Publicado: abril 11, 2026, 1:30 am
A sus 71 años, el humorista manchego Millán Salcedo sigue subiéndose al escenario con la misma energía —y necesidad— que en sus inicios. En plena gira de su espectáculo Preguntamelón, el cómico ha recibido el homenaje de su tierra en el festival Gacha’s Comedy, un reconocimiento que, asegura, le emociona especialmente. «Me encanta el nombre, me vuelve loco. Y que me hagan un homenaje en mi tierra… estoy encantado», afirma en una entrevista a Europa Press.
El galardón, inspirado en Sancho Panza, conecta directamente con sus raíces, algo que Salcedo no duda en reivindicar: «El humor intrínseco manchego ya viene en el Quijote«. De hecho, recuerda con ironía sus años de formación: «En mi generación aprendíamos a leer y a escribir con el Quijote. Soy de La Mancha, hidalgo, me tenía que servir».
Lejos de acomodarse en la nostalgia, Salcedo atraviesa un momento activo. Con Preguntamelón, propone un formato basado en preguntas del público, muchas de ellas recurrentes. «Hay una serie de preguntas que siempre me hacen, así que las rentabilizo en un escenario, que es mi sitio», explica sobre un espectáculo que se alarga más allá de lo previsto: «Hago entre una hora y media y hora y tres cuartos de show, y luego me tiro una hora más haciéndome fotos y hablando con la gente».
El escenario, reconoce, es mucho más que un lugar de trabajo: «Necesito del espacio escénico, para mí es, como cantaba Antonio Vega, el sitio de mi recreo. Medicamento puro». Y en ese espacio ha decidido abrir también parcelas más íntimas de su vida: «He salido del armario, aunque todo el mundo ya lo sabía, pero bueno. ¿Por qué lo hago? Quizás parezca que no es necesario pero sí lo es, aunque solo sea porque quiero compartir con el público esa parte de mi vida, y reírnos juntos con algunas anécdotas».
Gran parte del diálogo con el público gira en torno a los momentos más icónicos de Martes y Trece, el dúo que formó junto a Josema Yuste. Entre todos ellos, ninguno ha alcanzado la dimensión del célebre sketch de Encarna y las empanadillas, una pieza ya incrustada en la memoria colectiva y cuya intrahistoria, según revela, fue puro accidente.
«Ese especial de Nochevieja era en directo, solo se hacía un ensayo de escaleta el día antes para calcular tiempo», rememora. El número previsto poco tenía que ver con lo que terminó sucediendo: «Preparamos un desfile de pastores, y yo tenía que salir con un borrego vivo sobre los hombros. Insistimos mucho en que el borrego tenía que ser de verdad, si no, no tenía gracia». Sin embargo, al llegar al plató el día de la actuación, todo cambió: «El borrego era de peluche y encima fucsia».
La sorpresa dio paso al caos. «Dijimos que no lo hacíamos, pero la escaleta ya no se podía cambiar, teníamos que actuar el mismo tiempo», explica. Sin margen de maniobra, ambos humoristas improvisaron contrarreloj: «Ahí nos tienes a Josema y a mí pensando qué podíamos hacer. Se nos ocurrió lo de Encarna, las empanadillas«.
Lo que siguió fue un ejercicio de intuición cómica en estado puro. «Salimos y lo hicimos. Recuerdo que yo me tenía que cabrear, no me podía reír, pero veía que todo el mundo estaba tronchado. Todo salió en el momento». Aquella improvisación, nacida de un borrego fallido, acabaría convirtiéndose en uno de los sketches más emblemáticos de la televisión en España.
Para Salcedo, ese episodio resume la esencia de Martes y Trece: «Casi todos los números surgieron por sí solos. Había mucha química entre nosotros, nos hacíamos gracia mutuamente, y cualquier parida cobraba otra dimensión». Una espontaneidad que explica, en parte, su éxito duradero.
Décadas después, el cómico no rehúye ese legado, al contrario: «Gracias a ellos vivo fenomenalmente, y yo encantado de ser el de las empanadillas de Móstoles, claro que sí», afirma con orgullo.
Tras la disolución del dúo en 1997, Salcedo ha desarrollado una trayectoria diversa en teatro, zarzuela y proyectos personales, aunque lamenta cierta tendencia a encasillar: «En España existe la manía, sin mala intención seguramente, de poner una etiqueta. Y mucha gente piensa: este siempre hace lo mismo».
En ese contexto, menciona uno de los ejemplos que más escucha al hablar de evolución artística: «Mucha gente me dice: ‘mira Pajares cómo evolucionó, que hizo ¡Ay, Carmela! y le dieron un Goya’«. Y responde con ironía y cierta reivindicación: «¡Coño, ya me hubiera gustado a mí que me cayera ese guion y ese director!».
La fama, reconoce, también tiene un reverso incómodo. «Hay gente que te exige de una manera loca que hagas lo del ojo o lo que sea», explica. «Piensan que tienes que ser gracioso y ocurrente en ese mismo momento… y si no, pasan de quererte a odiarte para siempre». Recuerda situaciones tensas: «Alguna vez me ha pasado que viene alguien y suelta de la nada: ‘¡cuéntame un chiste!’... ‘¡Pues qué borde, es tu obligación, porque tú vives gracias a nosotros!'».
Sin embargo, el humor también ha sido su tabla de salvación en momentos límite. Evoca uno de los más duros: «El día que murió mi madre era el anterior a nuestro debut… y cuando llegó el momento salí y actué». Aún hoy le cuesta explicarlo: «No me digas cómo, pero salí a hacer de reír… No tengo ni idea de lo que hice, de cómo lo hice, pero fui capaz». Y concluye con una imagen íntima y poderosa: «Ella estaba allí, viéndome desde algún lado y partiéndose con esas risotadas que tenía. De eso estoy seguro».
