni de las armas nucleares, pero lo sabía todo sobre la gloria militar y el poder político que conlleva. Por eso, en la más conocida de sus aceifas —cabalgadas de verano, concebidas para buscar fama y fortuna tras las líneas enemigas— envió a sus tropas a saquear Santiago de Compostela. De allí se llevó las campanas de la catedral, transportadas hasta la lejana Córdoba a hombros de cautivos cristianos.
¿Para qué querría el ambicioso líder militar del califato las campanas robadas? Todavía no había llegado el tiempo de fundirlas para hacer cañones, pero hay algo de lo que todos podemos estar convencidos: el objetivo era personal. Los seres humanos, y esto se aplica tanto a Almanzor como a Donald Trump, ponemos siempre nuestros intereses sobre los de los demás. Está en nuestra naturaleza. No he visto a nadie consolarse de que no le haya tocado la lotería con la alegría de que el dinero con el que soñaba lo haya recibido cualquier desconocido. Lo mismo le ocurre a nuestros gobernantes, por mucho que ellos presuman de su vocación de servicio. Cualquiera que sea el sistema político en el que vivamos, el premio que los líderes más desean es el que les toca a ellos: el poder. El truco del buen gobierno no está en el altruismo de los gobernantes, sino en hacer que coincidan sus intereses con los de los gobernados.
El presidente Trump es, a pesar de su extraño colorido, un ejemplar más de nuestra especie. Él promete hacer América grande, pero realmente quiere la grandeza para sí y, como haríamos el lector y yo mismo, en cada momento de divergencia —la guerra de Irán es un ejemplo claro— va a anteponer sus intereses a los de los EEUU. Y no, no quiero decir que todos los gobernantes del planeta, ávidos de gloria, estarían igualmente dispuestos a apuntarse a una aceifa como la de Almanzor… sobre todo porque no todos los pueblos están dispuestos a aplaudir ese camino. Pero tampoco voy a ocultar que me parece ingenuo pensar que Putin hace la guerra a Ucrania pesando en los intereses de una Rusia que paga una inmensa factura en sangre y en rublos por la ambición de su príncipe. Y lo mismo, aunque en menor escala, le ocurre a Donald Trump en Irán.
La guerra de Ucrania, en mi opinión, durará todavía muchos años. Las campanas de la catedral que quiere Putin para celebrar su triunfo no están en el Donbás, sino en Kiev. El dictador, que en los últimos años ha vivido importantes decepciones en el exterior —primero en Siria, luego en Venezuela y estos días en Mali— no se conformará con nada que no sea el sometimiento del pueblo ucraniano. Si no consigue repicar en ese escenario, preferirá seguir intentándolo antes que reconocer su fracaso.
La guerra de Irán, afortunadamente, no está tan enconada. La resistencia que Putin halla en el frente, Trump solo la encuentra en las encuestas de opinión. En las últimas que se han publicado, apenas un 26% por ciento de los votantes norteamericanos dice creer que la campaña militar ha merecido la pena. La insatisfacción aumenta cada día y, con ella, crece la presión por poner fin al conflicto a medida que se acercan las decisivas elecciones del mes de noviembre. Sin embargo, el presidente Trump sabe que retirarse sin conseguir las campanas de alguna catedral, por pequeñas que sean, sería reconocer un fracaso. Un fracaso sonoro que minaría su gloria y disminuiría las posibilidades de conseguir cualquiera que sea el objetivo real de su política, seguramente un cambio de régimen… pero no en Irán, sino en los EEUU.
¿Cuándo terminará entonces el bloqueo del estrecho de Ormuz, extrañamente coprotagonizado ahora por tirios y troyanos? Los líderes de Irán, obviamente, lo están deseando. El final de la guerra les permitiría volver a lo suyo, para desgracia de su propio pueblo. Al otro lado del mundo, en cambio, el presidente Trump todavía no ha encontrado las campanas de su victoria. Pero no desesperemos. Todos sabemos que él, desde su tribuna privilegiada en las redes sociales, es capaz de hallarlas cualquier día, verdaderas o falsas, a plena luz del día o escondidas en algún rincón físico o virtual del teatro de operaciones.
No estamos en condiciones de adivinar cuál será la forma concreta de las campanas que celebrarán el fin de la guerra. Seguramente Trump sueña con llevarse a Washington el uranio enriquecido de Irán, si fuera posible a hombros de los cautivos ayatolás. Quedaría bien depositado al lado de Nicolás Maduro en el arco de triunfo que el magnate desea erigir como monumento a su propia grandeza. Es probable que el hombre tenga que contentarse con menos, pero lo que es seguro es que algo tendrá que repicar antes de que Trump dé la aceifa por terminada. Esa es la lógica de la guerra y, como ya les decía unas líneas más arriba, las personas llevamos demasiados años sobre la faz de la Tierra para presumir ahora de que hemos encontrado caminos nuevos.
