Publicado: octubre 21, 2026, 3:00 am

Con toques de queda parciales en París y varias ciudades del país decretados por el Gobierno, Francia respira un ambiente de calma tensa después del estallido de violencia y vandalismo que ha detonado las protestas sociales en el país galo de las últimas semanas. Con saqueos de comercios, duros enfrentamientos con la policía e incluso con la quema de edificios gubernamentales como el histórico Ayuntamiento de Limoges, los altercados se han reproducido en Milán —donde el Ejecutivo italiano ya ha anunciado medidas de emergencia—, en Bélgica o en Albania, mientras que en otros países, como Portugal o España, también se suceden diferentes movilizaciones pacíficas.
Dentro de diferentes realidades, las reivindicaciones —las demandas educativas, la crisis de la vivienda, el descontento por la corrupción, la falta de oportunidades o el imparable encarecimiento de la vida— reflejan problemas compartidos para toda una generación de jóvenes en Europa: unas expectativas de progreso cada vez más difíciles de satisfacer, una creciente frustración generacional y la pérdida de confianza en las instituciones. Un malestar de fondo en el que confluyen muchos actores, causas y consecuencias que pueden desencadenar este tipo de disturbios violentos.
«Es una tormenta perfecta en la que confluyen el descontento generalizado de los jóvenes, los problemas de integración social de determinados colectivos y la debilidad política de los gobiernos, en este caso el francés, que aprovechan grupos organizados para introducir reivindicaciones propias, provocar altercados o simplemente saquear, contaminando esas propuestas legítimas de otros grupos sociales», explica a 20minutos Armando Jiménez San Vicente, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV).
En este caso, «el orden de los factores» sí altera el producto, explica a este periódico Javier Martín Merchán, doctor en Ciencias Políticas y profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas. «Hay varios: en primer lugar, la idiosincrasia y las problemáticas propias de cada país, que son el motor de la movilización. Después hay varios ingredientes, como una juventud desencantada de las instituciones, de las que desconfía, y luego una chispa: en Francia es la cuestión educativa, en España la crisis de vivienda… y a partir de eso, hay elementos que funcionan como leña y permiten que esa chispa se extienda como un incendio», sostiene.
«Es una tormenta perfecta en la que confluyen el descontento generalizado de los jóvenes, los problemas de integración social de determinados colectivos y la debilidad política de los gobiernos»
«Muchas de estas acciones de protesta y movilización legítima van contra símbolos de autoridad, hacia los que se descarga esa sensación de desatención, de expectativas incumplidas y de falta de integración», destaca Jiménez San Vicente. Para que esas protestas deriven en revueltas violentas, confluyen muchos factores. «La infiltración de estos grupos propiamente violentos; una respuesta policial desproporcionada que, intentando contener la violencia, acabe exacerbando los ánimos y engendre más violencia; los discursos incendiarios en redes sociales, promocionados por algoritmos que conectan esa insatisfacción y esa necesidad de tomar acción, incluso por vías violentas… Ese es el cóctel que explica que se alcance este caos», sostiene el docente de la UFV.
La «omnicausa» y la instrumentalización de la protesta
Una clave que explica la incorporación de grupos violentos en estas movilizaciones, según Martín Merchán, es el fenómeno por el que una movilización surgida en torno a una reivindicación concreta acaba incorporando otras causas ideológicamente próximas, aunque no necesariamente relacionadas con su objetivo original. Esa «omnicausa», define el experto, provoca que una reivindicación «legítima y transversal» acabe «encajada en una parte del espectro político». «Quien sale a protestar en Madrid por la vivienda acaba protestando por la educación pública, por la libertad de Palestina, etcétera», resume.
Esa acumulación de reivindicaciones amplía el alcance de las movilizaciones, pero también abre la puerta a colectivos interesados en instrumentalizarlas. «La línea entre incorporar a una protesta nuevas reivindicaciones, y acabar introduciendo colectivos violentos que instrumentalicen algunas de esas demandas, es muy fina», advierte Martín, que sostiene que estos grupos pueden acabar «saboteando» incluso los motivos originales de la manifestación. «En el caso de Francia, hemos visto vídeos de escenas violentas con manifestantes portando la bandera de Palestina. Es esa cuestión de la ‘omnicausa’, es una causa pero son muchas, porque es fácil que en una reivindicación aparezcan otras colindantes que acaben instrumentalizadas por grupos violentos. Si nos damos cuenta, en las escenas de violencia nunca vemos al núcleo de la manifestación: son estos grupúsculos que instrumentalizan las protestas con causas a veces incluso ajenas a la original», subraya.
Para el experto, distinguir entre quienes promueven legítimamente las protestas y quienes aprovechan su desarrollo para cometer actos violentos es fundamental para entender los disturbios. «Una vez que se producen los primeros enfrentamientos, la propia dinámica de confrontación puede alimentar nuevos episodios. Violencia llama a violencia, eso es así. Basta que prenda la chispa entre tres ‘pirómanos’ para que vengan otros tres y basta que haya seis para que vengan otros nueve», ilustra Merchán.
«Hay una delgada línea entre traer solo nuevas reivindicaciones y traer colectivos violentos que instrumentalicen algunas de esas demandas»
España, una excepción pacífica en Europa
Los problemas sociales que han derivado en el estallido violento en otras partes de Europa no son ajenos a la sociedad española: desde hace casi un mes, la acampada en la Puerta de Sol escenifica, junto a sucesivas manifestaciones, el malestar social por las dificultades de acceso a la vivienda y el coste de la vida, sin que por el momento hayan desembocado en episodios violentos. Una diferencia que los expertos relacionan a la idiosincrasia española. «España es potencia mundial en manifestación pacífica. Hemos visto casos, por supuesto, pero si comparamos, España es uno de los países en los que más manifestaciones se producen y, siendo así, no suele haber grandes incidentes por ese carácter pacífico que suelen tener las movilizaciones en comparación con otros países», explica Merchán.
