Publicado: julio 4, 2026, 6:08 am

«Comprar la caída» se ha convertido en la respuesta automática de Wall Street. Cada vez que la bolsa tropieza, aparece un aluvión de dinero esperando el rebote. La idea parece cargada de sentido común, ya que, si el mercado cae y la economía no se rompe, se compra más barato. El problema es que esa fe se ha disparado justo cuando Trump está multiplicando los motivos para que la bolsa caiga deprisa.
A finales de marzo, el 100% de los gestores institucionales encuestados por el profesor y economista Robert Shiller confesaba creer firmemente en la estrategia de comprar la caída. Tres meses antes era el 57%. Ese salto no se produjo en mitad de un mercado tranquilo, sino precisamente cuando los aranceles, la inflación, los bandazos de la Reserva Federal (Fed) y la tensión geopolítica empezaban a dictar el pulso diario en Nueva York.
Susto y tregua
Pocos días después llegó la prueba extrema. El 2 de abril, Trump bautizó como ‘Día de la Liberación’ una subida arancelaria que el mercado leyó como una amenaza directa a beneficios, consumo e inflación. Al día siguiente, el S&P 500 cayó un 4,84%, el Nasdaq se hundió cerca de un 6% y el Dow perdió casi 1.700 puntos. Los bonos empezaron a tensarse y el mercado comprobó, por las malas, que una amenaza de Trump podía golpear a la vez a las acciones, la deuda y al dólar.
Pero la segunda parte fue todavía más importante. El 9 de abril, Trump anunció una pausa de 90 días en parte de los aranceles y el mercado rebotó con violencia: el S&P 500 subió un 9,5%, el Dow avanzó un 7,8% y el Nasdaq se disparó más del 12%. La lección que se llevó Wall Street fue que, si el susto viene del presidente y después aparece una tregua, comprar la caída puede funcionar muy bien.
Cada inversor que compró durante el pánico recibió una recompensa inmediata, y cada inversor que esperó una caída más profunda vio cómo el tren volvía a arrancar sin él. En Wall Street, pocas cosas duelen más que quedarse fuera de un buen rally.
A partir de ese instante, cada nuevo revés geopolítico empezó a mirarse con la misma plantilla. ¿Es una amenaza que puede acabar en pausa, negociación o marcha atrás? ¿O esta vez sí va a tocar a los precios, tipos de interés y beneficios?
Esa es la delgada línea que separa a un mercado que descuenta malas noticias de otro que simplemente descuenta la posibilidad de que esas malas noticias se retiren antes de hacer daño real. Mientras el riesgo parezca reversible, la caída se compra. Pero si la amenaza toca el hueso de los beneficios y la política monetaria, el sesgo cambia por completo.
¿Dinero ciego?
La diferencia se vio cuando el foco pasó de los aranceles al petróleo. Irán y Ormuz cambiaron la naturaleza del susto porque ya no bastaba con esperar una firma, una prórroga o una decisión judicial. Si el crudo sube durante unos días y luego corrige, la caída vuelve a parecer comprable.
Sin embargo, desde J.P. Morgan advierten de que, aunque muchos shocks geopolíticos se desvanecen cuando el conflicto queda contenido, el factor energético es más complicado porque puede enfriar el crecimiento y relanzar la inflación al mismo tiempo. A su vez, Morgan Stanley advierte de que una subida rápida del petróleo puede ser asumible si se corrige pronto, pero una subida persistente cambia la lectura porque entra en actividad, expectativas de inflación y política monetaria.
Aun así, el dinero ha seguido entrando en tromba. Según datos de LSEG Lipper, desde finales de marzo hasta finales de junio los fondos de renta variable estadounidense acumularon más de 130.000 millones de dólares de entradas netas.
El peligro del consenso absoluto
Desde 2020, Wall Street se ha acostumbrado a que muchas caídas rápidas encuentren compradores. Primero fue la barra libre de liquidez de la pandemia, luego la moderación de la inflación y ahora la estrategia de Trump.
El mercado no necesita creer que Trump será previsible. Le basta con creer que, cuando el daño sea demasiado evidente, aparecerá una pausa, una negociación o una rebaja del tono.
Los precedentes históricos juegan a favor de los inversores. Los análisis cuantitativos de Goldman Sachs reflejan que, desde 1980, el S&P 500 ha cosechado una rentabilidad media del 6% en los tres meses posteriores a una corrección del 5% desde máximos, con retornos positivos en el 84% de las ocasiones. Con esa estadística sobre la mesa, bajarse de la ola resulta casi imposible.
El peligro latente estriba en que las medias estadísticas suelen meter en el mismo saco realidades muy distintas. No se compra igual una corrección técnica puramente saludable dentro de un mercado alcista que el primer tramo de una recesión de beneficios corporativos, un shock inflacionario estructural o un ciclo de endurecimiento monetario que aún no ha terminado de purgar el sistema.
La historia de Wall Street está plagada de inversores que sufrieron el castigo de confundir volatilidad con un cambio de ciclo. En la crisis del petróleo de 1973, el espejo macroeconómico más fiel a las tensiones actuales, el S&P 500 se hundió un 50% y atrapó al dinero en un páramo lateral que tardó dos décadas en recuperar su valor real.
Del mismo modo, quienes acudieron en masa a comprar el desplome de la burbuja tecnológica en el año 2000 descubrieron que el mercado bajista no duraba unas semanas, sino 31 agónicos meses de caídas ininterrumpidas.
Según la teoría de la ‘opinión contraría’, la probabilidad de que se produzca una corrección aumenta de forma exponencial a medida que más inversores se convencen de que comprar en las caídas siempre funciona.
