Publicado: julio 3, 2026, 8:09 am
El Gran Colisionador de Hadrones, más conocido como LHC, ha entrado en la tercera gran parada técnica de su historia. Las últimas colisiones destinadas a investigaciones científicas se registraron el 14 de junio y los haces finales dejaron de circular el 27 de junio. Comienza así una intervención que debe convertir el acelerador actual en el futuro LHC de Alta Luminosidad, cuya puesta en marcha está prevista para junio de 2030.
El término ‘parada’ puede resultar engañoso. No significa que el CERN cierre sus puertas ni que sus investigadores se queden sin trabajo. Significa que el LHC deja de producir nuevas colisiones mientras se desmontan equipos, se sustituyen componentes y se transforman sus principales detectores.
¿Qué se apaga realmente?
El CERN es un laboratorio mucho más amplio que el LHC. Alberga una cadena de aceleradores, instalaciones de antimateria, experimentos de física nuclear y proyectos que investigan nuevas formas de acelerar partículas. Algunos de esos equipos continuarán funcionando hasta finales de agosto y después entrarán también en periodos de mantenimiento y renovación de distinta duración. Los aceleradores que alimentan al LHC comenzarán a reactivarse gradualmente a partir de 2028.
Lo que sí se interrumpe durante cuatro años es la producción de nuevas colisiones en el instrumento más potente del complejo. Los experimentos ATLAS, CMS, ALICE y LHCb ya no recibirán nuevos acontecimientos procedentes del choque de protones o de núcleos pesados.
Es decir: durante cuatro años, el acelerador no hará chocar protones ni núcleos atómicos. Sus grandes detectores dejarán de recoger datos nuevos, aunque los científicos podrán seguir estudiando la enorme cantidad de información acumulada hasta ahora.
Porque el LHC ha entregado a ATLAS y CMS una cantidad récord de datos y sus experimentos han generado ya alrededor de 4.500 publicaciones científicas revisadas por pares. El propio CERN reconoce que buena parte de la información acumulada todavía no ha sido explotada y seguirá analizándose durante la parada.
Por tanto, no habrá cuatro años sin resultados. Habrá publicaciones, nuevas mediciones y posiblemente hallazgos extraídos de colisiones que ya se produjeron. Lo que no podrán hacer los investigadores será pedirle a la máquina más datos para comprobar rápidamente una anomalía, aumentar la precisión de una señal o buscar un fenómeno con una estrategia experimental diferente.
¿Por qué hacen falta cuatro años?
El LHC no es un aparato que pueda desenchufarse, repararse y volver a encenderse en unas semanas. Su anillo -túnel circular- de 27 kilómetros se encuentra a unos 100 metros de profundidad y emplea más de 9.000 imanes superconductores, mantenidos mediante el mayor sistema criogénico de su clase a temperaturas cercanas al cero absoluto.
Antes de acceder a determinados sectores hay que retirar los haces, desconectar sistemas, elevar progresivamente la temperatura de los equipos y garantizar que las zonas sean seguras. Después llegan el desmontaje, la instalación de los nuevos componentes, la conexión de miles de sistemas eléctricos y criogénicos, las pruebas individuales y la comprobación de que todo el conjunto funciona como una única máquina.
El CERN renovará solo unos 1,2 kilómetros de los 27 que tiene el acelerador, pero actuará precisamente en sus puntos más sensibles: las zonas donde los protones se concentran y chocan dentro de ATLAS y CMS, los dos grandes detectores que funcionan como gigantescas cámaras científicas y registran las partículas producidas en cada colisión.
La reforma permitirá concentrar mejor los haces y multiplicar el número de choques. Para conseguirlo, se instalarán imanes más potentes, nuevos sistemas eléctricos y equipos capaces de corregir o absorber las partículas que se desvíen de su recorrido. ATLAS y CMS también renovarán parte de sus sensores y de su electrónica para registrar y procesar muchas más colisiones sin perder precisión.
