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In dubio pro reo

Publicado: mayo 6, 2026, 9:48 am

No es sencillo convencer a alguien de que vale la pena examinarse a uno mismo. Aunque los griegos, inventores de casi todo, lo tenían muy claro y por escrito en Delfos: “Conócete a ti mismo” Quizá porque todo el mundo va a lo suyo -menos yo que voy a lo mío- nadie tiene tiempo de profundizar en pequeñeces existenciales. Tampoco es de extrañar que el ambiente nacional de este país tan dividido desde hace años, ande hoy enrarecido y desdibujado, principalmente en las salas de Justicia donde se intenta dilucidar la verdad de las mentiras.

Parece como si alguien hubiera abierto la espita del gas y de repente todo empieza a oler mal, oler a huevos podridos o azufre. Todos saben que el gas natural no huele, pero puede acabar con tu vida como te descuides. Por esa misma razón inodora se le añade un producto químico, el etil de mercaptano, para que apeste y todos sepan que algo malo ocurre a su alrededor. El mercaptano no es dañino, solo huele mal, y se utiliza para averiguar dónde está el verdadero problema.

Sucede lo mismo con el rosario de imputados y testigos de moda de estos últimos meses: Ábalos, Koldo, Aldama, los de la Kitchen con Soraya y Rajoy desfilando por el Tribunal Supremo; la inefable fontanera del PSOE, Leire Díez, y su compinche Pérez Dolcet; el ex comisario Villarejo, también conocido como “pillarejo, el emérito de las cloacas”, y otros cuantos más de cuyo nombre no puedo acordarme. A pesar de la presunción de inocencia, la mayoría de ellos huelen muy mal, pero para aclarar y dictaminar ese gran hedor está la Justicia, no nuestro olfato de sabuesos.

Los encausados cargan con la pena de “Telediario” y con los claros indicios de la UCO y la Fiscalía. Aunque todo esto no es suficiente. Hay que enmarcarlos a todos alrededor de un tribunal y una sentencia que indique que allí hubo un delito, no solo ese cierto olor a podrido basta para que alguien se pase diez años de cárcel o uno solo. Muchos en España son de “gatillo fácil” a la hora de condenar -sobre todo a los rivales-, a otros les traiciona su pasión de “justicieros de salón”, pero hasta el más apestoso de los imputados tiene derecho a garantías procesales, para que se le apliquen unas reglas de juego justas y un juicio ecuánime.

A muchos les sonará a latinajo en desuso, a polifonía primitiva de claustro románico, pero es una de las mejores garantías para que no te condenen por las sospechas o las meras probabilidades. Deben ser las certezas de que tú eres el culpable de los hechos los que realmente te lleven al trullo. Me refiero, al siempre útil, imprescindible y nunca suficientemente valorado “in dubio pro reo”: en caso de duda, a favor del acusado. La duda debe ser razonable, no arbitraria ni forzada. Sin embargo, hay dudas y dudas, y no me cabe la menor duda de que esta siempre debe favorecer al reo… salvo que la opinión pública ya le haya condenado.

Se supone que las cosas de la Justicia no son tan así, pero la presión ambiental no debe ser fácil de ignorar. Ayer martes, almorcé con un buen amigo, que casualmente es juez. Le hable de esas dudas beneficiosas para el acusado, y se limitó a decirme una frase que todavía sigo reflexionando: Inocentes son los niños y los ancianos, y no todos; los demás somos carne de cañón judicial. No olvides, que el crimen perfecto no es el que no deja huellas, sino el que deja dudas”.

En definitiva, con dudas o sin ellas, “in dubio pro reo” es la solución; lo que viene en llamarse la penúltima Coca-Cola del desierto. Luego está el indulto particular, pero eso ya es un milagro para otro día.

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