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El software convierte la guerra en el nuevo negocio del capital riesgo

Publicado: julio 19, 2026, 3:00 am

Europa gastó 343.000 millones de euros en defensa durante 2024, un 19% más, y el capital riesgo ya pelea por quedarse con una parte de ese dinero. Dragoneer, Lightspeed, Goldman Sachs Alternatives, JPMorgan y CPP Investments acaban de inyectar 1.800 millones de dólares en Helsing, una compañía alemana fundada hace apenas cinco años que ya vale 18.000 millones. Helsing empezó desarrollando programas de inteligencia artificial capaces de ordenar la información que llega desde radares, cámaras y sensores militares. Después dio el salto a los drones de ataque, la guerra electrónica, los planeadores submarinos autónomos y las aeronaves de combate sin piloto.

La estadounidense Anduril había captado otros 5.000 millones en mayo. Fabrica drones de vigilancia y ataque, interceptores destinados a derribar aeronaves enemigas, vehículos submarinos autónomos y el Fury, un avión no tripulado diseñado para acompañar a cazas tripulados. Thrive Capital y Andreessen Horowitz duplicaron entonces su valoración hasta los 61.000 millones, más de lo que valen en Bolsa muchas empresas industriales con décadas de actividad, miles de trabajadores y fábricas repartidas por varios continentes.

Vender drones no basta

Los grandes fabricantes de armamento llevan décadas utilizando software, aunque el negocio siempre giró alrededor del avión, el tanque, la fragata o el misil. El cliente compraba la máquina, pagaba el mantenimiento y esperaba años hasta recibir una modernización que podía costar casi tanto como el contrato original.

Anduril cambió ese orden con Lattice, una plataforma que conecta radares, cámaras, sensores y vehículos autónomos dentro de la misma red. El programa recoge toda la información, la ordena y permite que varias máquinas compartan lo que están viendo durante una operación.

Un radar puede detectar una amenaza y enviar el objetivo a un dron situado a kilómetros. Ese aparato puede seguirla, pasar su posición a un interceptor y continuar buscando nuevos movimientos sin que cada máquina necesite recibir las órdenes por separado. El hardware ejecuta la misión, pero el software decide cómo se coordinan las piezas.

El nuevo código militar

Una aplicación bancaria mejora cuando recibe una actualización sin obligar al cliente a cambiar de teléfono. El software militar busca algo parecido, aunque una mala versión no deja únicamente una pantalla bloqueada porque una frecuencia interferida, una señal GPS manipulada o una imagen confundida con un objetivo pueden inutilizar todo el sistema.

Ucrania ha reducido ese ciclo desde varios años hasta unas pocas semanas. Un dron capaz de cruzar hoy las defensas puede quedar fuera de juego mañana cuando el enemigo descubre cómo cortar su comunicación, engañar su sistema de navegación o localizar la frecuencia que utiliza.

La siguiente unidad puede salir con otro algoritmo, una ruta distinta o más autonomía para seguir volando, aunque pierda el contacto con el operador. El fabricante no tiene que diseñar un aparato completamente nuevo, pero sí necesita estudiar el fallo, modificar el programa y probar la siguiente versión antes de que el adversario vuelva a adelantarse.

El dinero entra

Las startups europeas de defensa, seguridad y resiliencia captaron 8.700 millones de dólares durante 2025, un 55% más que el año anterior, según datos de la plataforma Dealroom. La IA absorbió una parte creciente de esas operaciones, pero los fondos de capital riesgo ya no financian únicamente proyectos encerrados en un laboratorio, porque muchas compañías han probado sus sistemas, buscan contratos públicos y necesitan dinero para fabricar miles de unidades.

Los inversores aceptan ese riesgo porque entrar después, cuando los contratos ya están firmados y las ventas justifican la valoración, reduce también la posible ganancia. Helsing vale 18.000 millones antes de haber demostrado que puede producir a la escala necesaria para sostener ese precio.

Por otro lado, la inversión en defensa había encajado mal durante años en el capital riesgo tradicional. Los concursos públicos podían alargarse, vender a otro país exigía permisos y las empresas debían gastar primero en pruebas, certificaciones y producción sin saber cuándo recibirían el primer pedido.

Los presupuestos europeos han recortado ahora una parte de esa incertidumbre. La Agencia Europea de Defensa calcula que los Veintisiete gastaron 343.000 millones de euros en 2024 y proyectó 381.000 millones para 2025, mientras la inversión en equipamiento, investigación y desarrollo podía acercarse a los 130.000 millones.

Los gobiernos tienen más dinero y también menos tiempo. Necesitan reponer munición, proteger infraestructuras, reforzar sus comunicaciones y comprar sistemas capaces de funcionar cuando el enemigo bloquea el GPS o corta el contacto con el operador. El siguiente problema llegará cuando esos fondos quieran recuperar el dinero. El capital riesgo entra para salir unos años después, pero la defensa europea todavía ofrece pocas operaciones capaces de absorber compañías de este tamaño sin entregarlas a uno de los grandes contratistas del sector.

Una salida a Bolsa exigiría cuentas más transparentes, ingresos previsibles y una cartera de pedidos suficientemente estable para convencer a inversores acostumbrados a comparar márgenes, caja y deuda. La otra vía pasa por vender la empresa a grupos como Airbus, Rheinmetall, Leonardo o BAE Systems, precisamente los fabricantes a los que estas startups nacieron para disputar contratos y velocidad tecnológica.

Los gobiernos tendrán entonces algo más que armamento que decidir. Si permiten que los grandes grupos absorban a los nuevos competidores, pueden recuperar la concentración que intentaban romper; si bloquean las compras, deberán sostener durante años un mercado independiente capaz de financiar crecimiento, adquisiciones y nuevas rondas. El capital riesgo ya ha entrado en la guerra. Todavía falta saber quién le comprará después su parte.

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