Sin embargo, el politólogo de Comillas identifica un elemento que podría conducir a una deriva violenta también en España, al hilo de la «omnicausa»: «Cuando se da esta circunstancia, el perfil de manifestante es muy homogéneo», sostiene. «Como al final deja de ser una manifestación por la vivienda, que puede apelar a todas las ideologías, para ser una manifestación por todas esas causas que rodean a la vivienda y que, por tanto, son más fácilmente instrumentalizables, en este caso por la izquierda, pues pasa a ser una manifestación de izquierdas», desarrolla.
Esa homogeneización en torno a la «omnicausa», destaca Martín Merchán, convierte estas protestas en terrenos de polarización: «Cuando las protestas dejan de ser transversales es fácil que se acabe teniendo una opinión más radicalizada y eso puede envalentonar a las personas a hacer una u otra cosa». «No quiere decir que eso vaya a derivar en violencia, y yo al menos no lo preveo, pero es una consecuencia de la ‘omnicausa‘: que una reivindicación transversal deja de serlo y entonces se convierten en instrumentalizables», sostiene. «Nada me hace pensar que pueda pasar aquí, pero es el factor que más me preocupa», apunta el docente de Comillas.
«El riesgo está ahí, pero España se ha caracterizado más por la confrontación verbal que por el uso de la fuerza, aunque ha habido escaladas, como en los años del procés en Cataluña. Sin embargo, yo creo que mientras los jóvenes se mantengan en revindicaciones legítimas y protestas organizadas, será diferente a lo ocurrido en Francia», destaca Jiménez San Vicente.
«España es potencia mundial en manifestación pacífica»
Una crisis de legitimidad para toda una generación
Más allá de los mecanismos que explican la violencia, los expertos coinciden en que las protestas tienen su origen en un malestar social que trasciende las fronteras nacionales y que afecta especialmente a las generaciones más jóvenes. Esa situación, destaca Martín, está erosionando la legitimidad de los sistemas democráticos. «Las instituciones se han mostrado incapaces de resolver los problemas cotidianos, particularmente de los jóvenes, aunque no solo de los jóvenes», sostiene el politólogo. «Robert Dahl definía la democracia como el sistema en el que las instituciones responden a los problemas que plantea la ciudadanía, y esa definición se está violando sistemáticamente», apunta.
Los jóvenes, explica Martín, concentran ese descontento al ser uno de los sectores más vulnerables a esta falta de respuestas: «No pueden acceder a una vivienda, son los que tienen que hacer frente al sobrecoste del Estado del bienestar y sienten que no perciben tanto como aportan, no pueden emanciparse… reúnen un montón de características de vulnerabilidad», sostiene el experto.
«Y no solo es que sean vulnerables ahora: es que anticipan que van a ser vulnerables en el largo plazo, es decir, que no tienen un horizonte de esperanza y de crecimiento personal, como sí tenían sus padres o sus abuelos aunque partían de condiciones peores», advierte. «Las generaciones actuales anticipan que lo que tienen ahora, siendo malo, es mejor de lo que tendrán en 20 o 30 años», resume.
«Las generaciones actuales anticipan que lo que tienen ahora, siendo malo, es mejor de lo que tendrán en 20 o 30 años»
Una era de conflictividad a las puertas de un ciclo electoral
Las movilizaciones se producen a las puertas de nuevos ciclos electorales en España, Francia e Italia; procesos que podrían ahondar en la polarización de unas sociedades cada vez más tensionadas. Martín Merchán cree que los próximos cambios políticos podrían intensificar la conflictividad, ante la posibilidad de que gobiernos de centroderecha o extrema derecha tengan que enfrentarse a una izquierda ampliamente movilizada y a problemas económicos estructurales de difícil solución. «Hay condiciones estructurales que no tienen solución en el corto plazo, como el problema demográfico, el estancamiento económico, la sostenibilidad de las pensiones o la crisis de deuda», advierte.
Pese a que las movilizaciones en toda Europa se adscriben a colectivos ligados a la izquierda, las encuestas electorales también reflejan también un creciente apoyo juvenil a formaciones de derecha radical. «No es contradictorio, simplemente es algo propio de una sociedad polarizada, en la que hay distintas formas de participación política: la izquierda tiene una tradición política más pronunciada que la derecha de manifestación y protesta» sostiene Martín. Jiménez San Vicente, por su parte, destaca el contexto internacional: «Hay un movimiento MAGA —Make America Great Again— que ha permeado fuertemente en Europa, donde los partidos de derecha se han inclinado cada vez más a los extremos para captar la atención de la juventud», sostiene.
Para Jiménez San Vicente, no es seguro que estas protestas anticipen un cambio de paradigma como pudo suponer el Mayo del 68 en Francia. «Es pronto para ver si el descontento social quedará enquistado y con él las formas de protesta social, inclusive la violencia», sostiene. Para Martín Merchán, la confluencia de todos estos elementos no deja lugar a dudas. «Hay condiciones estructurales para que, aunque haya buenas políticas, en el corto plazo la situación de todos, y especialmente de los jóvenes, empeorará, y eso anticipa una nueva etapa de la historia política, que es la de la conflictividad social«, concluye.
