Publicado: agosto 30, 2025, 3:30 am
Euronews, que no es una cadena común en los hogares españoles, emite un programa que se llama Bruselas, te quiero. Y en realidad, Bruselas es una ciudad más fácil de querer de lo que mucha gente piensa. Llamémoslo caos ordenado. Cuando uno lleva un tiempo en esta urbe se da cuenta de que es mucho más que la Unión Europea, y menos mal; y también asume que la mayoría de cosas que pasan en el día a día no hay que cuestionarlas, solo aceptarlas, adaptarse y seguir adelante. Bruselas es un sitio que, en realidad, se gobierna solo, así que no hace falta pensar en ordenarla porque ya se (des)ordena sola.
La ciudad está enlazada directamente con las instituciones europea, y hay mucha gente que no mira más allá. Pero Bruselas merece mucho la pena. Es una etiqueta que se asocia con la Comisión Europea, tan alejada a veces de la gente; con un Parlamento Europeo que se conoce más, pero que no se entiende del todo; y con oficinas, esquinas, pasillos y procesos que, aunque tienen efectos directos en nuestra vida diaria, son complicados de desgranar para el común de los mortales. Y no, Bruselas no es una ciudad bonita, pero tampoco es la máquina burocrática que muchos nos hacen ver.
Existe la tesis de que Bruselas es una ciudad «más vivible que visitable». Y así es. El turista se siente raro, pero para el que se queda termina siendo acogedora. El Atomium es un mamotreto difícil de entender, no hay grandes monumentos y el Maneken Pis es hasta complicado de encontrar en las calles del centro histórico. Solo la Grand Place impone, rodeada de sitios destinados a quienes vienen de fuera y con una gastronomía de dudosa potencia. Por eso hay que ir más allá: las vistas desde Mont des Arts dan cierta paz, los domingos en Flagey, sobre todo si hace sol, son un gran plan, y caminar por Matonge genera muy buen rollo. De Bélgica, en general, siempre se resalta lo malo… pero con poso se ven también muchísimas cosas buenas. Y no, las patatas fritas no son nada del otro mundo.
El clima es gris, plomizo, agobiante y escaso de luz. Unas características que, contra lo que muchos creen, ayuda a generar la sensación de hogar. ¿Por qué? Porque los barrios son eso, hogar. El aterrizaje no es sencillo: no es casa desde el principio, pero esa casa se construye con el tiempo y sobre todo en torno a la gente. Los inmigrantes –expats se les llama si tienen capacidad económica, pero al final quienes llegamos de fuera somos lo que somos- crean su propia familia con quienes te echan una mano con la mudanza, con quienes ya conocen cada rincón y te dan trucos; con quienes te aconsejan cómo pelear con la burocracia o con quienes te reciben en tu primer día de trabajo para que no te sientas un extraño. En general, en Bruselas todos son de aquí y de fuera al mismo tiempo. En esas ‘familias elegidas’ está el que odia la ciudad pero quiere quedarse, el que siempre ha querido venir, el que ya tiene una vida hecha, el que ha caído por casualidad, el que venía para unos meses y lleva cinco años y el que sigue buscando motivos para que la urbe le parezca un buen sitio en el que establecerse.
Un punto muy a favor son los parques. Parece una tontería, pero no lo es. En un país donde el sol escasea la alegría la da lo verde, los espacios abiertos. El Cincuentenario, Leopold, el Parc Royal, Bois de la Cambre… y tantos rincones más que en invierno dan aire y en verano luz. Es inevitable pasar por uno de ellos camino del trabajo o que se llenen de gente cuando asoma un rayo a partir de junio… aunque la lluvia siempre acecha. Es paradójico que se pueda hacer una oda a la vida en la calle cuando se habla sobre un lugar más bien preparado para los encuentros con amigos en petit comité, evitando aglomeraciones y refugiándose de las posibles tormentas. Pero así es: Bruselas es una ciudad también incongruente. Está pensada, en el fondo, para tener un clima mediterráneo.
Y sí, Bruselas también es símbolo de multiculturalidad dentro del caos. Es complicado encontrarse a un belga, esa es la realidad. En Bruselas hay españoles, italianos, portugueses, suecos, finlandeses, malteses -muchos más de los que uno pueda pensar-, franceses (son la nacionalidad más presente por detrás de los autóctonos), griegos. Pero también marroquís, tunecinos o argelinos. A lo que voy: es importante desterrar los planteamientos racistas. En Bruselas no hay «gran reemplazo» y lo normal es la convivencia normal y corriente, amigable en muchos momentos. Sí, hay delincuencia, pobreza, desgastes, delitos; y sí, hay zonas que no son demasiado seguras. Pero la urbe no es demasiado distinta a otra gran capital europea. Presentar Bruselas como un infierno cuando menos es mentir. De hecho, de esa multiculturalidad se aprende mucho… si se quiere aprender, claro. La gente se reúne, hace deporte, comparte unas cervezas, baila salsa, encuentra nuevos hobbies y genera una burbuja que, si se busca, existe más allá de lo laboral.
La capital belga -y comunitaria- tiene tantos defectos que a veces es mejor no fijarse en ellos. Sería de ingenuos negar que si Bruselas no estuviera dirigida por políticos daría igual; puede funcionar por sí misma. Es a veces antiestética, con poca higiene en general, con unos tiempos que pueden desesperar y ciertas manías que para los del sur de Europa son sinónimo de pereza. «No cuestiones, acepta», te repiten cuando llegas. Y una vez que asumes donde estas, dejas ir los problemas y vives de manera mucho más sencilla. Aunque no lo parezca, en Bruselas todos los problemas tienen solución pero a veces es mejor no perder demasiado tiempo en buscarla. Ya llega sola.
En definitiva, Bruselas no es solo la UE… y menos mal. «Lo que me gusta de Bruselas es que parece una ciudad modesta, pero su historia pesa como una capital», escribió Amelie Nothomb, que conocía bien este lugar. Y así es: Bruselas es una capital europea que no lo parece, en la que es complicado disociar las instituciones europeas del resto de elementos; como si no existieran. Pero existe. Se unen historia, cultura, rarezas, preguntas y desmanes en una mezcla que de primeras choca, pero que con el tiempo engancha. La mayoría de gente tiene con Bruselas una relación de amor-odio, y muchos de esos que se hacen las grandes preguntas se acaban quedando. Por algo será.