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El desalojo de Sotillo de la Adrada en primera persona: «No va a pasar nada, que está la Virgen de los Remedios con nosotros»

Publicado: julio 26, 2026, 1:07 am

Actualizado Domingo,
26
julio
2026

01:14

13 kilómetros separan los municipios de Cenicientos y Sotillo de la Adrada. En el primero, empieza a correr el rumor de que falta poco para que desalojen, mientras que en el segundo los vecinos ya salen de sus casas tras haber recibido el ES- Alert en sus teléfonos móviles. Allí, el humo ya casi ha consumido todo el cielo. La ceniza cae sobre los hombros de miles de familias que en ese mismo instante pueden ver como su pueblo se suma a la nómina de los desalojados tras la devastación de los incendios de Ávila y la Comunidad de Madrid. Ya suman 30.

En el balcón de una de las viviendas, un hombre se posa sobre la barandilla mientras, con una mirada tranquila, observa la huida de los suyos. «Que nos desalojan por el humo, dicen», murmullan los vecinos arrastrando sus mochilas llenas de lo poco que han decidido llevarse consigo. Los que cuentan con vehículo propio se lanzan directamente hacia las carreteras que no están cortadas y miran como el resto se dirige, maleta en mano, hacia el Ayuntamiento, donde ponen a disposición autobuses para evacuar.

Entre esa multitud, el alcalde, Juan Pablo Martín, trata de calmar a los afectados, colabora en el reparto de mascarillas y recursos, y conversa con EL MUNDO mientras asiste al éxodo de vecinos que va dejando su pueblo vacío. «Lo que más dificulta el desalojo es que las carreteras que van hacia Madrid están cortadas. Estamos poniendo autobuses para llevar a la gente hacia Arenas de San Pedro», afirmó desolado tras vivir una situación nunca antes vista en Sotillo. Aun así, destaca la serenidad con la que se ejecuta la evacuación a pesar de «la inquietud constante» que envolvió a todos.

Ahora, tras nunca haber sufrido una emergencia de este calibre, sobre la sierra vuelan helicópteros ordenando la evacuación inmediata. Las mascarillas vuelven a convertirse en necesarias mientras la Guardia Civil recorre las calles con los vehículos oficiales avisando casa por casa de la necesidad de marcharse. Algunos vecinos todavía levantaban la vista hacia el horizonte esperando que el cielo clarease entre la espesa nube de humo, pero el fuego castiga. La ceniza sigue cayendo sin descanso y termina por teñir de negro las manos de quienes esperan instrucciones sin saber que es lo que será de su pueblo. «Vamos a hacer lo que sea», repetían.

A la salida del municipio, la huida provoca largas retenciones. Cientos de coches quedan atrapados en las carreteras, convertidas en una lenta hilera de vehículos que trata de alejarse de las llamas mientras otros cientos de personas esperan en la plaza del Ayuntamiento la orden para subir a los autobuses. Desde familias enteras hasta camionetas que transportaban animales. Todos tratan de llegar a cualquier sitio para ponerse a salvo.

Pero, a pesar del retrato dibujado sobre las calles de Sotillo, dentro del Consistorio se encuentra la otra cara de la moneda. Allí, sentada en el salón de plenos, una mujer que decide permanecer anónima, descansa con las piernas cruzadas viendo las horas pasar. «No, yo no lo abandono. Tengo también familia y les he puesto un WhatsApp para decirles que yo estoy en el Ayuntamiento. Que no se preocupen por mí», niega rotundamente con la cabeza, acogiéndose a la patrona de su pueblo. «Yo sé que no va a pasar nada, que está la Virgen de los Remedios con nosotros y no va a pasar nada». Se niega a ver a su hogar de la infancia convertido en un pueblo fantasma. No contempla que, habiendo pasado 83 años de su vida allí, el fuego y el olor a ceniza le obligue a dejar todo atrás. Debe albergar un sentimiento parecido al de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que a media mañana se desplaza al que es el municipio de nacimiento de su padre para recoger sus pertenencias ante el aviso de desalojo.

Mientras los últimos autobuses abandonan la plaza, el silencio devora de forma paulatina al ruido de las maletas y de bisbiseo vecinal. Solo quedan los agentes de la Guardia Civil, los voluntarios y algunos efectivos de emergencias, que recorren las calles comprobando que nadie queda atrás. Detrás de ellos, las persianas bajadas y las puertas cerradas convierten a Sotillo de la Adrada en un municipio vacío, suspendido en una espera incierta.

Los unos, en dirección a Arenas de San Pedro. Los otros, expuestos al fuego que avanza sobre la linde entre Castilla y León y la Comunidad de Madrid. Así, las autoridades terminaron ordenando el municipio de Cenicientos, donde estaba ubicado el Puesto de Mando Avanzado, que hoy amanece en Navalcarnero para seguir coordinando la emergencia.

Las miradas al cielo con la esperanza de que el viento cambie y el humo abra un claro sobre la sierra no cesan. Ni siquiera horas después, cuando ya hay quien asume que no dormirá en casa. «Vamos a hacer lo que sea», repite una mujer con la documentación de sus animales bajo el brazo. No puede irse sin ellos.

La incertidumbre que devoraba a Sotillo de la Adrada a media tarde ahora la envuelve en silencio. Bastan unas horas para transformar esos 13 kilómetros en humo y ceniza.

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