Publicado: septiembre 13, 2026, 11:27 am
Los pies son la base sobre la que se sostiene nuestro cuerpo y, aunque a menudo solo pensamos en ellos cuando aparece dolor, la forma en la que los protegemos y el calzado que utilizamos puede influir en nuestra manera de caminar. Un zapato demasiado estrecho, rígido o que modifique de forma importante la posición natural del pie puede alterar la mecánica de la marcha y repercutir en otras zonas del cuerpo, incluida la espalda.
Seguro que más de una vez te has fijado en la silueta que tienen los pies de las personas que tienes al lado en la playa, los de tus amigos y has pensado: «¡qué feos son!». En muchas ocasiones, su forma se debe única y exclusivamente a los zapatos que han ido usando durante su vida, que ha hecho que aparezcan juanetes o estrechez en la punta. Y justo una de las cuestiones a las que conviene prestar atención es la parte delantera del calzado.
Los dedos necesitan espacio para colocarse y moverse, algo que no siempre ocurre con los diseños que estrechan progresivamente la puntera. Emmelie Karlstrom, Jefa de Diseño de Alohas, marca de calzado que cuida la ergonomía del pie, explica a los lectores de 20minutos que «una puntera amplia permite que los dedos se extiendan de forma natural, lo que puede mejorar la comodidad y reducir la presión innecesaria en la parte delantera del pie».
La diseñadora considera que el calzado debería adaptarse a la anatomía del pie y no al contrario. «El calzado debe respetar la forma natural del pie en lugar de comprimirlo«, señala. Esto resulta especialmente relevante porque los pies no son una estructura rígida: cuentan con numerosos huesos, articulaciones y músculos que participan en el equilibrio y en la propulsión durante cada paso.
¿Qué ocurre con el calzado ‘barefoot’?
En los últimos años, el calzado ‘barefoot’ o minimalista ha ganado popularidad precisamente por su intención de interferir lo menos posible en el movimiento natural del pie. Este tipo de calzado suele presentar una puntera amplia, una suela flexible y un drop cero, es decir, sin diferencia de altura entre la zona del talón y la parte delantera.
«El calzado tipo ‘barefoot’ está diseñado para permitir que el pie se mueva con mayor naturalidad», explica Karlstrom. Según añade, «para algunas personas, puede ayudar a fortalecer la musculatura del pie y fomentar una forma de caminar más natural«. Sin embargo, la experta introduce un matiz importante: «su uso debe introducirse gradualmente y no es la opción adecuada para todo el mundo».
Y es que pasar de un calzado convencional a uno minimalista de manera brusca puede suponer un cambio considerable para músculos, tendones y articulaciones que no están acostumbrados a trabajar de la misma manera. Por eso, más que considerar el ‘barefoot’ como una solución universal, conviene entenderlo como una opción que puede funcionar para algunas personas, pero que requiere adaptación.
De los pies a la espalda: ¿qué relación existe?
La conexión entre los pies y la espalda se entiende a través de la propia cadena de movimiento. Cada vez que caminamos, el pie recibe el impacto, se adapta al terreno y participa en la transmisión de fuerzas hacia el tobillo, la rodilla, la cadera y, finalmente, el tronco. Si la forma de apoyar el pie o de caminar cambia de manera significativa, también pueden producirse compensaciones en otras articulaciones.
Esto no significa que un determinado zapato vaya a causar directamente dolor de espalda, pero sí que determinadas alteraciones de la marcha pueden contribuir a generar sobrecargas. «El calzado que restringe el movimiento natural del pie o altera significativamente la alineación corporal puede modificar nuestra forma de caminar«, explica Karlstrom, de Alohas.
La consecuencia, según detalla, puede afectar a diferentes puntos de esa cadena corporal: «Con el tiempo, estos cambios pueden aumentar la tensión en los tobillos, las rodillas, las caderas y la zona lumbar, lo que puede contribuir a generar molestias en algunas personas». Por eso, más allá de seguir una determinada tendencia, la clave está en elegir un calzado que resulte cómodo, permita cierta libertad de movimiento y respete, en la medida de lo posible, la anatomía del pie.
