Publicado: junio 14, 2026, 11:27 am
Escuchar a alguien masticar, unos pasos en el piso de arriba o el clic repetitivo de un bolígrafo puede resultar molesto para cualquiera. Pero para una persona con misofonía, esos sonidos cotidianos pueden desencadenar una reacción emocional y física extrema. Ansiedad, irritación, tensión o incluso impulsos agresivos forman parte de una respuesta automática que condiciona profundamente su vida diaria.
La psicóloga Celia Incio, especializada en esta condición y autora de ‘Maldito ruido’ (Alfaguara), explica que vivir con misofonía implica muchas veces «una sensación constante de alerta». Quienes la padecen no solo «sufren cuando aparece el sonido desencadenante«, también por todo lo que ocurre alrededor: la anticipación, la vigilancia y el esfuerzo continuo por controlar el entorno.
Cómo sufren las personas con misofonía
«Hay personas que se despiertan pensando en cómo irá el día: si podrán concentrarse en el trabajo, descansar o comer tranquilas», señala, y añade que «muchas terminan organizando su rutina alrededor de evitar determinados sonidos«. Algunas usan auriculares durante horas, dejan de compartir comidas con su familia o rechazan planes sociales y viajes. «Cuando tu vida empieza a girar alrededor de evitar algo, el espacio en el que puedes sentirte tranquilo se hace cada vez más pequeño», resume.
Ese aislamiento progresivo afecta directamente a la calidad de vida, las relaciones personales y la autoestima. Además, la culpa suele estar muy presente. «La mayoría sabe que desde fuera su reacción puede parecer exagerada, pero al mismo tiempo siente que no puede evitarla», afirma Incio.
Uno de los grandes problemas de la misofonía es que sigue siendo una condición muy desconocida. Muchas personas pasan años pensando que simplemente tienen «manías» o que son «demasiado sensibles». Según explica la especialista, «en consulta es frecuente encontrar pacientes que nunca habían escuchado el término misofonía» y que habían aprendido a ocultar lo que les ocurría por vergüenza. «Muchas veces resulta más fácil decir ‘me duele la cabeza’ que explicar que escuchar cómo mastica otra persona te genera una reacción insoportable«, comenta. El miedo a ser juzgados hace que muchos afectados disimulen, inventen excusas o se aíslen sin compartir realmente lo que les pasa.
Sin embargo, la misofonía no es un fenómeno raro. Aunque todavía existe mucho infradiagnóstico, se estima que alrededor del 20% de la población presenta síntomas compatibles y que un 5% ve su vida significativamente limitada por esta condición. «Ponerle nombre suele aliviar muchísimo. Deja de ser ‘hay algo mal en mí’ para convertirse en ‘esto que me pasa tiene una explicación'», apunta.
Qué pasa a nivel cerebral
A nivel cerebral, la misofonía activa de forma intensa los circuitos relacionados con la alerta y el procesamiento emocional. El sonido deja de percibirse como algo neutro y el cerebro lo interpreta como una amenaza imposible de ignorar. «Es como si saltase una alarma de supervivencia donde realmente no existe un peligro real«, explica la psicóloga. Esa activación provoca una reacción inmediata en el cuerpo: tensión, aceleración, irritación y una necesidad urgente de escapar o detener el sonido. «Muchas personas describen que primero reacciona el cuerpo y después aparece el pensamiento«, señala.
En algunos casos, la respuesta emocional puede llegar a ser muy extrema. Algunas personas reconocen sentir impulsos agresivos hacia quien está emitiendo el sonido, aunque después experimentan una enorme culpa. «No ocurre porque quieran hacer daño ni porque sean personas violentas. El sistema nervioso está interpretando ese estímulo como algo totalmente insoportable», aclara Incio.
Cómo mejorar la misofonía
Pese al sufrimiento que genera, la especialista insiste en que la misofonía puede mejorar considerablemente con tratamiento adecuado. El objetivo de la terapia es ayudar al cerebro y al sistema nervioso a dejar de interpretarlos como amenazas constantes. «El problema muchas veces ya no es solo el sonido, sino todo lo que representa: invasión, descontrol o indefensión«, explica. Por eso, el trabajo terapéutico se centra en reducir la hipervigilancia, regular la activación emocional y modificar la relación que la persona ha construido con esos estímulos.
Los cambios, asegura, pueden llegar a ser muy significativos: «Hay pacientes que llegan pensando que no hay salida y tiempo después explican que los sonidos siguen estando, pero que su reacción es completamente diferente». Algunos vuelven a convivir con ruidos cotidianos sin sentir una rabia desbordante; otros incluso hablan «de la misofonía en pasado».