Los cuatro años, por tanto, no corresponden únicamente a las obras. Incluyen el desmontaje, la instalación, la refrigeración de nuevo hasta unos 1,9 kelvin —unos 271 grados bajo cero—, el alineamiento, las pruebas de seguridad y una puesta en marcha gradual en la que cada elemento debe funcionar dentro de tolerancias extremadamente pequeñas.
Más colisiones, pero no partículas más rápidas
Cuando el LHC regrese no aumentará sustancialmente la energía con la que chocan los protones. El cambio principal será otro: producirá muchas más colisiones y podrá mantener ese ritmo durante más tiempo.
La luminosidad, en física de partículas, expresa la capacidad de un acelerador para generar colisiones. Cuantas más se producen, mayores son las posibilidades de observar acontecimientos muy poco frecuentes. El futuro LHC de Alta Luminosidad pretende multiplicar por diez la cantidad total de datos que el acelerador fue diseñado originalmente para recopilar.
En ATLAS y CMS se pasará de alrededor de 60 colisiones simultáneas cada vez que se cruzan dos paquetes de partículas a entre 140 y 200. Sus detectores tendrán que distinguir en una fracción de segundo qué trayectorias pertenecen a cada choque y cuáles merecen conservarse para ser estudiadas.
El objetivo es medir con mucha más precisión el comportamiento del bosón de Higgs, investigar procesos extraordinariamente raros y buscar desviaciones respecto al modelo estándar de la física.
El CERN calcula que la nueva etapa podría producir unos 380 millones de bosones de Higgs durante toda su vida útil, frente a los aproximadamente 55 millones generados desde el inicio del LHC.
¿Qué se pierde durante estos cuatro años?
La principal pérdida es tiempo experimental. Hasta 2030 no habrá nuevos datos procedentes de colisiones en la frontera energética que representa el LHC. Si los análisis existentes revelan una señal intrigante, los científicos podrán revisarla y compararla con otros resultados, pero no podrán solicitar inmediatamente una nueva tanda de colisiones para comprobarla.
Tampoco habrá oportunidades de descubrir fenómenos que solo aparezcan después de acumular más acontecimientos. En física de partículas, algunos procesos son tan infrecuentes que pueden quedar ocultos entre miles de millones de colisiones ordinarias. Cada año sin haces supone un año sin la posibilidad de que uno de esos sucesos se produzca y quede registrado.
No se pierden, en cambio, los datos ya recogidos ni el conocimiento acumulado. La pausa se utiliza precisamente porque resulta más eficiente agrupar en una única intervención prolongada unos trabajos que obligan a abrir sectores del acelerador, modificar los detectores y volver a certificar la seguridad del conjunto.
¿Puede retrasarse más allá de 2030?
Sí. Junio de 2030 es la fecha prevista, no una garantía inamovible. El calendario ya fue revisado en 2024 y el inicio de la nueva etapa se aplazó aproximadamente un año. El CERN atribuyó el cambio, entre otras razones, a las dificultades técnicas encontradas en las mejoras de ATLAS y CMS, así como a las consecuencias de la pandemia y de la invasión rusa de Ucrania sobre la fabricación y los suministros.
Los nuevos imanes, detectores y sistemas electrónicos se producen en distintos países y deben integrarse en una infraestructura en la que cualquier fallo puede afectar al conjunto. Los márgenes de seguridad son amplios porque un error durante la instalación o la puesta en marcha podría provocar una demora mucho mayor.
¿Esto afecta a la población general?
Para la población general, la desconexión no tendrá un efecto inmediato. El LHC no presta un servicio cotidiano cuya interrupción afecte a las comunicaciones, los hospitales, la energía o el transporte. Su misión es la investigación fundamental, por lo que las consecuencias se miden en conocimiento, formación científica y desarrollo tecnológico a largo plazo.
