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El 'pelotazo' de los áticos patera de Ceuta: 7.000 euros por dejar dormir a 15 inmigrantes

Publicado: septiembre 17, 2026, 12:08 am

Aunque son ya las 00.20 horas no parece que los inmigrantes que duermen en el suelo de la azotea encalada del fondo vayan a echarse pronto dormir. Entre las decenas de prendas que hay tendidas en las cuerdas, sólo apreciamos a cuatro jóvenes de la veintena que pernoctan allí: dos charlan de pie, a uno se le ve sentado distraído con el móvil, el cuarto está mirando al horizonte.

La noche anterior a nuestra visita, podríamos haber tomado una fotografía similar en otra terraza cercana, pero hoy sorpresivamente en ella no hay nadie. «Ayer pasó el dron de la Guardia Civil y el dueño se ha asustado y no quiere que duerman ahí más. Dicen que están multando con 6.000 euros a quienes acogen a inmigrantes», explica el hombre que nos hace de guía por la callejuelas sin asfaltar de este barrio ceutí.

Según el testimonio de los inmigrantes que han estado alquilando un hueco en el suelo de esa azotea patera de la que los han echado de repente, pagaban 15 euros por día y eran unos 15 durmiendo cada noche. De la multiplicación resulta que el dueño de la terraza se ha estado embolsando 225 euros diarios, unos 7.000 euros al mes si redondeamos la cifra.

No hay que caminar mucho para llegar al sótano donde otro grupo de los inmigrantes llegados a Ceuta en la entrada masiva del 30 y 31 de julio pasado duermen hacinados. Este garaje patera aún está operativo. Su propietario prefiere asegurarse los ingresos más a medio plazo y está pidiendo 200 euros por un mes de estancia. Tiene otros 10-15 inquilinos, de los que obtiene por tanto 2.000/3.000 mensuales. «Algunos no se duermen hasta las nueve de la mañana porque no caben, están pegados, casi encima unos de otros», cuenta la esposa de nuestro cicerone.

El miércoles por la mañana, sólo unas horas después de nuestra visita a este barrio en el que somos testigos de cómo algunos ceutíes se están lucrando a costa de explotar a los sintecho que vagan por la ciudad, la Guardia Civil desmantelaba un piso patera en el centro de Ceuta y detenía a los dueños, un hombre y una mujer que alojaban en condiciones insalubres a 25 inmigrantes, seis de ellos menores.

Casi a la par trascendía que la Policía Nacional había detenido a otras dos personas en la barriada de El Príncipe por lo mismo: cobrar a los inmigrantes hasta 30 euros diarios a cambio de un hueco en un trastero o un garaje, cantidad que aumentaba si se quería un colchón o una manta. Por cargar el teléfono móvil, por ejemplo, les pedían entre cinco y diez euros. Prometían a los irregulares además traslados a la Península por cantidades cercanas a los 6.000 euros.

Quién sabe si es esta la red que ha intentado captar al joven al que nuestro guía llama «el imán». «Al imán le ofrecían llevarlo en una lancha por 8.000 euros y no ha podido porque sólo tiene 7.000. Yo ya le he dicho que cuidado, que a lo mejor es un timo y se queda sin el dinero, pero les llegan noticias de chavales que estaban aquí al principio [tras la avalancha] y que ya han están allí», explica.

El imán no habla español y escucha callado, sentado en un rincón de la casa de nuestro anfitrión, donde, tras el recorrido por los alojamientos patera del barrio, se nos ofrece té y pastas. Contamos al menos una docena de vasos entorno a la tetera, tantos como inmigrantes están sentados en torno a la mesa.

Nuestro guía y su esposa, los propietarios de la casa, llevan varias semanas dándoles de comer gratis. «El imán aparte de dirigir en Tánger el rezo de 50 personas, trabajaba como camarero y tenía dinero ahorrado. Yo discuto mucho con él: ‘A ver para qué te has venido’. El hermano le dijo: ‘Quillo, vente, que está abierto Ceuta’. Y él tiene el sueño de subir a la Península, dice que Marruecos no te permite soñar».

Las primeras noches en Ceuta las pasó el imán en la azotea de los 15 euros al día pero luego se trasladó al sótano de los 200 al mes, donde duerme ahora. «Este, este y este, duermen también en el sótano», señala el anfitrión a tres de la docena de inmigrantes sentados a la mesa.

Entre ellos hay dos que aseguran tener 17 años y así lo parece. Estos dos menores tienen ambos un diploma de peluquero con el que esperan poder ganarse la vida en España. Al que está ajeno a la charla, concentrado escuchando en el móvil lo que parece una clase de español -«déjame hablar», «déjame ver»- le han enviado el título hoy mismo, aunque ya está cortando el pelo por cuatro euros. Él duerme en el sótano y el otro menor en una tienda de campaña. Según el Gobierno, aún quedan en las calles de Ceuta entre 700 y 1.000 menores.

«Pescador, pintor, chófer, electricista…», nos van enumerando las profesiones de cada uno de los inmigrantes nuestro anfitrión mientras un helicóptero de la Guardia Civil sobrevuela varias veces y muy bajo la zona.

Ninguno de estos jóvenes que dan sorbos al té ha acudido a pedir que los alojen en los recursos que se han puesto en marcha para acogerlos porque temen ser devueltos a Marruecos una vez los filien. «Una ONG les ha dicho que si piden asilo en cuatro días los echan», explica la esposa de nuestro guía.

El electricista, que lleva una gorra azul celeste con la visera para atrás, pregunta que qué pueden alegar para que les concedan la protección internacional. «Yo les he dicho que se inventen que son todos gays», dice la dueña de la casa con cierta inocencia.

En la expresión de las caras de los que entienden el español se nota cuánto les ha ofendido la idea. «Somos hombres, somos hombres», dice el electricista. «Hombres cien por cien», insiste. «Prefiero volverme a Marruecos que decir que soy gay».

Además de facilitarles comida a estos chicos, en la casa tienen totalmente acogidas a una madre y a sus dos hijas, de 21 y 17 años, también llegadas en la avalancha. Estuvieron alojadas unos días en el campamento deSidi Embarek, habilitado para mujeres y menores, pero no se sentían allí seguras.

A la madre la llaman «mamá chef» porque es la que cocina para todos los alimentos que los propietarios de la vivienda les facilitan. Esta noche han cenado tayín. La mujer tiene un tercer hijo, quien ya vive en España. «El año pasado, su hijo logró entrar a nado. Siete veces lo intentó pero lo devolvían y a la séptima entró. Ingresó en un centro de menores, cumplió los 18 años y ahora está en Madrid, donde trabaja como cocinero en una residencia de ancianos», explica la dueña. El hijo, añade, ya está buscando casa de alquiler para la madre y las hermanas, convencido de que lograrán llegar a la Península como hizo él.

Mamá chef, que tiene 41 años, muestra en el móvil una imagen en la que se ve el rostro de su hija menor surcado por dos profundos arañazos, consecuencia, dice, del bullying que ha sufrido en el colegio en Marruecos. Y ella tiene «papeles de maltratada», asegura. Espera que esta documentación y el episodio de acoso escolar que ha sufrido la hija sirvan de salvoconducto para el asilo.

«Ella trabajaba en la Renault en Tánger, haciendo las fundas de los asientos de los coches. Cobraba 300 euros al mes y no le llegaba», nos explican el motivo por el que se se sumó a la entrada masiva con sus hijas la dueña de la casa, quien nos despide con una pregunta: «¿Creéis que hacemos bien en ayudarlos? Hay gente que dice que es mejor que no, pero nos dan pena».

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