Publicado: marzo 30, 2025, 11:00 am
Este artículo pertenece a la sección ‘Libros que cuentan’, donde expertos y expertas de distintos ámbitos diseccionan los libros divulgativos que más están dando que hablar.
Muros: la civilización a través de sus fronteras, de David Frye, arqueólogo e historiador, fue publicado durante el primer mandato de Donald Trump y traducido al español por Turner en 2019.
Desde entonces, y con el regreso del mandatario a la contienda política, el debate sobre la utilidad del muro, tanto en su faceta de protección material como de barrera simbólica, se ha intensificado. El proteccionismo nacionalista se ha expandido, especialmente en regiones donde el conflicto y la inseguridad han convertido la idea del muro en una cuestión política candente.

Muros. La civilización a través de sus fronteras, de David Frye. Editorial Turner. 344 páginas.
Pero el muro, como nos recuerda Frye, tiene una genealogía milenaria. Su libro nos ofrece un relato que inscribe la historia de la humanidad en su relación con el adentro y el afuera de las murallas.
Sangre y ladrillo
Frye presenta el muro como un elemento fundamental de la civilización, no solo como línea de defensa, sino como un marcador identitario. Como arqueólogo, observó las murallas romanas de Britania, enfocándose en la vida de los soldados en sus límites. No fue hasta madurar su investigación cuando comprendió que el muro trascendía su papel de fondo escenográfico.
Desde las primeras murallas de Mesopotamia hasta la Gran Muralla China, las fortificaciones han marcado el límite entre la civilización y un “más allá” caótico y peligroso. Erigir muros fue, para las civilizaciones antiguas, la acción primordial que permitió crear templos, bibliotecas y centros culturales. Sin embargo, también han representado la tensión entre protección y exclusión, entre civilización y barbarie.
El muro como testigo y límite
El recorrido histórico de Frye comienza en el antiguo Oriente Próximo, donde reyes como Shulgi de Ur levantaban murallas para contener a pueblos nómadas. Estas estructuras, construidas con materiales perecederos, desaparecieron con el tiempo, pero sus registros en tablillas de arcilla han perdurado, revelando el anhelo de protección frente al caos externo.
En la Grecia clásica, la muralla adquiere un significado ambivalente. Mientras Atenas fortificaba su ciudad y construía largos muros para asegurar su abastecimiento, Esparta despreciaba amurallarse, considerando que solo los cobardes dependían de ellas. “Las murallas son barrios de mujeres”, afirmaban los espartanos.
En China, la Gran Muralla se consolidó como una de las construcciones más imponentes, pero también como un testimonio del sacrificio humano y la brutalidad del trabajo forzado. A lo largo de los siglos, se convirtió en un símbolo de aislamiento, reflejando la tensión entre la necesidad de protección y el temor a la apertura.
El siglo XX: murallas como barreras ideológicas
La evolución de la tecnología militar hizo que los muros perdieran eficacia frente a la artillería pesada y los ataques aéreos, y el siglo XX les confirió un nuevo significado: fronteras ideológicas.
El Muro de Berlín se erigió como la máxima expresión de la Guerra Fría, separando geografía, concepciones políticas y formas de vida. Su caída en 1989 marcó un punto de inflexión en la historia de las murallas, pero no su desaparición.
Una habitación propia
Virginia Woolf afirmó que para que una mujer pudiera escribir, necesitaba “una habitación propia”. Este concepto puede extrapolarse a la historia de la humanidad y su necesidad de espacios protegidos. Durante los siglos, la construcción de murallas ha sido el equivalente macroestructural de esa habitación: un resguardo para el desarrollo del pensamiento, la ciencia y las artes. Las grandes civilizaciones no solo levantaron murallas por miedo a lo que acechaba afuera, sino también para crear un entorno donde la cultura pudiera florecer sin interrupciones.
Desde la Biblioteca de Alejandría hasta los monasterios medievales, los muros han proporcionado un refugio en el que la humanidad ha podido resguardar y expandir su conocimiento. La paradoja es que, al mismo tiempo que protegen, también delimitan quiénes tienen acceso a ese conocimiento y quiénes quedan excluidos de él.
Carencias
Si bien Frye transita por los espacios canónicos de la historia humana y nos da un recorrido desde Mesopotamia hasta la contemporaneidad, su visión de América es limitada.
Sobrevuela las culturas prehispánicas y deja de lado el esfuerzo constructivo y civilizatorio del Imperio español. Se centra en Norteamérica y en la “culpa” europea ante el exterminio indígena y propone una inversión del sistema: el salvaje aniquilado por el civilizado creador de murallas.
Sin embargo, el Imperio español, como ejemplo, nos permite matizar dicha relación y el valor defensivo de los muros. Solo en el Caribe con ciudades en cuadrícula de planta renacentista y amuralladas como San Juan, La Habana o Cartagena de Indias, España consiguió proteger sus territorios, dominar la ruta comercial y continuar un proceso de expansión que, utilizando los muros y baluartes como escudos defensivos, repelió el avance de otros imperios, de piratas y corsarios.
Esto permitió durante cuatrocientos años –al margen de las violencias e injusticias– la creación de una nueva sociedad cultural y biológicamente mestizada. Hasta tal punto que en el momento en el que las tropas anglosajonas se enfrentan a los apaches, Gerónimo, su líder, ya hablaba español. Esto muestra cómo tras la muralla imperial se consolidaba una civilización heredera del conocimiento antiguo, lejos de ser un simple proceso de exterminio y ocupación.
Desde la valla digital
Es la frontera y el muro, con sus violencias y contradicciones, lo que nos obliga a reflexionar sobre su futuro mientras disfrutamos de nuestra rutina diaria. Con una tostada de mantequilla en la mano, deslizamos nuestros ojos por los artículos de The Conversation, ajenos o conscientes de que, más allá o más acá de nuestras fronteras e ideologías, siempre hay vándalos y bárbaros al acecho.
Frye nos recuerda que la historia de los muros es también la historia de la humanidad: nos han protegido pero también nos han separado. La pregunta que queda abierta es si aprenderemos a construir puentes en lugar de seguir fortificando nuestras divisiones.