Publicado: abril 20, 2026, 11:30 pm
Como si se tratara del día de la marmota —pero sin un ápice del encanto de la comedia protagonizada por Bill Murray— Trump ha logrado dar marcha atrás al reloj que controla los tiempos de la guerra de Irán.
Tenía el magnate abierta la puerta de salida de la guerra —esa estrategia para el final del conflicto de la que la campaña parecía carecer— cuando, bajo la presión del bloqueo marítimo de los puertos iraníes, el régimen islámico se había resignado a ceder sin lucha su mejor baza: el control del estrecho de Ormuz. Por desgracia, el empeño del presidente de los EEUU en mantener esa presión cuando ya había alcanzado su objetivo más lógico nos ha devuelto a la situación que vivíamos hace diez días cuando, arrastrando los pies, los negociadores de ambos bandos se reunieron en Islamabad.
Es bueno recordar ahora que el mundo vio complacido las negociaciones del pasado 12 de abril, aunque a nadie le sorprendiera su fracaso. Ni entonces ni ahora creíamos que fuera probable que se alcanzara un acuerdo entre dos perspectivas frontalmente opuestas, pero nos felicitábamos porque se hacía evidente que ninguno de los dos bandos veía ventajas claras en la continuación de la fase activa de la guerra.
Diez días después, ¿hay razones para el optimismo? No tengo una bola de cristal que me indique lo que va a pasar en la próxima reunión, que probablemente se celebre a pesar de que Teherán amenace —ya lo había hecho en la primera ronda— con no asistir. El acuerdo sigue igual de lejos, pero las alternativas al alto el fuego son, para ambos bandos, tan malas como lo eran hace dos semanas… si no peores. Las amenazas de Donald Trump —la destrucción de las centrales eléctricas y los puentes, objetivos civiles y, por ello, prohibidos con carácter general en las convenciones de Ginebra— no son más creíbles ahora de lo que lo fueron en el primero de sus ultimátums. El tiempo, por otra parte, no corre ya en favor de ninguno de los dos contendientes. A la larga, la guerra hará más daño a Irán, que tiene mucho que reconstruir; pero a corto plazo quizá perjudique más al magnate porque, con independencia de su propia visión del mundo, vive en una democracia que todavía funciona.
Si no el futuro, si podemos tratar de descifrar el pasado. No encuentro misterio alguno en las decisiones de Irán. Los ayatolás han sido golpeados con dureza y desean acabar la guerra lo antes posible… pero no a cualquier precio. Ellos saben bien que una humillación pública sería el primer paso para el final de régimen y, probablemente, —cómo olvidar la suerte de Saddam Hussein o Muamar el Gadafi— el de sus propias vidas.
Más difícil, sin embargo, es entender los motivos de Trump. ¿Por qué ha obligado a la poderosa US Navy a navegar en círculos? Solo el presidente podría darnos la clave… si es que la tiene. ¿Siente en sus huesos una debilidad del régimen islámico que los demás no alcanzamos a percibir? ¿Le presentan su amigo Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner una visión rosada del proceso negociador? ¿Juega a la bolsa con las cartas marcadas por sus propias decisiones, como defienden los mal pensados? No tengo una respuesta. Mi mujer dice que la marcha atrás de estos días quizá le permita contar doblemente la guerra de Irán en las disparatadas estadísticas con las que trata de engrasar su candidatura al Nobel de la Paz. Según ella, el presidente Trump, un hombre que jamás renuncia de verdad a ninguno de sus objetivos —le volveremos a ver amenazando a Europa para que Dinamarca le entregue Groenlandia— quizá espere convencer a sus seguidores de que esta contienda la ha parado dos veces. Quién sabe, quizá tenga razón.
