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El único objeto humano en la cara oculta de la Luna es chino: así ha sido la historia de los alunizajes

Publicado: abril 6, 2026, 2:58 pm

Más de medio siglo después de las misiones Apollo, la exploración tripulada de la Luna vive hoy uno de sus momentos más simbólicos. La misión Artemis II alcanza su punto álgido con un sobrevuelo alrededor del satélite que, aunque no incluye alunizaje, supone un paso clave hacia el regreso de los humanos a su superficie.

A bordo de la nave Orion, la tripulación formada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen se adentra en el espacio profundo para rodear la Luna y regresar a la Tierra.

Tras entrar en la esfera de influencia lunar, lo que ha ocurrido durante la pasada madrugada, la nave ha ejecutado una secuencia de maniobras que culminarán con su paso por la cara oculta. Será entonces cuando se produzca uno de los momentos más críticos: Orion perderá la comunicación con la Tierra durante unos 40 minutos, justo cuando alcance su máximo acercamiento, a unos 6.500 kilómetros de altitud. Ese apagón, idéntico al que vivieron los astronautas del programa Apollo, es inevitable: la propia Luna bloquea las señales. Cuando la conexión se restablezca, llegarán también los datos y las imágenes de una región que sigue siendo, en muchos sentidos, territorio desconocido.

Pero aunque es territorio desconocido para los humanos, esta parte de la Luna no está vacía. Hay un único objeto que la domina.

Restos en la Luna: desde módulos de alunizaje hasta pelotas de golf

Aunque pueda parecer lo contrario, la Luna está lejos de ser un desierto intacto. Su cara visible, la que siempre apunta hacia la Tierra, se ha convertido en una especie de archivo físico de la exploración espacial. Allí se concentran todos los alunizajes históricos de la Guerra Fría —desde la sonda soviética Luna 9 hasta las seis misiones tripuladas del programa Apolo, de Apollo 11 a Apollo 17—, así como la mayoría de las misiones recientes impulsadas por agencias espaciales. Sobre esa superficie reposan etapas de módulos lunares, rovers como los de Apolo 15, 16 y 17, vehículos soviéticos como Lunokhod y módulos más recientes de China, India o Japón.

La infografía que acompaña a este artículo recoge precisamente esos alunizajes oficiales, es decir, los realizados por agencias espaciales nacionales a lo largo de la historia. Un mapa que ayuda a entender cómo se ha construido, paso a paso, la presencia humana en la Luna.

Pero más allá de la tecnología, hay también un rastro profundamente humano. En la Luna siguen las huellas de los astronautas, perfectamente conservadas por la ausencia de atmósfera; reflectores láser que todavía se utilizan desde la Tierra para medir la distancia con precisión milimétrica; instrumentos científicos abandonados, y cientos de objetos cotidianos que sorprenden por su carga simbólica. Desde cámaras y herramientas hasta mochilas, restos de comida o bolsas con desechos humanos que se dejaron para aligerar peso. Incluso hay objetos casi anecdóticos, como las pelotas de golf de Apollo 14 o la pequeña escultura Fallen Astronaut, un memorial en miniatura que recuerda a los astronautas caídos.

Ese legado, sin embargo, está cambiando de naturaleza. En los últimos años han empezado a aparecer también misiones comerciales, impulsadas por empresas privadas, que están abriendo una nueva etapa en la exploración lunar. Aunque no aparecen en el gráfico —centrado en agencias—, su papel será cada vez más relevante teniendo en cuenta el objetivo de la NASA de establecer una base en la Luna.

En paralelo a las misiones estatales, la NASA está impulsando un modelo en el que las empresas privadas juegan un papel clave a través de programas como CLPS (Commercial Lunar Payload Services). La idea es delegar en compañías el envío de sondas, instrumentos y tecnología a la superficie lunar, abaratando costes y aumentando la frecuencia de misiones. La misión Peregrine Mission One (2024), de Astrobotic, fue el primer intento dentro de este programa, aunque no logró alcanzar la Luna tras sufrir una fuga de propelente. Poco después, como IM-1 Nova-C Odysseus (2024), y misiones posteriores como Blue Ghost Mission 1, que consolidan este nuevo modelo.

A medio plazo, estas sondas no solo transportarán experimentos científicos, sino también infraestructuras clave: sistemas de comunicación, módulos logísticos o incluso recursos necesarios para futuras bases.

Los rovers de China, únicos en la cara oculta de la Luna

Ese paisaje ‘poblado’ de la cara visible cambia radicalmente al cruzar al otro lado. Durante décadas, la cara oculta de la Luna permaneció completamente libre de presencia humana.

Todo cambió en 2019, cuando Chang’e 4 logró el primer alunizaje en esa región gracias a un satélite de retransmisión. A bordo viajaba el rover Yutu-2, que sigue activo. En 2024, China reforzó esa presencia con Chang’e 6, que recogió muestras del suelo de la cara oculta.

Desde el punto de vista científico, sin embargo, la cara oculta es especialmente valiosa. A diferencia de la visible, donde predominan grandes llanuras basálticas (los llamados ‘mares’), el lado oculto está mucho más cubierto de cráteres y conserva mejor la historia primitiva del sistema solar. Durante el sobrevuelo, la tripulación de Artemis II observará grandes cuencas de impacto como Orientale, con cerca de 1.000 kilómetros de diámetro y una estructura de anillos concéntricos excepcionalmente bien conservada, o Hertzsprung, más antigua y erosionada. Comparar ambas permite a los científicos reconstruir cómo evoluciona la superficie lunar a lo largo de miles de millones de años.

Así, mientras Orion atraviesa esa frontera invisible entre ambas caras, el contraste es absoluto. De un lado, un paisaje salpicado de restos humanos, tecnología abandonada y huellas que llevan intactas más de 50 años. Del otro, una superficie casi virgen donde apenas hay presencia de nuestra especie.

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