Publicado: julio 27, 2026, 2:07 am

Era el mediodía del sábado cuando en los municipios abulenses de La Adrada (2.853 habitantes) y Piedralaves (2.183) se ordenó el desalojo, de forma «preventiva» y «por motivos de seguridad», ante el avance del fuego que comenzó el miércoles en la localidad próxima de Burgohondo. Decenas de vecinos salieron rumbo a Arenas de San Pedro y Candeleda, en la ladera sur de la Sierra de Gredos, pero hubo quienes decidieron quedarse. Quedarse a proteger su pueblo ante una noche que se auguraba muy compleja. A las 20.00 horas de la tarde, el Ayuntamiento de La Adrada indicó que quien para entonces no hubiera salido del municipio debía confinarse. El Valle del Tiétar iniciaba en ese momento una de las noches más duras de su historia, con agentes y un grupo de vecinos trabajando de la mano para tratar de contener el desastre.
«La noche fue algo que a todo el mundo nos sobrepasó», relata en conversación telefónica con este periódico el alcalde de Piedralaves, Germán Ulloa, que fue uno de los «40 o 50» vecinos que se quedaron en el pueblo para intentar frenar el avance del fuego. «Aquello era como el infierno, unas llamas que iban con una intensidad…», rememora, «que hacían un sonido que parecían motores toda la noche». Los voluntarios que permanecieron en el pueblo trabajaron coordinados con los efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME), de los Bomberos de Salamanca, de Protección Civil y de la Policía Local que se desplegaron en el operativo de esta zona. «Se hizo un excelente trabajo y conseguimos salvar todo lo máximo que se podía», sostiene Ulloa, que cuenta que la labor de esos vecinos y de los agentes se centró, principalmente, en actuar cuando llegaban las llamas a las viviendas para intentar pararlas. «Hacer todo tipo de trabajo para que no nos afectara el fuego», resume.
Parecida es la vivencia que relata, en tercera persona, Félix, vecino de La Adrada, que fue desalojado el sábado, pero cuyo hijo, de 20 años, se quedó en el pueblo a intentar frenar el avance de las llamas, o contener los daños. Félix cuenta que su hijo estuvo «por la noche, a las cinco de la mañana, ayudando a gente» y que, con un grupo de voluntarios -«se quedaron todos mis amigos»-, intentaron asegurar las propiedades de varios vecinos. Fueron a desbrozar un corral y a buscar a un conocido que tiene caballos y se había quedado con ellos «para que no se le quemen». «Ayudaron a mi hijo a hacer cosas para que no se me quemasen mis olivas, para que no se me quemasen mis gallinas», cuenta Félix por teléfono desde una residencia de Ciudad Rodrigo (Salamanca), donde permanecía ayer desalojado tras haber pasado antes por Candeleda y Arenas de San Pedro. Este vecino relata que llegó un momento en que a su hijo y al grupo de voluntarios «ya no les dejaron apagar más fuego». «Hemos apagado toda la vida incendios sin nada, con las manos», defiende.
El día después dibujó en el Valle del Tiétar un panorama «desolador». «Lo que se vivió anoche es algo que lo guardaremos siempre en la retina y no lo vamos a olvidar», dice el alcalde de Piedralaves, que ayer permanecía en el municipio porque aún había frentes activos y uno de ellos preocupaba. El municipio se quedó sin electricidad y en la zona hubo problemas de cobertura a lo largo de toda la jornada. El Ayuntamiento de La Adrada publicó en sus redes sociales varios vídeos que mostraban el estado en que habían quedado los rincones del municipio y los vecinos, agradeciendo la labor de quienes permanecieron, mostraban algo de alivio cuando en la imagen aparecían sus viviendas en pie. Pero sin dejar de observar con profunda tristeza cómo el fuego había arrasado su tierra. El futuro, ahora, parece un abismo: «Nadie quiere ir a un pueblo que sea gris», lamenta el dueño de un alojamiento rural de la zona.
