Publicado: mayo 13, 2026, 3:00 am
Andalucía votará este domingo 17 de mayo con el mismo entusiasmo con el que uno renueva el seguro del coche: sin pasión, pero sabiendo que es necesario y que luego vienen las consecuencias. Salvo terremoto demoscópico, apagón institucional o que aparezca de pronto Blas Infante montado en un dron sobre la Giralda, todo indica que Juanma Moreno volverá a ganar las elecciones andaluzas. La duda no es si ganará. La duda es si necesitará o no darle las gracias al candidato de Vox, Manuel Gavira, por los servicios prestados o por los votos restados.
Las encuestas publicadas antes del cierre legal coinciden en algo bastante raro en España: todas dicen prácticamente lo mismo. El PP ronda la mayoría absoluta —55 escaños— y el PSOE vive una mezcla de nostalgia, negación y terapia colectiva. Sin embargo, en la política española conviene desconfiar de las victorias anunciadas. Ya ocurrió en julio de 2023, cuando media derecha sociológica daba por amortizado a Pedro Sánchez y muchos optaron por la playa antes que por la urna. Luego llegaron las caras largas y los análisis existenciales sobre la abstención.
Pero regresemos a mayo de 2026. A Juanma Moreno Bonilla, presidente de la Junta, muchos salados le siguen llamando Moreno ‘Nocilla’, porque es dulce de carácter y algo blando en sus formas. A pesar de ello, el fenómeno Moreno merece casi un estudio sociológico porque ha conseguido algo que parecía imposible: gobernar Andalucía ocho años sin generar un odio proporcional. En España eso equivale a caminar sobre el Guadalquivir sin mojarse.
Mientras la política nacional vive instalada en el barro, el presidente andaluz ha cultivado una imagen de señor razonable, moderado, amable y ligeramente aburrido. Y eso, después de una década de hiperventilación política, es oro electoral. Moreno no entusiasma, pero sí tranquiliza. No promete revoluciones, pero sí gestión. No parece querer cambiar Andalucía, le basta con mejorarla sin estridencias ni dar problemas. Y muchísima gente firma eso encantada, dados los tiempos que corren.
El truco de Moreno Bonilla ha sido inteligente: gobernar el sur como si fuera una comunidad del norte. Menos épica y más aire acondicionado. Incluso los escándalos sanitarios recientes —como el caos de los cribados de cáncer de mama— apenas han alterado la fotografía electoral. Porque el votante medio andaluz parece haber llegado a una importante conclusión: “habrá problemas, sí… pero más vale Moreno conocido que Montero por conocer”.
La candidatura de María Jesús Montero pretendía ser el gran revulsivo socialista. Madrid envió a una ministra potente, conocida, con experiencia y enorme presencia mediática. El problema es que Andalucía no pedía una ministra, pedía una alternativa creíble. Y no la ha encontrado. Las encuestas apuntan al peor resultado histórico del PSOE andaluz. Lo verdaderamente dramático no es solo perder, es que ya nadie parece escandalizarse demasiado.
El partido sigue atrapado entre dos fantasmas: el recuerdo de los ERE y la sensación de que ya no entienden del todo a los andaluces. Durante décadas, el PSOE fue Andalucía. Ahora parece un antiguo propietario que vuelve al barrio y descubre que han abierto cafeterías modernas donde antes estaban sus tascas de siempre. Lo de Montero puede acabar siendo un “accidente laboral” -como ella misma diría- si las encuestas se confirman y los escasos mítines que le quedan a Sánchez no lo remedian.
Mientras Juanma Moreno ocupa el centro político con sonrisa de notario simpático, sin mancharse las manos ni soltar un grito, Montero aparece demasiado vinculada al ruido nacional de Pedro Sánchez. Eso moviliza a los fieles… pero también moviliza a quienes quieren votar contra Madrid aunque estén eligiendo quién arregla una carretera en Jaén.
Una vez conozcamos los resultados definitivos, veremos cómo actúan los partidos tras su éxito particular o su fracaso estrepitoso. Dicen los que saben de derrotas, que el problema de perder elecciones no es solo perderlas; es tener que escuchar después a los que ya te lo habían advertido.
