Publicado: mayo 18, 2026, 4:00 pm
Es muy fácil identificar a esas parejas que están juntas pero que en realidad no se soportan. Solo hay que atender a sus gestos, sus caras… La psicóloga Lara Ferreiro, experta en relaciones de pareja, describe un fenómeno cada vez más frecuente y silencioso: parejas que permanecen juntas pese a no estar bien. No se trata de casos aislados, sino de una realidad extendida que, según explica, responde a una combinación compleja de factores emocionales, sociales y económicos. «Las parejas que siguen juntas y no se soportan no siguen juntas por amor, sino por apego, por miedo a estar solo«, afirma, desmontando uno de los mitos más arraigados sobre la permanencia en las relaciones.
Uno de los pilares de este fenómeno es la dependencia emocional. Muchas personas no permanecen en la relación porque quieran, sino porque sienten que no pueden vivir sin la otra persona. «Confunden amor con necesidad», señala Ferreiro, apuntando a un problema profundo de gestión emocional. Tal como señala, «este tipo de vínculo suele estar asociado a un apego ansioso, donde el miedo al abandono y a la soledad pesa más que el bienestar personal». En estos casos, la relación deja de ser un espacio de crecimiento para convertirse en una fuente constante de ansiedad.
A este miedo se suma la dificultad de enfrentarse a lo desconocido. Tal como explica la psicóloga, «el cerebro humano teme más a lo desconocido que a lo malo conocido». Esta idea ayuda a entender por qué muchas personas prefieren quedarse en relaciones insatisfactorias antes que enfrentarse a una ruptura. Aparecen pensamientos como «¿y si no encuentro a nadie más?» o «a mi edad ya no puedo empezar de cero«, que refuerzan la inercia de continuar en una situación que no funciona.
Los hijos, ¿unen o desunen?
Otro factor clave es la dependencia económica y la estructura de vida compartida. Hipotecas, hijos, negocios en común o un estilo de vida consolidado hacen que la separación no sea solo una decisión emocional, también práctica. «Se implica reorganizar toda la vida y genera una resistencia brutal«, explica Ferreiro. En este sentido, la relación se mantiene no por vínculo afectivo, sino por la dificultad logística de romper con todo lo construido.
Los hijos, lejos de ser siempre un elemento de unión, pueden convertirse en un motivo para prolongar relaciones deterioradas. Muchas parejas justifican su permanencia con la idea de «estar juntos por los niños«, aunque en realidad la convivencia esté marcada por el conflicto. «Los hijos no unen, los hijos atan», afirma la psicóloga, subrayando cómo esta creencia puede perpetuar dinámicas poco saludables.
El tiempo juntos, el motivo principal para no romper
Además, existe una dimensión psicológica relacionada con la autoestima. Muchas personas permanecen en relaciones insatisfactorias porque creen que no merecen algo mejor. «Esto es lo que me toca», es una de las creencias limitantes más comunes. A ello se suma la llamada «inversión emocional»: años de dedicación que hacen difícil aceptar que la relación no ha funcionado. «Llevo diez años invertidos, no voy a tirar todo por la borda«, es un pensamiento recurrente que refuerza la permanencia. Las dinámicas tóxicas también juegan un papel importante. Ferreiro menciona la “adicción a relaciones conflictivas», basada en ciclos de discusión, distancia y reconciliación intensa. Este refuerzo intermitente genera un vínculo difícil de romper, ya que alterna momentos negativos con otros de alta intensidad emocional que refuerzan la conexión.
El resentimiento acumulado, especialmente tras infidelidades, es otro elemento frecuente. Aunque el daño emocional sea profundo, muchas personas deciden quedarse por motivos económicos o sociales. «Tienen un profundo resentimiento hacia su pareja, pero no se separan», explica. En estos casos, la relación se convierte en un espacio de desgaste continuo. El miedo al juicio social también influye. La presión por mantener una imagen de familia perfecta puede ser más fuerte que el deseo de vivir en paz. «El relato público puede ser más fuerte que el deseo de vivir en paz», señala Ferreiro, evidenciando cómo las expectativas externas condicionan decisiones íntimas.
Cuando sí se puede salvar la relación
Ante esta realidad, la psicóloga propone como primer paso «diagnosticar la relación». Es decir, analizar si aún existe respeto, admiración y voluntad de cambio. Si estos elementos están presentes, la terapia de pareja puede ser una herramienta útil. Sin embargo, advierte que muchas parejas acuden demasiado tarde: «Me traen un cadáver en muchos casos». Cuando la relación está completamente deteriorada, la alternativa es aprender a soltar. «Separarse no es fracasar, es elegirte», afirma con claridad. Mantenerse en una relación que genera sufrimiento prolongado puede ser más dañino que afrontar una ruptura. «Una ruptura sana duele menos que una relación que te destruye poco a poco», concluye.
Con las declaraciones de Lara Ferreiro queda claro que las parejas que están juntas pero no se soportan no permanecen unidas por amor, sino por una red de miedos, dependencias y creencias limitantes. Se trata de relaciones agotadas, sostenidas por la inercia y el temor al cambio. Visibilizar este fenómeno es el primer paso para cuestionarlo y, en muchos casos, para tomar decisiones que prioricen el bienestar emocional.
