Publicado: noviembre 30, 2025, 4:00 am
«Un adicto es una persona que no sabe gestionar sus emociones y utiliza las drogas para hacerlo; en su cerebro busca evasión o anestesia. Pero no hay diferencia real entre drogas legales o ilegales, ni entre ‘duras’ o ‘blandas’: esa es una etiqueta que nos han enseñado, pero la única diferencia que existe es que algunas son más accesibles, baratas y socialmente aceptadas».
Belén de la Hoz es terapeuta especializada en adicciones, y reconstruye en esta entrevista, en primera persona, el proceso de enfrentarse al consumo, tocar fondo y comenzar una recuperación sostenida que acabaría marcando su vocación profesional. Además, ha publicado el libro ‘Adicta. Crónica de una batalla interna’ (Kitaeru Libros) para contar los años en los que la adicción ocupó su vida, hasta el punto de pensar en quitarse la vida.
«La necesidad de evasión nace del dolor emocional»
Belén nos cuenta, desde la vulnerabilidad y la lucidez de quien conoce ambos lados de la adicción, el del sufrimiento y el de la sanción, cómo la necesidad de evasión «nace del dolor emocional, y cómo el consumo se convierte en un intento –fallido pero comprensible– de regular ese malestar».
«Cuando entablo una conversación con alguien y explico a qué me dedico, me doy cuenta de que a la gente le resulta curioso que sea terapeuta en adicciones. Suelen decirme que les parece un trabajo muy interesante y, por sus comentarios, tengo la sensación de que, incluso, hasta les resulta sobrecogedor de alguna manera que quiera ayudar a todas esas personas que están pasando un proceso de adicción. Lo que no saben es que yo soy una de ellas«.
Y en este punto, el de convertirse en consumidor habitual de cualquier tipo de droga, es donde la experta especifica que «cualquiera puede desarrollar una adicción si se juntan ciertos factores en un momento vulnerable de su vida, especialmente si no sabe gestionar un trauma o un dolor profundo no resuelto. Yo llegué a pensar que estaba loca, y encima sola… que no tenía cura». Pero sí la hay, y ella nos cuenta cómo hace siete años que está «limpia del todo».
«El silencio y el tabú en torno a las drogas hace que sean aún más peligrosas»
De la Hoz se lamenta de que «buena parte de la culpa del desconocimiento imperante en torno a las drogas está relacionado con el silencio, con ese muro que se pretende levantar en torno a las adicciones con el fin de esconderlas. Es un tema tabú, y de los tabúes no se habla; hay que hacer como que no existen. Y es precisamente ese silencio el que hace que las adicciones sean tan peligrosas».
Y añade: «Si la gente supiera realmente cuáles son las consecuencias del consumo y en qué te convierte ser un adicto, sin duda habría más precaución y prevención. La gente necesita estar informada para poder protegerse, ponerse a salvo. Yo era una niña cuando todo empezó, muy inocente y que no sabía cómo pedir ayuda a los demás».
Belén se sentía muy diferente desde muy pequeña, se hacía preguntas que nadie se hacía… «Mis padres acabaron llevándome a diferentes médicos porque ‘no era normal’, y ellos decidieron empezar a darme fármacos como solución… esos medicamentos son los que me llevaron a mi autodestrucción. No es que estuviera bien visto que los tomara, ¡es que me alentaban a que lo hiciera! Fue así como en mi adolescencia aprendía a utilizar esa droga ‘legal’ para tapar mi vacío».
Una mañana de Reyes, Belén intentó quitarse la vida
Belén nos cuenta cómo, sin darse cuenta ni ella ni su entorno, estaba metida en una espiral en la que cada vez necesitaba más de esa medicina. «Los médicos me recetaban dosis más altas, y yo me daba cuenta de que estaba cansada, harta de sentirme cada vez más loca, de ir destruyéndome poco a poco y de destruir todo a mi alrededor. Un día lo vi claro y supe que tenía que poner fin a esa espiral descendente».
La terapeuta confiesa que optó por la última opción que le quedaba «para acallar el dolor. Pensé que así se acababan todos los problemas que estaba causando. Una mañana del día de Reyes intenté acabar conmigo. Ese fue el punto de inflexión. No lo conseguí y entré en pánico de no vivir más. El siguiente paso fue un centro de desintoxicación».
Ese fatídico día de Reyes, Belén de la Hoz recuerda que «no podía más. Había intentado solucionarlo todo a través de profesionales, familia, amigos, pareja… pero nadie lograba ayudarme. Sentía que cada vez me hundía más, que los momentos buenos ya no sostenían los malos. Ese día me confirmaron mi mayor miedo: me dijeron que era una carga, y eso hizo que todos mis pensamientos se volvieran acción».
«Tenía ansiedad por todo, miedo a no encajar»
Belén era una adolescente de 14 años cuando empezó a probar estas drogas ‘legales’. «Tenía ansiedad por todo; miedo de ser mujer, de no saber exactamente quién era; de intentar encajar y no lograrlo… Las pastillas, igual que el alcohol, hacían que esa angustiosa ansiedad disminuyera y me sintiera más cómoda socialmente. No fui consciente de la adicción».
En cuanto a lo que la terapeuta hubiera echado de menos en aquellos tiempos convulsos, está «que alguien hubiera aconsejado mejor a mis padres, que no me trataran como una ‘rata de laboratorio’ intentando ponerme diagnósticos a un miedo, en lugar de comprenderlo. Creo que el entorno me empujó a encajar en lo que se supone que ‘debe ser’, aunque yo jamás encajé en eso. Me hubiera gustado que alguien empatizara con mi miedo y me ayudara a entenderlo; cuando eres una niña no sabes cómo expresarlo».
Aunque Belén confiesa que aprendió a perdonar y soltar, cree que a las personas que pasen por algo similar se las ayuda «dando voz a lo que están viviendo en silencio. Aunque te sientas solo o diferente, todos deben saber que puedes encontrar un lugar en el mundo, tu lugar. A la Belén de la niñez le diría que no se odie, que todo lo que cree que no tiene solución, en realidad sí la tiene. Le diría que se abrace muy fuerte, que acabará conociéndose y aceptándose tal como es, con sus inseguridades y sus fortalezas. Y que no oculte nada, que no haga de ello un tabú».
